El fútbol tiene estas cuestiones, esta combinación de sorpresa, vértigo y cambio, todo lo que puede resolverse en el último segundo del último minuto —el séptimo— de un tiempo suplementario: mandar a un equipo casi clasificado (el multicampeón Real Madrid) a zona de playoffs y a otro casi eliminado (Benfica) a esa misma zona, una chance más. Esto es fútbol, por eso es tan apasionante. Así sucedió con el cabezazo histórico del ucraniano Anatoli Trubin, inalcanzable para Thibaut Courtois, desatando un festejo enloquecido de José Mourinho, de todo el plantel y de la multitud de hinchas portugueses en el estadio Da Luz. El temporal de viento y nieve que azotó a casi toda la península ibérica ese mismo miércoles no fue nada, en cuanto a emociones, comparado con lo sucedido en la cancha de Lisboa.
El Benfica es un equipo con historia, aun cuando hoy no esté entre los más fuertes de la Champions League. Pero ese coraje para la remontada y el gol de Trubin serán para colocar en un marco, en su galería, y para eludir a los que año tras año intentan revivir “la maldición de Bela Guttmann”, una frase que -por otro lado- ya fue negada, desmentida. El técnico húngaro había construido la grandeza del Benfica a comienzos de los 60, pero después fue despedido por los directivos y habría dicho que “sin mí, Benfica no volverá a ganar ningún título en los próximos cien años”. Desde aquel día y por más de medio siglo llevan perdidas cinco finales de Champions y tres de Copa UEFA/Europa League, pero esa leyenda negra es inmerecida. Simoes, uno de los juveniles en la generación que lideraba Guttmann, ya explicó que “jamás dijo eso, Guttmann se marchó por diferencias económicas”. Y hace poco tiempo, junto al estadio Da Luz, le brindaron el merecido homenaje al DT al colocar su estatua, obra del escultor, también húngaro, Laszlo Zatmari.
Guttmann había nacido a fines del siglo XIX (27 de enero de 1899 en Budapest) y fue un trotamundos, como futbolista y luego como DT. De familia judía, escapó casi milagrosamente al Holocausto; su padre y su hermana estuvieron entre los masacrados en Auschwitz. Aquellas idas y vueltas por el mundo lo trajeron en algún momento a la Argentina: dirigió por un breve período a Quilmes a principios de los 50. Luego comandó varios equipos europeos y sudamericanos de primera línea, trató de innovar con la táctica del 4-2-4 y esquemas ofensivos y finalmente desembarcó en Benfica para renovarlo totalmente. Además de promocionar a la que sería una de las mejores generaciones del fútbol portugués en su historia, se le atribuye también el “descubrimiento” de Eusebio, la Pantera de Mozambique, uno de los más grandes futbolistas del historial europeo y el más grande de Portugal hasta la aparición de Cristiano Ronaldo.
El Real Madrid de Di Stéfano, Kopa, Puskas, Gento y otros fenómenos había arrasado en las cinco primeras ediciones de la Copa de Campeones de Europa (la actual Champions): era prácticamente imbatible. Recién se quedó afuera en la edición del 60/61, al perder en cuartos de final con el Barcelona. Y este no pudo con Benfica en la final, jugada el 31 de mayo de 1961 en el Estadio de Berna, donde los hombres del Barça, liderados por los húngaros Kocsis y Czibor, estrellaron cuatro tiros en los postes… y perdieron 3-2. Para estos húngaros sí fue una maldición: allí habían perdido otra final increíble, siete años antes, la del Mundial ante la maquinaria alemana.
Ese primer título alumbró el surgimiento de la gran generación portuguesa (Coluna, una de sus figuras). Eusebio y otros hombres de Mozambique se incorporarían a mediados de ese mismo año.
Con su flamante título europeo, Benfica protagonizó su primera final Intercontinental ante Peñarol. Le ganó 1-0 en Lisboa, pero los uruguayos lo golearon 5-0 en la revancha, en el Centenario. Y en el desempate, dos días más tarde, también ganó Peñarol por 2-1, con un doblete de su mundialista Pepe Sasía y el descuento de Eusebio.
Foto: EFE/EPA/MIGUEL A. LOPESLa misión del 62 para Guttmann y sus muchachos era aún más difícil y, en la final, el 2 de mayo en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, Benfica enfrentaba a un Real Madrid sediento de recuperar la corona. “El partido coincidió con los festejos por las bodas de plata de la reina Juliana, jubileo que reunió en la ciudad a 118 miembros de familias reales de todo el mundo. Las calles eran un desfile alegre, en aire festivo. Los holandeses llevaban en la solapa lazos con los colores de la bandera o flores de papel con los de la Casa de Orange”, escribió Alfredo Relaño.
Real vuelve con su formación estelar (Di Stéfano, Puskas y Gento adelante), mientras Benfica exhibe su vocación de ataque con José Augusto, Eusebio, Aguas, Coluna y Simoes.
Fue un partido a puro vértigo, donde Real se va al descanso con 3-2 gracias a tres goles del húngaro Puskas. Pero la victoria fue de los portugueses, 5-3. La última hasta hoy… “El gran Madrid se iba apagando. Aquella noche casi se salva por la excelencia de Puskas y por lo que quedaba de Di Stéfano, pero aquello anunciaba el ocaso de los dioses”, agregó el periodista español, recordando que 450 de sus colegas se habían desplazado hasta Ámsterdam para esa final.
