“Dentro de lo malo que fui, fui bueno”

“Dentro de lo malo que fui, fui bueno”


En el quinto piso del Palacio Libertad hay una exposición fotográfica en blanco y negro. Imágenes crudas de rostros en primer plano, niños y ancianos, familias enteras y también jóvenes armados. La muestra se titula “Geovany no quiere ser Rambo”. Por ahora no hay nadie en la sala, excepto un hombre menudo, que permanece frente a una foto. La observa inmóvil, compenetrado, un buen rato. Se quiebra, intenta disimular, pero no puede contener la emoción.

Recorre la muestra y se ve a sí mismo en otra imagen, veinticinco años más joven, portando un arma. Esta vez, luce serio, adusto. Camina dos pasos y se queda frente a otra foto. Se trata de Sandro, un hermano que ya no está. Menea la cabeza. Se frota los ojos. Unos pasos más y ahora está frente a Celina, la abuela que hizo de madre. Otra lágrima se escapa sin pedir permiso.

Geovany Tabares Ruiz (50) es colombiano y llegó a Buenos Aires días atrás para asistir a una muestra fotográfica de la que es protagonista y que retrata a un muchacho de 25 años, integrante de una pandilla en la todavía violenta Medellín de 2001.

El silencio se rompe cuando se acerca un hombre y se estrechan en un largo y conmovedor abrazo. “Has hecho un trabajo increíble, hermano. No me lo esperaba, se me acelera el corazón”, le dice Geovany a Alfredo Srur, fotógrafo y mentor de la muestra, que se extenderá hasta el 20 de septiembre en el Palacio Libertad, donde el miércoles 9 también se proyectó un documental sobre Tabares Ruiz, con entrada gratuita.

Geovany y Alfredo se conocieron en 2001, en Colombia y el fotógrafo logró su cometido: experimentar qué sucede con una persona que nace y crece en medio de un conflicto armado, como se vivía en Medellín por entonces.

Habían pasado apenas ocho años de la muerte del narcotraficante y líder terrorista Pablo Escobar. Medellín continuaba atravesada por la violencia, las estructuras de sicarios y las disputas entre organizaciones criminales. En la Comuna Nororiental, Srur conoció a Geovany, integrante de la pandilla “Los Rambos”, y tuvo la audacia de convivir con él y su familia.

“Un periodista a quien fui a ver a la redacción en Medellín, en 2001, llamó a Geovany, al que conocía, y me pasó el teléfono. Conversé con él y le pedí si me dejaba conocer cómo era la vida en las entrañas de una familia en el contexto de la guerra“, cuenta Srur.

El reportero gráfico argentino había aterrizado en Medellín por una beca y venía embalado porque había visto hacía poco “La virgen de los sicarios”, la película de Barbet Schroeder que justamente retrataba la violencia de esa ciudad: “Para mi sorpresa, Geovany confió en mí, en tiempos donde era difícil hacerlo… Y no solo me ha defendido muchas veces, sino que se peleó con integrantes de la banda con tal de mantenerme cerca”.

Fotógrafo y pandillero. El argentino Alfredo Srur (der.) conoció a Geovany en 2001, en Medellín. Foto: Emmanuel Fernández.

Tabares Ruiz parece introvertido y es de pocas palabras. Acepta un café con Clarín para hablar de su historia, junto a su amigo Alfredo. Dice que es la primera vez en su vida que sale de Colombia y que se toma un avión. Que tuvo un miedo como pocas veces había sentido. Sonrisas para distender.

“Hoy vivo en Medellín con mis dos hijas y sus parejas. Ellos me mantienen, yo por ahora no estoy haciendo nada. Es difícil. Tuve una vida vinculada a la delincuencia y estoy haciendo tratamiento de rehabilitación después de años de consumir drogas. Voy progresando, de a poco. Me siento fuerte, aunque a veces debo lidiar con mi cabeza”, dice Geovany.

La fotografía unió las vidas de Geovany y Alfredo. Dio lugar a cartas, un libro, un documental y una amistad que se fortaleció con los años. El colombiano se va soltando y larga prenda: “Quisiera tener una vida un poco más tranquila, a veces el pasado se entromete y eso me da miedo. No sé, un ajuste de cuentas y que les pase algo a mis hijas”.

Entre 2021 y 2024 consiguió un trabajo en las sierras de Salgar, en Antioquia, recolectando granos de café. “Una labor muy ardua, de sol a sol, y por muy poca paga. Sin embargo, esa disciplina y rigor me ayudaron… El hecho de depender de alguien, de saber que había algo, que podía ser útil… esa rutina laboral me dio un poco de paz interior, algo que hoy día me cuesta conseguir”, explica.

