La anécdota la contó para la televisión en una época en la que los programas populares tenían mediciones descomunales. Ahí estuvo él, Daniel Castellani, poco amigo de los flashes y de las cámaras frente a una joven Susana Giménez que amasaba una inusitada popularidad a partir de los llamados telefónicos en vivo y era la dueña del programa de mayor rating del momento. Estuvo en ese living tras el tercer puesto en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, en el que el seleccionado de voleibol logró la medalla de bronce tras ganarle a Brasil luego de haber perdido en las semifinales ante Unión Soviética.
También fueron los soviéticos los que seis años antes habían truncado truncaron el sueño del seleccionado nacional en las semifinales del Mundial de Argentina 1982. Fue allí, en el Luna Park, donde el público aprovechó para cantar “se va a acabar, se va a acabar; la dictadura militar”, Castellani reparó en un detalle que lo marcó para siempre en lo deportivo.
Contó que antes de aquel partido, en la entrada en calor, él tenía la costumbre de tomar carrera para buscar altura con un salto e intentar tocar la varilla que sobresale a los costados de la red. Mientras aterrizaba sin haber siquiera rozado el objetivo vio como su rival Vladimir Shkurikhin lo miraba.
Cuando pisó tierra, sin decir una palabra y tomar carrera, Shkurikin saltó en el lugar y gracias a sus dos metros y un centímetro palmeó la varilla y la dejó vibrando como un diapasón. No se dijeron una palabra, pero a partir de esa simple diferencia el resultado pareció estar dicho de antemano.
Ahí Castellani -según le confesó a Susana Giménez- se dio cuenta de lo difícil que sería el partido, además. Y así fue: un inapelable 3-0. Unión Soviética ganó aquel Mundial tras barrer por el mismo resultado a Brasil, pero el tercer lugar del podio conseguido tras ganar también por 3-0 fue un hito para el voleibol argentino.
Castellani era nada menos que el capitán y aquel bronce le abrió una puerta que nunca había entreabierto: filmó comerciales que le dieron dinero y fama, algo que el deporte no le daba. El vóleibol estaba de moda y Castellani era el jugador de moda.
Aquel tercer puesto marcó el inicio de un camino para un equipo que alcanzó su punto más alto con aquella medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, con la misma base.
Pasó alrededor de 20 años radicado en Europa, trabajando principalmente en Polonia, Italia, Turquía, Bélgica y Grecia. Esa experiencia modificó su mirada sobre el país ya que al regresar decía que observaba a Argentina “desde afuera” y que esa distancia le permitía entender mejor tanto sus fortalezas como sus limitaciones.
Justamente en Polonia, donde entrenó a su selección, se ganó un reconocimiento unánime. No podía caminar tranquilamente por algunas ciudades porque el voleibol tenía una popularidad comparable con la del fútbol en Argentina.
Después de ganar el Campeonato Europeo en 2009 fue recibido por el entonces primer ministro Donald Tusk, que le preguntó cómo era posible que Argentina, con menos presupuesto, produjera tantos deportistas de elite. No le respondió en el momento, pero le hizo llegar la respuesta: le habló de los clubes de barrio y la pasión de la gente común. “Si no hay pelotas, los padres hacen una rifa. Si falta plata, venden panchos”, le dijo. Y así se pintó entero, Castellani.