El bicampeonato europeo le dio al Benfica otra chance por la Intercontinental, pero allí lo esperaba el Santos de Pelé en todo su esplendor: 3-2 para los brasileños en el Maracaná, con dos goles de O Rei y otro de su compadre Coutinho. Y una nueva exhibición del Santos en el estadio Da Luz por 5-2, cuatro tantos de Pelé…
Béla Guttmann. El técnico de los títulos y de la maldición.Y Guttmann se marcha. Lo reemplaza el chileno Fernando Riera, quien mantiene la base y el sistema del Benfica para alcanzar una nueva final europea en otro estadio mítico, Wembley. Fue el 22 de mayo de 1963 y allí el Milan evitó el tricampeonato de los portugueses por 2-1. No alcanzó con un nuevo gol de Eusebio, ya que el brasileño Altafini hizo dos para los italianos. Entre estos comenzaban a brillar nombres como Cesare Maldini en defensa, Dino Sani (el brasileño que pasó por Boca) y, sobre todo, el talento del Bambino de Oro, Gianni Rivera.
Aquella generación del Benfica ya no volvería a lucir tan alto en Europa, pero sí fue la base de la que llegaría hasta semifinales en el Mundial del 66, en Inglaterra. En la fase eliminatoria se sacaron de encima al bicampeón del mundo, Brasil, pero con más pierna fuerte que “jogo bonito”. Y en cuartos de final produjeron una remontada que hasta hoy se recuerda: estaban 0-3 abajo contra la sorprendente Corea del Norte (que había producido el batacazo más grande de la historia al vencer a Italia) y, con el impulso de Eusebio, Portugal se impuso 5-3. Los locales eliminaron a Eusebio y compañía por 2-1 en semis, antes de conquistar el título. Portugal se quedó con la medalla de bronce, su más alta clasificación histórica en la Copa del Mundo.
El Benfica de aquella época se cruzó varias veces con los grandes equipos argentinos durante los recesos de campeonatos. En 1967 jugó un par de amistosos con Boca en California (1-1 en ambos partidos; Eusebio marcó todos sus goles) y allí los invitaron para el pentagonal internacional en la Bombonera, del año siguiente. Una lesión de meniscos, sufrida por la Pantera, obligó a una operación poco antes del torneo y apenas pudo jugar aquí, pese a que le había expresado a los medios argentinos que “mi sueño es jugar en la Boca”. El debut fue empate de 1-1 ante el local; luego el Benfica perdió 4-2 con el Santos de Pelé y cerró con otros dos empates (3-3 con River, 1-1 con Nacional de Montevideo). El título fue, una vez más, para los brasileños.
Vendrían nuevas generaciones, nuevos sistemas, un fútbol en acelerada transformación. En las últimas décadas, el Benfica, como el resto de los equipos europeos, tuvo su apertura a todos los “mercados” y fue el destino de grandes figuras argentinas: Angelito Di María es la máxima expresión, ya que Benfica fue el que le abrió las puertas de Europa antes de su salto al Real Madrid. En sus dos ciclos con la camiseta roja (2007 a 2010, 2023 a 2025), Di María acumuló 214 partidos y marcó 51 goles para el Benfica, donde hoy sigue como baluarte defensivo otro de nuestros campeones mundiales, Nicolás Otamendi, y donde ahora asoma el futuro con Gianluca Prestianni, ovacionado este miércoles de la hazaña ante el Real. También para Enzo Fernández, Benfica fue su trampolín hacia el Chelsea, en la misma época en que se proclamó campeón del mundo y MVP joven en Qatar 2022.
FotoEFE/EPA/JOSE SENA GOULAONombres como Pablo Aimar, Enzo Pérez, Nico Gaitán, Lisandro López o Ezequiel Garay también lucieron en el equipo portugués. Este, además de sus tres finales de la segunda competición (hoy Europa League), protagonizó cuatro finales más de las grandes, perdiendo en 1965 ante el Inter en el San Siro de Milán, 1-4; en 1968 ante el Manchester United en Wembley; y por penales ante el PSV Eindhoven en 1988, en Stuttgart. La última, dos años más tarde, fue en el Prater de Viena: Frank Rijkaard marcó el 1-0 para el Milan que dirigía Arrigo Sacchi y que se basaba en el poder holandés expresado por el mismo Rijkaard, junto a Gullit y Van Basten…
Todo esto ya es historia lejana. Lo más fresco queda en la multitud frenética en el estadio, en los locutores que se quedaron sin voz, en el grito de Mourinho. Y en un hombre llamado Anatoli Trubin, que viene de escenarios mucho peores: a los 13 años tuvo que alejarse de Donetsk (Ucrania) cuando Putin ordenó capturar el Donbás. Se radicó en Kiev y llegó a la primera división con el Shakhtar Donetsk en 2019. En 2022 vio su patria invadida —siempre lo tiene presente— y siguió jugando: el Benfica se lo llevó por diez millones de euros. ¿Cuánto vale hoy, después de su audacia del último segundo, cuando fue a cabecear el centro perfecto de Fredrik Aursnes sobre el área del Real?








