Iván Cepeda nunca había querido gobernar Colombia. Con el mandato de Gustavo Petro a punto de agotarse, muchos buscaron al senador de izquierdas para que diese el paso. Se lo pedían en broma y en serio, y él les cortaba con un “no sigan con eso”. Hasta que llegó una carta. Las madres de Soacha —mujeres que perdieron a sus hijos, esposos y parientes asesinados por militares que los presentaron como guerrilleros— le dijeron que tenía que ser él. Y Cepeda, con todo lo que le disgusta de una campaña y sabiendo que gobernar le exigirá ceder en cosas en las que nunca creyó, terminó diciendo que sí. Él, que toda su vida ha sido un hombre de oposición —defensor de víctimas, acusador del Estado— aceptaba convertirse en la cabeza del Estado.








