Claudia Sheinbaum lo hizo una vez y lo repitió dos veces. Ha sabido tomar el ímpetu de su adversario del norte para fortalecerse. El ataque del contrario hecho afirmación.
Haciéndolo, la presidenta ha transformado al megalómano en un habilitador de narrativas. Habiendo transitado los malos ratos sola y a pie, la mandataria ha aprendido una suerte de alquimia: adaptar la agresividad de Trump en útil instrumento. Así le ha sido posible avanzar futuros que —bajo la alargada sombra de su predecesor— habrían sido inviables.
Nadie olvida el tamaño de Andrés Manuel; desdecirse de su palabra es terreno fangoso. Sin embargo, Sheinbaum ha sabido servirse de Donald Trump, al menos en tres ocasiones, para escapar de la lógica dinástica.
La absurda petición de una fiscalía de Estados Unidos —detener, para fines de extradición, a un gobernador en funciones— no será la excepción sino la confirmación de la regla. Veremos replicada la Fórmula Sheinbaum. Su infantería ha comprendido el terreno y comienza a adaptarse.
La primera ocasión en que la presidenta aplicó su fórmula fue en el eje de seguridad. El sexenio de Andrés Manuel López Obrador quedó abreviado en el eslogan de los “abrazos, no balazos”. Y aunque aquello fue solo una insignia —no implicó inacción o rendición ante el crimen—, la presión de Trump le sirvió a Sheinbaum como catalizador: la fuerza que le permitió ascender los peldaños, en materia de seguridad, no de uno en uno, sino de dos en dos.
En menos líneas: el contexto le permitió a la presidenta marcar distancia de la estrategia de seguridad del expresidente sin pagar, en sentido contrario, el costo interno que eso habría supuesto.
El segundo momento residió en la aceptación del golpe de realidad que son en nuestro país los laboratorios de fentanilo. Durante su mandato, el Macuspano sostuvo que en México no había. Ante el incesante amago de una guerra arancelaria y la amenaza —fuera suave, fuera fuerte— de una invasión, Sheinbaum pudo reconocerlos y estirar el reconocimiento hasta el punto de la confrontación.
El segundo piso de la Cuarta Transformación ha realizado incautaciones históricas de un químico que antes no existía.
El tercer acto de aikido —el más oneroso para sus credenciales históricas y ambientales— se dio ante el fracking. La dependencia de nuestro país, en un setenta y cinco por ciento, al gas de Estados Unidos, y la posibilidad de que Donald Trump pueda cerrarnos la llave, la llevó a ejecutar un giro de ciento ochenta grados sobre lo que Andrés Manuel prometió prohibir constitucionalmente.
Sheinbaum reconoció la fuerza del adversario sobre nosotros en materia energética y viró.
A la luz de lo anterior, las señales insinúan —y, por el bien de todos, ojalá así sea— que Sheinbaum hará de la odiosa intervención de Estados Unidos en México un útil mecanismo de purga y de cohesión. Lo bueno y lo malo sucederán al mismo tiempo.
Limpiar las tripas del partido por iniciativa propia —desenmascarando a algunos cuadros disfrazados de querubín— habría sido para Sheinbaum tarea riesgosa. Hacerlo habría implicado aceptar lo indecible: que la corrupción ha aterrizado en el movimiento mellando su autoridad moral.
Por ello, la presidenta utilizará las nubes negras con origen en Nueva York para barrer algunos negativos que desgastan a su partido. El domingo anterior Ariadna Montiel abordó de forma indirecta la crisis que atraviesa el partido —el país entero— para enunciar advertencias otrora impensables: la nueva dirigencia no promoverá en 2027 la candidatura de aquellos sobre quienes pesen acusaciones probadas.
A la par, la intervención extranjera —auxiliada por la conocida torpeza opositora— le ha entregado a Sheinbaum una narrativa electoral triunfadora. Xóchitl Gálvez ha nacido de nuevo.
Porque mientras la oposición celebra la injerencia de EE UU en nuestro país, Morena cierra filas en torno a la soberanía y gestiona licencias para iniciar investigaciones. De esa doble operación se sigue que Morena pueda tildar —sin abusar del término— de traidores a la patria al desubicado resto.
Porque mientras la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos, permite que agentes de la CIA operaren disfrazados en su territorio, Sheinbaum opta por fijar una línea roja en torno a la defensa nacional.
En esa diferencia se delinean los unos y se trazan los otros. La disimilitud ya no radicará en la inexistencia de impresentables en sus filas: los de antes y los ahora los albergan en diversa proporción. La diferencia radicará que, para la oposición, la patria es la entrega.
Los últimos movimientos de Morena —el partido— han trazado la ruta en que Sheinbaum caminará: utilizará la presión como instrumento y extraerá de ella alguna ganancia. Pisará dos lugares a la vez. Un pie en la entrada y otro en la salida.
Así lo hizo para transformar los abrazos en balazos; al transparentar la crisis del fentanilo; lo prepara ante el dilema del fracking.
La presidenta intentará repetir la fórmula Sheinbaum: servirse de la fuerza del otro —el otro externo, el otro opositor— para inclinar la balanza en favor propio.
El cálculo es oportuno: acaso no la dejará parada en un virtuoso sitio, pero sí en uno menos aciago que el de la oposición.







