Dai Hernández, la ex chica de Onlyfans que tocó fondo y se reinventó

Dai Hernández, la ex chica de Onlyfans que tocó fondo y se reinventó


Abrite un OnlyFans, que es genial. Lo único que lamento es no haberlo hecho antes”, le recomendaron a la influencer argentina Daiana Hernández -35 años, un millón de seguidores– cuando la pandemia casi nos obligaba a reinventarnos.

Entusiasmada, entró a “la página azul”, como se la conoce, con la idea de ganar más dinero. Parecía un juego. Nada de desnudos, apenas insinuación, lencería, miradas… “No necesitás más.”

No sabía, no podía saberlo, que iba a tocar fondo. El mundo de las redes sociales es una vidriera que formatea lo mejor pero oculta lo peor. Dai Hernández la rompía en YouTube. Los seguidores eran cada vez más y la elogiaban; ella devolvía sonrisas y alegría. No le era nuevo ese mundo: desde sus 15 era referente de lo que luego se conocería como influencer.

Pero después de tanto, en su interior algo no funcionaba de acuerdo al sistema. “Estaba apagada. Y me había apagado yo misma intentando seguir”, escribiría en 2026 para su libro de reciente publicación, Desnuda – Lo que nadie te muestra de la página azul (Galerna).

Suerte de recorrido íntimo por el glamoroso mundo de los likes. Historia de vida de esas en las que sus autores vuelcan todo.

No me daba cuenta, pero estaba atravesada por el síndrome del impostor, una voz que no te deja arrancar nada nuevo porque te convence, antes de empezar, de que vos no podés.

“Estoy feliz de haber escrito este libro”, le dice a Viva -con una hermosa y genuina sonrisa- mientras sus seguidores se mantienen en el millón.

Dai Hernández nació el 26 de julio de 1991 en Parque Patricios. Familia de padres y hermanos de clase media. Inquieta, a mediados de los 2000 empezó con el Fotolog: “Tiempos de floggers”, se ríe. Después irrumpió en YouTube, que con la repercusión se le volvió trabajo. Y éxito.

Se transformó en celebrity: invitaciones a espectáculos, marcas que la querían a ella sí o sí, canjes. Todo sobre ruedas. Incluso tuvo el privilegio, en marzo de 2016, de ser elegida por la Casa Blanca y Google para entrevistar en persona a Michelle Obama cuando vino a Buenos Aires junto a su esposo, el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Diez minutos de gloria. Más llamados, más sponsors.

Entonces la competencia. Más chicas y chicos en lo mismo. Pasó los 21, se fue a vivir sola y siguió creando. Tiempo más tarde, se mudó con su pareja a México.

A las tres semanas el Covid cambió las reglas de juego. El encierro, el dinero que dejó de fluir. Dentro suyo, una voz no paraba de hablarle, de decirle que las cosas no iban bien. Y otra voz, en este caso humana, le recomendó el OnlyFans. “Me creí un cuento de hadas”, lamenta.

Un mundo nuevo

“Quería entrar al Only con todo. Me sentía empoderada, re-diosa. Así que hice un video de presentación con una letra que me representaba”, cuenta Hernández.

El video, claro, la muestra glamorosa: ropa sexy, mirada insinuante, mujer fatal. Con cada gesto, marca la cancha. La canción se llama No siento culpa. Casi tres minutos de pura sensualidad en los que canta “No siento culpa / mi cuerpo es un templo / ya no pido disculpas” o “solo se mira / y no se toca” y “soy una leona con garras y no me asustas”. Y cierra con un suspiro: “Dai Hernández”.

“Pero por dentro estaba muy insegura”, recuerda sobre aquel agosto de 2021. “Me lo vendieron como una manera de ganar dinero fácil: te sacás fotos, te mostrás insinuante y listo, me decían.”

Resulta que ese mundo azul se le volvió negro. “Me autoconvencí con el mambo de mostrarme segura, pero después entendí que era una forma de esconder mi inseguridad”, dice. Sus seguidores le pedían más. Y después, más. “¿Por esta foto te pago? Mostrá más”, le exigió uno.

Otros directamente la insultaban. Alguien le copió las imágenes y empezó a explotar su nombre. Dai perdió el foco. Pasaba horas buscando a ese tipo mientras se maldecía a sí misma. No lo podía encontrar. Estaba más pendiente de esa clase de gente que de su trabajo. Así que se la pasaba llorando pero sonreía sólo cuando debía posar ante las cámaras.

Fumaba marihuana, tomaba alcohol, escapaba de sí misma. Un día se quedó mirando fijamente las hornallas encendidas de la cocina de su departamento.

Leandro, su pareja, se asustó: “Me hice la boluda, pero cuando mi novio me habló de ese momento sentí como una información que me asustaba y que empezaba a tener en cuenta para entender cómo estaba: muy triste”.

Asomaban pensamientos oscuros y Dai se descargaba con su analista. Hasta que le contó a su audiencia lo que le pasaba:

“Me expuse un montón porque fue contarle a la gente algo que para mí era muy privado, algo que no sabían ni mis padres. Sentí que me tiraba a la pileta, como una forma de decir ‘bueno, chau, soy esto y ya está, por qué aparentar otra cosa’”.

Cuando quiso irse de ese mundo, los contratos de algunas productoras se lo impedían.

Así que “era un tiempo más y listo”. Una vez, viajando en taxi rumbo a una producción, sintió que no daba más. Vomitó en el camino.

