El Centro Cultural San Martín está desarrollando durante octubre el proyecto La vida por correspondencia. Alejandro Tantanian coordina este ciclo de lectura de cartas seleccionadas por Javiera Pérez Salerno y Malena Rey, que fueron escritas por destacados artistas. Cuatro prestigiosas actrices leen esos materiales. Los sábados 10 y 17 estuvieron a cargo de Mercedes Morán y de Lorena Vega. El 24 de este mes será el turno de Analía Couceyro y finalmente el 31, a las 17 horas, Cristina Banegas le pondrá voz a lo que originalmente fue un intercambio privado, pero, a la luz del paso del tiempo, cobra valor como producto de plumas privilegiadas. En el subsuelo de la Casa de la Cultura de CABA (Av. De Mayo 575) y con entrada libre, ya circuló la palabra de Franz Kafka, Virginia Woolf, Gabriela Mistral, entre otras personalidades. Banegas adelanta en qué consistirá su participación: “Hace tiempo que con Alejandro Tantanian venimos viendo la posibilidad de hacer algo juntos y nos convocó a mí y otras actrices. Yo voy a leer la correspondencia entre Gwen John y Celia Paul; entre Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar; la carta de Leonardo Favio a Carlos Droguett, y las que Manuel Puig escribió a su familia, [las llamadas] Cartas europeas”.
—¿Qué atractivo particular tiene la carta?
—Es un género extraordinario donde uno puede asomarse a una correspondencia bastante única ya en estos tiempos, una forma de comunicación muy extrañada por algunas personas como yo, que hemos vivido muchos años recibiendo y escribiendo cartas. Era muy hermoso recibir una carta, sobre todo cuando uno tenía lejos a los seres queridos. Es algo personalizado: escritura, pluma, dibujitos. Es un género extraordinario, revelador, sobre todo cuando se trata de grandes escritores, poetas, personalidades de la literatura, de la cultura. Siempre es enriquecedor y poético.
Esto no les gusta a los autoritarios
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—¿Qué implica atisbarse al ida y vuelta de cartas que no nos estaban destinadas, sino que circulaban entre otras personas?
—Es asomarse a la subjetividad, a la relación entre esos dos que se cartean, al amor, a la amistad, a la pasión, a todo lo que configura una relación. Durante la pandemia trabajamos durante un año, con mi taller del Excéntrico de la 18 [su sala teatral en Lerma 420], cartas de amor. —¿Con quiénes has tenido un intercambio epistolar abundante?
—Con mi padre [Oscar Banegas], que vivió muchos años en Madrid. Fue una relación epistolar amorosa e intensa. Además, trabajábamos juntos. Yo escribía con él un programa para chicos, para la televisión española, donde él era productor de televisión. Se llamaba Los Chiripitifláuticos, estuvo siete años en el aire y fue un exitazo. Teníamos esa relación de trabajo; yo escribía dos guiones al mes y se los mandaba y además teníamos correspondencia de cartas hermosas. E—¿Qué conexión tenés con las otras actrices del proyecto?
—Con Mercedes Morán hicimos una película hace tres años en Río de Janeiro: La búsqueda de Martina, donde ambas éramos Abuelas de Plaza de Mayo. Analía Couceyro fue el corifeo en la puesta de Medea, de Eurípides, que hice en el Teatro San Martín hace unos años y, además, como con Mercedes, somos amigas. Con Lorena, nos conocemos, he visto sus obras, pero no hemos trabajado juntas hasta ahora.
—Gte reconocés prestigiosa, consagrada?
—En el barrio, se dice que no hay que creérsela. Yo creo que estamos en la batalla y hay que seguir defendiendo, luchando, sobre todo, en estos tiempos tan oscuros en nuestro país y en el planeta. Hay que ser muy humilde y tener mucho coraje. Hay que salir a la calle y manifestarnos contra este DNU siniestro. Estoy preocupada por Brasil; ojalá que no gane Bolsonaro; preocupada por el mundo, por genocidas como Netanyahu y Trump, peligrosísimos para nuestro planeta amado. Hay que resistir, luchar, trabajar, hacer mucho teatro, hacer mucha docencia. El teatro es comunidad, el teatro siempre se comparte; es imprescindible que lo hagamos en estos tiempos. Tenemos que estar más unidos que nunca.
“Quería ser bailarina”
A.M.
En estos meses, Cristina Banegas realiza funciones, en CABA y en giras por ciudades de la Argentina, de Molly Bloom, de James Joyce; La bala de plata, correspondencia entre Juan Domingo Perón y John William Cook, y retomará en 2027 Proyecto Quevedo: “Me gusta mucho actuar; está bueno compartirlo. Siento correspondencia (valga la palabra) con el público de nuestro amado país. Ahora que soy más viejita (tengo 78 años), me doy cuenta de que soy muy querida. Lo recibo en la calle, por mi compromiso con la política, con la militancia, con la cultura”.
—¿Cómo experimentás tu cuerpo en escena y cómo lo entrenás
—Me siento muy bien. Por suerte tengo una buena fisicalidad. Por ejemplo, Proyecto Quevedo, que hago sobre una mesa de cristal de 2,40 m, que era de mi madre [Nelly Prince], es un trabajo de una fisicalidad extrema. Yo quería ser bailarina, cuando era chiquita, así que me estoy sacando las ganas, je, je. Hice Qi Gong y Tai Chi, algo que voy a retomar, con un maestro al que sigo hace años, José Sánchez.
—¿A quiénes reconocés como maestros?
—Hay maestros que están en nuestro corazón, en nuestro oficio, como Alberto Ure, y maestros de otras áreas, como en el misticismo, la filosofía, la política.
—¿Y a quiénes extrañás?
—Sigo extrañando a mi padre, una persona entrañable. Por su parte, mi madre fue una persona con un carisma extraordinario, una gran personalidad. Y extraño a mi hija, con quien me llevaba 18 años, como con mi mamá. Valentina ahora había cumplido 60: hicimos mucho juntas, viajamos, vivimos mucho juntas. Ella fue una persona extraordinaria.








