Cómo Lula sumó 10 millones de votos y rompió la maldición de los oficialismos en la región

Cómo Lula sumó 10 millones de votos y rompió la maldición de los oficialismos en la región


“Yo soy muy bueno en el mano a mano”, había dicho Luiz Inácio Lula da Silva tras la derrota ante Flávio Bolsonaro en la primera vuelta electoral del 4 de octubre. Con la frase, en referencia al mata-mata, como se conoce en Brasil a una definición directa, el líder del Partido de los Trabajadores anticipó su apuesta para el balotaje: ampliar su base electoral a través de la tracción de votos de terceras fuerzas y convocando a los millones que no habían acudido a las urnas. La idea, que parecía épica para los presentes en el hotel Renacimiento de San Pablo, buscaba revertir la ventaja del heredero del expresidente Jair Bolsonaro, quien había interpretado aquel resultado como “el fin de la era del PT”.

Tres semanas después, tras dos debates y una intensa campaña en redes sociales, el metalúrgico “de los nueve dedos” (como lo chicaneó su rival durante el debate de la cadena O Globo) convirtió aquella confianza en una victoria que quedará en los libros de historia. Según las cifras del Tribunal Superior Electoral (TSE), Lula ganó con el 51,78% de los votos válidos, frente al 48,22% de Flávio, y una diferencia de más de 4,4 millones de sufragios: casi el doble de la ventaja de 2,2 millones que el senador le había sacado en la primera vuelta.

“Tengo orgullo muy grande. Primero porque soy el único presidente de la Nación que es metalúrgico, que no tiene diploma universitario y que fue electo 4 veces democráticamente”, dijo Lula en la noche del domingo.

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De esta manera, el joven de 80 años accedió a su cuarto mandato al obtener 64,2 millones de votos en el balotaje del domingo, más de 10,3 millones por encima de los que había obtenido en la primera vuelta, frente a un Flávio que tenía el desafío de convertir su ventaja inicial en una mayoría propia, pero que no le alcanzó con los 3,7 millones de votos extra que tuvo.

La elección dejó un dato inédito desde el regreso de Brasil a la democracia: por primera vez, un candidato presidencial que había terminado segundo en la primera vuelta consiguió superar a su rival en el balotaje. Para lograrlo, Lula necesitó algo más que la fidelidad de su electorado histórico, anclado en su Nordeste natal. La campaña cambió de ritmo de la mano de su “arquitecto digital”, la participación electoral aumentó y el mandatario consiguió ampliar su respaldo en una elección que regionalizó, en medio del avance de la “ola azul”, con Javier Milei a la cabeza, como otro síntoma de época: el desgaste de los oficialismos en América Latina, más allá del color político.

De dónde salieron los 10 millones de votos de Lula

Al cierre de la jornada electoral, el TSE publicó que Lula obtuvo 10.376.694 más de votos en el balotaje, una cifra que se explica a partir de una mayor participación electoral entre el 4 y el 25 de octubre. Aunque los resultados oficiales no permiten determinar cuántos de esos nuevos votantes eligieron al presidente y cuántos a Flávio, la caída de la abstención (de 21,08% a 19,21%) muestra la movilización que acompañó la remontada histórica de la fórmula Lula-Alckmin. A ese crecimiento se sumaron los electores que, tras la primera vuelta, terminaron inclinándose por uno de los dos candidatos.

Lula da Silva ganó el balotaje del 25 de octubre en Brasil.

Las encuestas previas al balotaje daban algunas señales sobre los sectores en los que Lula podía ampliar su respaldo. Según Datafolha, el presidente tenía ventaja entre las mujeres, los católicos, los votantes de menores ingresos y los electores negros, mientras que Flávio se imponía entre los hombres y contaba con un respaldo ampliamente mayoritario entre los evangélicos. El Nordeste, bastión histórico del PT, volvió a ser un territorio central para el PT, mientras el candidato del Partido Liberal conservó una base fuerte en el sur y el centro-oeste. Minas Gerais, un estado pendular considerado clave, fue determinante para la histórica remontada: revirtió el resultado (50,4% vs 49,5%) y, así, cumplió con la regla tácita que señala que quien quien gana Minas, gana el balotaje.

Para Dolores Gandulfo, especialista en relaciones internacionales y procesos electorales y secretaria en el Parlasur, la diferencia también estuvo en cómo llegaron ambos candidatos a la definición. “Lula hizo una mejor campaña de cara a la segunda vuelta que Bolsonaro, quien no tuvo grandes cambios en relación con la primera vuelta”, dijo. La analista destacó que el presidente mostraba una curva ascendente, mientras su rival se mantenía en torno al porcentaje que había conseguido en la primera ronda. En una elección en la que Flávio había arrancado con una ventaja de más de dos millones de votos, esa diferencia de dinámica terminó siendo clave: Lula no solo retuvo su base, sino que equiparó y superó a su rival por más de 4,4 millones de sufragios.

La estrategia digital fue uno de los cambios más visibles entre las dos vueltas. Lula adoptó un tono más informal en las redes sociales, con videos en formato selfie y mensajes dirigidos de manera directa a los votantes. La campaña también ganó volumen con la incorporación del diputado André Janones, que impulsó el “Exército de Lula”, una comunidad de WhatsApp que reunió a más de diez millones de personas y ayudó a amplificar los contenidos favorables al presidente. “Dudo que Rusia, China o Estados Unidos tenga un ejército victorioso como es el de la democracia de este pais”, sostuvo el líder del PT, en alusión al trabajo de su militancia.

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El freno a la ola anti-oficialismos y el espejo de Milei

La victoria de Lula también tiene una lectura regional. En los últimos años, América Latina registró una sucesión de derrotas de gobiernos en ejercicio y un avance de candidaturas de derecha que capitalizaron el malestar económico, la inseguridad y el rechazo a las élites políticas. El triunfo del presidente brasileño interrumpe esa secuencia, aunque no alcanza para demostrar que la tendencia se haya revertido.

“La ola anti-oficialismos se atenúa, pero no desaparece a causa de una elección”, advirtió el politólogo Ignacio Labaqui en X, y recordó que el pico de esa tendencia se produjo entre 2018 y 2023, con 16 derrotas oficialistas consecutivas. También señaló que la victoria de Lula interrumpe la racha de triunfos de la llamada “derecha regional” y obliga a revisar la idea de una “ola azul” consolidada, tal como presentó el propio Milei tras el triunfo del “tigre” Abelardo de la Espriella en Colombia este año.

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Javier Milei y Flávio Bolsonaro en el lanzamiento de campaña en San Pablo.

El presidente argentino, en tanto, fue otra de las aristas de la elección brasileña tal como quedó evidenciado en el último debate. Flávio Bolsonaro, que buscó distanciarse del estilo de su padre, tomó elementos del mileísmo para confrontar con las propuestas sociales de Lula, como la motosierra al estado (o tijereta, en Brasil). Durante la campaña, el presidente brasileño advirtió sobre el riesgo de recortes en programas sociales y en áreas como la educación si triunfaba su rival.

Lula había llegado al al balotaje con la desventaja de haber quedado segundo y con un PL fortalecido en el Congreso, especialmente en el Senado, donde alcanzó los 28 escaños y se consolidó como la mayor fuerza. “Después de que ganamos las elecciones no tenemos más adversarios. Yo tengo que gobernar para 215 millones, tengo que gobernar para todas las ciudades”, concluyó Lula en su discurso, consciente de que la gobernabilidad será clave de cara a 2030, cuando con 85 años termine su cuarto mandato.