La sociedad siempre juzga, aunque una sepa que con su cuerpo hace lo que quiere, no podemos negar que siempre se juzga y eso tiene sus consecuencias.

Peleó con esa voz interna que seguía y le atormentaba: “Perdés los trabajos por tu culpa”, le decía la voz. “Yo no me daba cuenta, pero estaba atravesada por algo que más adelante aprendí a nombrar: el síndrome del impostor. Esa voz que no te deja arrancar nada nuevo porque te convence, antes de empezar, de que vos no podés. Que vos no servís. Que los otros sí, pero vos no sos suficiente”, recordaría luego.

Entonces más alcohol para soportar el momento y más marihuana para sobrellevar el tiempo libre. Y a veces hasta 14 largas horas sin comer por sesiones de fotos. “Yo misma me daba latigazos en la espalda. Me odiaba.”

“Todo eso se había vuelto insoportable para mi mente”, dice. Para colmo, algunas productoras de streaming le cerraron puertas por ese trabajo paralelo. Dejaron de llamarla.

Una productora muy conocida la despidió de un proyecto con alguna excusa elegante: “Ni siquiera me lo dijeron en la cara. El motivo de que no me querían lo supe por otros. Pero eso me provocó para empezar de nuevo”.

El ansiado click le llegó cuando le tenía que llegar. Ni antes ni después. Una de las agencias para la que producía su OnlyFans le permitió dar de baja el contrato. Una atadura menos. No faltaron chicas que le contaban la misma historia. Se sintió menos sola. “Acompañada, ya no era lo mismo”, suelta.

“Desde entonces sólo me quedaba reinventarme”. Liberada y sin el peso de las apariencias, necesitaba volver a su eje.

El humor como salida

Psicoanalista mediante, sintió ganas de volver al humor con el que había crecido. Sus amigos le dijeron que sí, que escriba, que cuente qué le había pasado y por qué. Así que lo primero que escribió fue: “Antes de la jaula, antes de México, antes de los cinco mil dólares en una operación de urgencia, antes del tipo que me filtraba el contenido (…), antes de que mi vida se convirtiera en algo que yo misma no hubiera podido imaginar, había una chica. Esa chica tenía un plan”.

Dai Hernández logró superar una etapa difícil. Foto: Victoria Gesualdi.

Y empezó a escribir Desnuda. Su amigo y colega influencer Pablo Agustín le escribió que estaba orgulloso de ella. “De que hayas podido convertir una historia tan sórdida, oscura, salida de una película de terror, en una historia con mucho humor”. En una noche leyó Desnuda.

Y le prologó: “Este libro no es solo ‘la historia de una chica en OnlyFans’. Es mucho más. Es el relato crudo, sin maquillaje, al desnudo, de una mujer que se animó a entrar en la jungla más salvaje de internet y salió viva para contarlo. Es un relato que va desde el glamour de la época dorada de YouTube Argentina hasta el momento más oscuro, digno de un episodio de Black Mirror. Pero siendo la misma Daiana de siempre, con el mismo humor, con más cicatrices, más herramientas y amistades más fuertes”.

Se alimentó de vivencias de esas chicas que habían caído en la misma trampa del dinero fácil por mostrar.

“Algunas me escribieron y aún me escriben para agradecerme que cuente mi historia porque ellas se ven reflejadas. La otra vez me paró en un evento una chica que me dijo que se sentía atrapada, que le estaba pasando lo mismo que yo contaba en el libro. Le dije que se puede salir. Para eso también me sirve escribir: para demostrarles a otras chicas que ese infierno no es para siempre.”

“El mundo del OnlyFans no es tan fácil como parece. Para el cliente, la vara siempre sube. No es porque sea una mala persona, sino porque la dinámica del negocio es así”, advierte. Y dice también que “la sociedad siempre juzga, aunque una sepa que con su cuerpo hace lo que quiere, no podemos negar que siempre se juzga y eso tiene sus consecuencias”.

Dai volvió a pensar nuevos proyectos. Les dio a sus padres la primera versión de Desnuda para que la lean. Se vieron aludidos en sus virtudes y defectos. Cuando lo recuerda en esta charla con Viva, no puede más que reírse: “Los amo, así como son”. Retomó su amor por el cine y la televisión. Y encaró nuevos proyectos.

Entre ellos, una serie de charlas de acompañamiento para aquellos que quieran dejar la marihuana. “Eso me hace feliz porque me llena el alma. Sé que puedo contar mis vivencias y con esas vivencias ayudar”, dice mientras vuelve a sonreír. Aclara que esa sonrisa es genuina: “Es que de nuevo me veo haciendo lo que me gusta”.

Otro punto de partida para este empezar de nuevo, y paralelo a la escritura, es la música. Volvió a hacer canciones. Sacó del placard aquel tema musical con el que ingresó al OnlyFans y le cambió la letra. Lo hizo acorde a sus sentimientos actuales y le dejó el título: No siento culpa.

En estas horas, lo difundirá con nueva música, con algún toque rockero. “¿Querés escucharlo?”, invita. Y canta: “No pueden frenarme / yo soy más de lo que ven / no van a mentirme / ya me castigué bastante”. Quiere cantar y gritar y afirmar: “No siento culpa / por mis decisiones no me pido más disculpas”, en una suerte de estribillo contagioso. Dice que no quiere odiarse sino abrazarse, que no está rota, que no se tortura. “Es una respuesta a la Dai de aquella versión.”

Cuando la canción termina, lo último que se escucha -como en un eco que repercute cada vez más- es una carcajada suave. Es la carcajada de Dai.