Padre de seis hijos -con los dos varones no tiene relación-, y abuelo precoz, Geovany también es hijo. Sus padres Omaira Ruiz y Orlando Tabarez viven. Mantienen un vínculo “correcto”, pero en alguna carta que le escribió a Srur, le confesó que desde el vientre sus padres intentaron deshacerse de él: “Tuve una infancia muy sufrida. Nunca mis padres me dieron una palabra de aliento, un gesto de cariño, una caricia, menos un regalo. Tampoco la oportunidad de estudiar. Pero hoy los perdoné, los respeto, de nada sirve el rencor. Son los padres, es lo que hay”.

Un infierno causado por las drogas y la guerra acorraló a Geovany. No le quedó otra que salir a robar y ser parte de una pandilla. “Es un sobreviviente, una víctima de la guerra civil y lo más probable era que no estuviese en este mundo a esta altura”, analiza Srur. “Yo fui testigo de cómo este señor -lo palma con afecto- intentaba articular la paz entre la alcaldía y las comunas con las pandillas, con el fin de evitar más balaceras. Él era un líder de un grupo que bregaba por el cese de fuego, en un contexto de violencia extrema”.

"No me reconozco en aquella persona. he cambiado mucho", reconoce Geovany. Foto: Emmanuel Fernández

Agacha la cabeza el hombre que expresa humildad y arrepentimiento. Confiesa que nunca quiso ser quien fue: “No me interesaba ser parte de Los Rambos, ni empuñar un arma, ni tener que matar gente, o herir a alguien”. Y cuenta que el nombre de la banda se debe a Rambo, el jefe, y novio de su tía.

“Se conocieron estando presos en la cárcel de Bella Vista, en Medellín. Cuando quedó libre Rambo, se vino a vivir a la cuadra donde yo estaba, siendo adolescente, y donde era víctima de la violencia del barrio. Así fue que Rambo decidió reclutar a jóvenes como yo, a quienes nos enseñó a manejar armas y defendernos ante tanta hostilidad”, recuerda.

A Rambo lo mataron en 2000 y de ahí surgió el título de la muestra fotográfica. “Geovany no quería terminar muerto como Rambo, ejerciendo la violencia. Él buscaba transformar esa violencia enquistada en un momento de paz”, indica Srur. “Yo era la mano de derecha de Rambo y después de muerto, me quedé con la jefatura de la pandilla”, acota el colombiano.

Una imagen tomada por Srur en 2001. A la derecha de ve a un joven Geovany empuñando un arma.

A diferencia de Rambo, que todo lo resolvía a los tiros, Geovany era más sereno y comprensivo, incluso mucho más que su hermano Sandro, un tipo violento y nervioso: “Yo lo quería mucho a mi hermano, pero hacía la suya, no cumplía con los códigos que había en los barrios. Hasta que otros jefes me obligaron a que lo matara, que matara yo a mi propio hermano. Pero me negué y hasta ofrecí mi propia vida”.

Mira para atrás y viaja a los inicios del milenio. Geovany se recuerda, ve a ese joven de veintipico con quien hoy, admite, no se reconoce: “A veces no sé quién era ese muchacho, no me identifico… Yo siento que soy otra persona, nada que ver con aquel, he cambiado mucho. Y desde 2007, cuando mataron a Sandro, les prometí a mis hijas que eran chiquitas, que dejaría las armas y de delinquir. A partir de ahí empecé a cambiar, me costó salir, pero les cumplí a mis chicas”.

Geovany mantenía a su familia con lo que le redituaba su vida como pandillero. “Nuestra banda protegía algunos comercios, que nos pagaban por ese trabajito y yo vivía bien, tenía mi platita. Pero cuando no me pagaban por algún motivo, no era vengativo, comprendía… Dentro de lo malo que fui, fui bueno. Hoy no sé qué es ganar algo de dinero, me tiene preocupado, porque no quisiera depender de nadie. Es mi ilusión poder trabajar de algo y estar cerca de mis hijas. Si bien no tengo dinero, tampoco se me ocurrió volver a delinquir, ni consumir sustancias”, remarca.

Srur quiere darle una mano a Geovany y entiende que el colombiano podría, con toda su experiencia, ser un gran comunicador dando charlas en colegios y universidades. “Es un sobreviviente de la guerra, un hombre que creció con la imagen de Pablo Escobar… Sabe lo que es el narcotráfico, la cultura del sicariato, pudo dejar las drogas y rehabilitarse, fue un líder de una banda que buscaba la pacificación. Tiene una fortaleza encomiable y vino a la Argentina para dar a conocer su historia, que podría motivar a muchos jóvenes”.

Geovany escucha y observa con atención a su amigo. “Sí, sería bonito poder contar mis vivencias para ayudar al prójimo. Pasé por muchas cosas, sé lo que es estar del lado equivocado, elegí mal muchas veces, pero por suerte la vida me dio la oportunidad de recapacitar y saber diferenciar. Hoy me gustaría ser una voz que pueda guiar a quienes están con problemas”, cierra.