Hace 58 años, el sello argentino Editorial Sudamericana daba a conocer una novela de un joven escritor colombiano, y desde entonces el mundo latinoamericano de las letras no volvería a ser el mismo. En sintonía con ese aniversario, Cien años de soledad será revisitada este sábado a las 20 (en una única función en el Centro de Experimentación del Teatro Colón) mediante imágenes y músicas que recrean el universo del genial Gabriel García Márquez, y en una producción del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá.
Reflejos de Macondo, definido como un concierto-instalación, lleva el sello del fotógrafo colombiano Óscar Perfer (quien propone una introspección en la obra de García Márquez a través de retratos de sus personajes, con rasgos contemporáneos) y de la pianista española María José de Bustos, a cargo de una selección de fragmentos musicales que a su vez buscan ser retratos sonoros de cada uno de los personajes principales.
Bustos, nacida en España y radicada en Colombia, narra que la chispa de la propuesta nació al enterarse, en una exposición, que García Márquez había escrito esta novela escuchando preferentemente la música de Bartók. Su admiración por la obra del compositor húngaro y su contacto con las fotografías de Perfer la decidieron a crear junto a él este proyecto.
Ver la música, escuchar las imágenes
Mucho antes de afincarse en la tierra del escritor, Bustos había leído Cien años de soledad en su juventud en el País Vasco. Esta lectura no solo despertó en ella un asombro literario sino que de alguna manera su enamoramiento trascendió hacia lo musical: “Quedé prendada de su escritura fascinante, creativa, desmesurada y tan plena de belleza, que despertó en mí la cadencia constante en la escritura y la dinámica en la música. Esa conjunción que se da en ambos géneros la busco indefinidamente en cada una de mis interpretaciones, intentando alcanzar esa excelencia portentosa que define la obra de Gabo”.
Durante el concierto desfilan (en una articulación con las imágenes y el texto cuya mecánica es mantenida en el misterio por los artistas y que habrá que descubrir este sábado) piezas de Debussy, Schubert, Chopin, Larrañaga, Sibelius, Brahms, Ravel, Turina, Satie, Mompou y, por supuesto, Bartók; cada una de ellas busca representar a un personaje.
Bustos describe el proceso de selección como “largo, muy respetuoso e interesante. Óscar tenía ya su colección de personajes fotografiada, siempre desde su óptica contemporánea, en la búsqueda de fenotipos actuales que coincidieran con la imagen que él tenía de cada personaje. Buscamos y estudiamos pequeños textos que describieran escenas para sustentar sólidamente cada fotografía. Y por último nos lanzamos con la música con el objetivo de reflejar el alma de los personajes. Escuchamos decenas de obras de la literatura pianística universal que pudieran ensamblarse de forma natural con texto e imagen. No fue fácil que cada personaje se apropiara de su música, y que el dibujo de los textos ayudara a completar un panorama dúctil, efectivo y sorprendente. Hoy no podemos imaginarlos con otra estructura, es como si ellos hubieran hecho la elección al margen de nosotros mismos. Sus miradas lo atestiguan”.
Perfer, por su parte, revela: “Algunas piezas aluden a lo sublime, otras a la nostalgia, otras a lo onírico. El texto, fragmentos de la novela, actúa como un hilo conductor que va bordando una experiencia sensorial y narrativa. No es una adaptación literal, sino una invocación múltiple de Macondo a través de imágenes, sonidos y palabras. Vemos la música, escuchamos las imágenes”.
Macondo en el alma
Nacido en Chiquinquirá, un pueblo de la Colombia central con profundas raíces culturales, Perfer descubrió su vocación por el retrato en esa infancia ligada a los rostros nativos y también a la iconografía religiosa. Como la mayoría de los colombianos, el artista tuvo su primer contacto con Cien años de soledad durante su adolescencia en el colegio, pero las historias de la familia Buendía tuvieron en su alma una resonancia diferente.
“Recuerdo haber sentido que no estaba leyendo simplemente una novela, sino asomándome a una dimensión surreal que me resultaba extrañamente familiar. Como nacido en una ciudad pequeña marcada por la religiosidad popular, mitos cotidianos y leyendas, el universo de Macondo no me parecía una fantasía lejana, sino una ampliación poética de lo que ya vivía. Las lluvias interminables, las repeticiones familiares en sus apellidos, la fuerza simbólica del diario vivir en un pueblo, todo eso resonó en mí con mucha fuerza. Macondo, de algún modo, ya estaba en mí antes de leerlo”, explica.
Si todo lector forja en su mente los rasgos de los personajes cuyas historias llegan en palabras, se vislumbra difícil retratar desde seres de carne y hueso a las criaturas imaginadas por Gabo y conocidas por miles de lectores en el mundo.
Para Perfer, el proceso de creación de los retratos fue “casi ritual, una búsqueda paciente de personas comunes que pudieran cargar la emocionalidad del personaje y que fueron apareciendo una por una con el paso del tiempo. Básicamente busqué que tuvieran una historia en su rostro”.
En conjunto con su expareja, la gestora cultural Sonia Ezquerrena, Perfer inició la búsqueda en 2014 según un perfil realizado a partir de cada personaje.
“Cada retrato parte de una lectura y análisis que hicimos no solo del personaje en cuanto a lo físico sino de su entorno emocional y simbólico. No se trata de representar literalmente a los Buendía, pues es una propuesta netamente artística y personal, sino de encarnar sus esencias: la melancolía de Aureliano, la fuerza de Úrsula, la fragilidad de Remedios, la belleza del tiempo suspendido en Macondo. Tenía como premisa encontrar la sintaxis visual que llevarían estos retratos, y de qué manera los abordaría. El resultado fue usar una técnica clásica de iluminación que me permitiera resaltar sus detalles y que no distrajera con elementos lo que pretendía. Utilicé elementos visuales como la luz, que evocan los climas de la novela: polvo, texturas, luz dorada, sombras densas. Más que recrear, quise sugerir. Los retratos son espejos: no ilustran, reflejan”, dice.
Reflejos de Macondo, definido como un concierto-instalación, en el Centro de Experimentación del Teatro Colón. Foto: gentileza prensa del Teatro Colón.Ambos artistas coinciden en señalar la importancia de presentar esta propuesta en el mayor teatro de Buenos Aires, la ciudad que dio a conocer al mundo la novela, y en decir que la función será el cierre del círculo que comenzó hace casi seis décadas.
Perfer agrega: “Volver con una propuesta que reinterpreta ese universo desde una mirada visual y sonora es un acto de gratitud y reencuentro con la obra de Gabriel García Márquez. Es también un reconocimiento a la grandeza de la obra de Gabo: aunque profundamente colombiana, su novela pertenece a todos los rincones donde lo mágico y lo real conviven. Llevar nuestro proyecto allí es rendir homenaje al libro, al lector y a la memoria que nos une a través de Macondo”.
Reflejos de Macondo, única función el 7 de junio a las 20 en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (Viamonte 1168).







