cómo viven los vecinos de Fuerte Apache

cómo viven los vecinos de Fuerte Apache

¡Paulina!, grita un soldadito. Los que estaban apoyados contra la pared desaparecen por los pasillos de Fuerte Apache. Uno se mete atrás del monoblock, mientras que otro cruza rápido hacia los nudos 5 y 6, enfrente de la plaza del tanque. “Paulina”, “Ramoncito” no son personas, son contraseñas para avisar cuándo esconderse y cuándo se está por pudrir.

Ahí aparece un patrullero. Los policías miran, pero no cambia nada. “Hacen ruido nomás”, dicen a Clarín Pablo (80), vecino del barrio y testigo a diario de la misma escena. Apenas se va el móvil, todo continúa. Otra vez el soldadito en la esquina. Alguien agarra la droga y la lleva hasta los pasillos. Minutos más tarde aparece otro a buscar la plata. La mercadería y el dinero nunca viajan juntos y así nadie queda pegado con todo encima.

El barrio Ejército de los Andes –bautizado hace décadas como Fuerte Apache, después de que la violencia se apoderara de sus pasillos por la película Fort Apache, The Bronx— tiene casas bajas y monoblocks que parecen todos iguales, pero no lo son. Cada pasillo tiene su código.

Algunos son tan estrechos que hay que pasar de costado. Muchas ventanas tienen maderas clavadas para alejar lo que sucede en las calles. El abandono es total, en la plaza del tanque hay basura acumulada y excremento de perro por todos lados.

Los vecinos aprendieron a convivir con este abandono y la violencia. Julio tiene 72 años y hace rato aprendió que la noche en Fuerte Apache tiene dueño. A más tardar a las 21 tiene que estar encerrado en su casa, con las persianas bajas. Después de las 23, las calles quedan vacías.

Un toque de queda no escrito, pero que los vecinos respetan para seguir vivos y no terminar como el hombre de 68 años que la semana pasada recibió una bala perdida. Esa noche hubo más de 30 disparos.

Estamos acostumbrados, entre ellos hay guerra. Se escuchan todo el tiempo tiroteos. Tengo miedo de salir a trabajar porque hay tiro acá, tiro allá, se están matando. A veces caen inocentes”, dice Teófila, una vecina que vive hace 30 años en el lugar y se despertó este jueves por el ruido de helicópteros y aviones.

El barrio amaneció lleno de patrulleros. La Policía Bonaerense realizó un megaoperativo con 14 allanamientos para desarmar a bandas ligadas al narcotráfico que desde hace meses se disputan el control de la zona. Agustín Jerez, más conocido como “Gordo Tilín”, era el objetivo principal, pero no lo encontraron. Detuvieron a 11 sospechosos y secuestraron cocaína y marihuana fraccionada, armas, cargadores, municiones.

Sin embargo, nadie parece sorprendido. “Todos saben lo que pasa, pero nadie se anima a denunciar por miedo”, explica la señora de 58 años quien asegura que los monoblocks de los nudos 11 y 12 son los más comprometidos.

Juan pide que no se haga mucho “espamento” mientras habla con este medio. Baja la voz cada vez que alguien pasa cerca de él y mira para atrás después de cada frase. Tiene miedo que lo marquen y sufrir represalias por contar lo que sabe. No es el único. Los soldaditos están por todos lados, mirando quién entra, quién sale y quién habla de más.

“No queremos hablar porque se dan cuenta. Si me ven que hablo con vos ya me marcan y le pueden hacer algo a mi familia. Ustedes se van y nosotros tenemos que seguir viviendo acá”, dice otra vecina que atiende una verdulería frente a la plaza del tanque y que prefiere no dar su nombre por seguridad.

“Los motochorros, que salen a robar a Ramos Mejía o Liniers, se juntan debajo del nudo 6 y ahí se reparten todo el tesoro que traen. Y la Policía sabe pero no hace nada“, cuenta Juan (80).

Para él, el operativo es puro show. “La policía hace turismo”, dice. Señala hacia el tanque gigante que está en el medio de la plaza. “Ahí arriba hay cámaras, ¿Para qué las ponen? ¿No ven lo que pasa? Hace más de 15 días que se están matando y nadie hace nada”, agrega.

En Fuerte Apache todos parecen saber todo. Pero el silencio es sinónimo de supervivencia. Queda poco de aquel barrio donde Julio recuerda juntarse en la vereda a pasar Navidad junto a los vecinos. Llegó hace 50 años, cuando lo trasladaron desde la villa de Retiro. “Estaba lleno de zanjas, pero nadie peleaba con nadie, era otra cosa”, dice con nostalgia.

También recuerda haber visto jugar al fútbol a Carlos Tévez en las canchitas de atrás, cuando todavía era apenas un pibe del nudo 1 que corría detrás de la pelota y con los edificios despintados de fondo.

Hoy Julio casi no sale. Camina un rato por la plaza y vuelve rápido a su casa. Dice que aprendió a mirar sin mirar. “Veo y miro para otro lado, no podés meterte en ningún lado ni querer decir nada”, cierra.