cómo construyó un discurso que desafía a la democracia

cómo construyó un discurso que desafía a la democracia


Como un personaje surgido de la maquinaria televisiva, Javier Milei no se amedrenta frente al lenguaje que ese medio propone. En la transición democrática, la relación entre los políticos y la televisión se convirtió en un conflicto con variadas mutaciones. Si durante el alfonsinismo la televisión se limitaba a transmitir los actos políticos en la tradición más clásica, donde era el líder el que dominaba la escena, durante el menemismo la televisión se ocupó de armar el escenario y los códigos a los que los candidatos y funcionarios debían someterse. Milei provocó un acto de superación de esta lógica cuando entró a los medios dotado de un discurso totalmente adaptado a sus parámetros para, desde esa asimilación, lograr llevarlo a un lugar inmanejable.

Si los políticos luchaban contra el idioma televisivo con una intervención inocua, con una locura funcional que era capitalizada por el medio o con una oposición acérrima –un ejemplo sería el modo en que el kirchnerismo intentó retrotraer a la televisión a la antigua forma de mera transmisión de un acontecimiento social que sucedía en la calle–, Milei consigue convertirse en una figura que descontrola, trastorna y, de alguna manera, le gana la batalla a la televisión a partir de un discurso imposible de dominar, donde el objetivo es anular al adversario a partir de una vorágine histriónica desenfadada.

Milei se desentiende de su envergadura política en un modo de borrar también el espacio de lo real para presentarse como ese personaje capaz de decir sin pudores esa incorrección que muchos otros también pensaban y sentían.

Juan José Becerra, en el libro Milei, un fenómeno verbal (Siglo XXI), identifica esa transparencia entre el pensamiento y la anulación de las formas, que es, tal vez, una de las claves de la adhesión a la figura del actual presidente. Milei ya no es el político que le tiene miedo a fallar en un programa de televisión. Consiguió que la televisión le tuviera miedo a él.

Centralidad al lenguaje

El libro de Becerra le da una centralidad al lenguaje casi como un elemento totalizador. El autor considera que ese arrojo de la palabra podría generar en sus admiradores la sensación de alguien con la determinación para actuar en el terreno político.

Pero justamente podríamos pensar que esa dinámica del puro efecto permite instalar la idea contraria, ya que su discurso no se sostiene en argumentaciones ni en razonamientos, sino en giros poéticos desmesurados, donde los números adquieren proporciones fantásticas y las asociaciones lo llevan más a la imaginación que al realismo. Se podría sospechar que el terreno de la acción no le es muy propicio.

La arbitrariedad como estrategia antiargumentativa destruye la idea democrática del debate. Milei demuestra que esa concepción equilibrada del intercambio es irreal e imposible. Su manera de plantarse en la discusión es aniquilando a su adversario con métodos donde la descalificación y la imposibilidad de dar espacio a una réplica son su manera de mostrar la inutilidad de la argumentación. Lo que sirve para convencer a la audiencia no es el mejor razonamiento, sino un golpe de efecto performativo.

Milei hace del cuerpo un instrumento para la creencia que no se vale del entendimiento. Hay una “voluntad física” donde la palabra ocupa el lugar del cuerpo o, de alguna manera, el cuerpo queda investido en esa voz. Becerra señala que Milei dice todo lo que piensa, a diferencia de muchos políticos que no dicen nada.

En esa explicitación extrema, Milei logra descolocar, pero también, según Becerra, esta característica podría llevar a imaginar que es alguien que puede cumplir lo que promete. En esta línea, el autor, que mostró una precisión analítica para entender el funcionamiento de Milei casi como si se metiera en su cabeza, llega a una conclusión demasiado explicativa.

Podríamos cuestionar esta idea y pensar que la identificación se da a partir de ese carácter destructivo (Becerra también lo señala como un método de lectura de los autores a los que Milei simula citar) más que por alguna esperanza en el cumplimiento de promesas que, a decir verdad, siempre fueron terroríficas.

El escritor argentino Juan José Becerra. EFE/Alejandro García

Milei anticipó los peores escenarios como si fueran el camino a la salvación, en un pedido sacrificial bajo la estética de un saltimbanqui. Tal vez sea la impotencia, cierta pulsión de muerte o una satisfacción revanchista porque todo se destruya lo que le permitió llegar a la Casa Rosada.

Milei encuentra el modo de investirse de una autoridad a partir de una discursividad que excluye al otro, y esa artimaña genera la sensación de haber ganado. El ejercicio del monólogo instala una transformación en la escena política. Lo que permite pensar el libro de Becerra es de qué modo la palabra se convierte en una verdad social, en una reorganización de las formas de transitar la política.

Esa “descalificación llevada a la extenuación” (Becerra se permite construir sus propias categorías de lenguaje) hace de la intransigencia una ley para desmoronar la correlación de fuerzas. La famosa polarización o incluso, en la teoría de Ernesto Laclau, la frontera política que se corre hasta dejarlo como el dueño de un lenguaje frente al que resulta demasiado difícil encontrar un modo de responder, es el arsenal de su sustento político simbólico (nadie desconoce aquí que hay otros sustentos, materiales y económicos) y también puede ser la señal de su debilidad en los incipientes comienzos de una dinámica que se desarma.

Contenido que no tolera ninguna forma

Su estilo es el del contenido que no tolera ninguna forma. Esto podría leerse como una falta de elaboración o una brutalidad que hace de la palabra pura violencia porque ¿qué significa un contenido sin forma? ¿Quién es capaz de usar el lenguaje de esa manera?

La forma es también un límite y un pensamiento. Milei crea un lenguaje en el que solo él puede hablar. Las movilizaciones que impulsó desde las redes sociales, especialmente durante la pandemia, tienen una impronta individualista. Son una transcripción atomizada de esa afirmación como doctrina que supone un desentendimiento de la política.

Javier Milei, presidente de Argentina, y Flavio Bolsonaro, candidato a la presidencia de Brasil, durante un acto de presentación de la campaña en São Paulo (Brasil), el sábado 25 de julio de 2026. Fotógrafa: Maira Erlich/Bloombe

Si el libro se estructura desde el lenguaje, es imprescindible analizar al Milei lector, ya que muchos lo llaman profesor y lo consideran un erudito. El modo en que Milei se acerca a los libros tiene algo actoral, representativo, ya que Becerra considera que es un lector bovarista, alguien que lee como un niño.

La lectura bovarista es aquella que hace cuerpo con lo que lee, que necesita que esa lectura se convierta en una realidad; tiene algo de locura, de prescindir de los límites entre lo ficcional y lo abarcable en la propia vida. Milei parece experimentar cierto estado de posesión frente a la lectura. No actúa o, más exactamente, su actuación no es estratégica, sino verdad exaltada. Lo que piensa, lo que los libros le sugieren, es un hecho consumado en el instante de su convencimiento.

Milei, un fenómeno verbal, de Juan José Becerra (Siglo XXI).