Hay pasiones que no se explican, se sienten y más cuando te agarran de chico. No importa si naciste en Estados Unidos, una sola visita a Argentina puede hacerte amar los colores celeste y blanco para siempre. Así le pasó a Leonardo Fontana.
“Soy de EEUU, pero mi madre es Argentina. Vino a enseñar acá y se casó con mi papá que también es de Estados Unidos”, cuenta a Clarín. Leonardo es profesor de español y vive en Chicago. Pero antes que nada, es hincha fanático de la Selección Argentina. Es de los se paran, gritan, se abrazan y terminan llorando frente a la televisión.
Hoy, tiene 59 años y evangeliza a sus alumnos con letras como “Vamos, vamos Argentina” o “Muchachos…ahora nos volvimos a ilusionar”.
Su historia de amor con la albiceleste arrancó cuando tenía apenas 12 años y viajó a Buenos Aires para visitar a sus abuelos. “Fue el momento deportivo más emocionante de mi vida”, dice. Leonardo revive con intensidad aquellos días en las tierras de Kempes, Maradona y Messi.
En ese momento, se jugaba el mundial de 1978. Sus abuelos vivían en Vicente López sobre la calle Aristóbulo del Valle, a unos metros de la estación de Juan B. Justo del ferrocarril Mitre. La televisión, en blanco y negro, era el punto de encuentro. Cada partido se vivía con nervios, gritos y mucho fanatismo junto a su primo Martín.
Todo era nuevo para ese chico que venía de seguir a los equipos de béisbol y de fútbol americano de Chicago. No imaginaba que podía existir una pasión así: una ciudad entera parada cada vez que jugaba la Selección Argentina y calles que explotaban de gente después de cada triunfo. Personas que no se conocían, pero que por un rato se sentían hermanos.
“Recuerdo los gritos de toda la ciudad que movían nuestro piso de Vicente López”, explica el maestro con emoción.
También recuerda buscar las tapitas de las gaseosas para conseguir las tarjetas de todos los equipos. Algo que nunca volvió a hacer en su vida. Hoy, está lejos de Argentina pero su corazón juega de local cada vez que la Scaloneta sale a la cancha.
Cuando Fontana volvió a Estados Unidos, ese amor permaneció con él y creció con los años. En su casa de Glenview, Illinois, cada partido es una final del mundo. “Aquí estamos, animando, llorando, viviendo y muriendo en cada toque del balón de la Selección”.
Y así es, cada vez que juega Argentina replica la misma escena que vivió durante el mundial de 1978. Se come como argentino, se canta como argentino y se sufre como argentino.
“Cuando miramos los partidos, pido comida Argentina de un lugar llamado ‘Buenos Aires Deli’ y cada partido importante es una fiesta de blanco, celeste y amarillo”, confiesa.
Hace de un partido de fútbol un ritual, con la camiseta albiceleste puesta, acompañado de sus hijas Nora (13) y Lily (17). Su hijo más grande William (19) está en la Universidad.
“Todos aman a Argentina, pero a Lily le encanta el fútbol más que a los otros. Ama a Messi y a todo el equipo como yo”, explica.
Y no están solos. Dicen que la pasión puede ser contagiosa y Leonardo contagia a todo aquel que lo rodea. “Todos los que me conocen, especialmente los mexicanos, me apoyan. Nos apoyan. Si no puede ganar México, quieren a Argentina”.
El nombre de Lionel Messi está siempre presente en Glenview. Es el distinto para Leonardo, aunque también mira al banco por Lionel Scaloni. “Tiene el trabajo más difícil en el país, pero se comporta como si intentara retirarse mañana. Ese es el secreto”, dice con admiración.
También tiene su mirada sobre la Copa del Mundo que ganó Argentina en 2022. “Pienso que cuando perdimos con Arabia Saudita, nos dio un golpe para ponernos en el camino al campeonato”. Para él, esa caída fue necesaria. Dolió, pero nos obligó a reaccionar y a salir a jugar con el alma.
Leonardo no tiene dudas. Para él, Argentina va a meterse entre los ocho mejores del Mundial 2026. Incluso, se anima a soñar en grande. “Creo que tiene la táctica y el talento para ganar el torneo“, dice emocionado.
Leonardo volvió a la Argentina en 1984 y 1999, por la última vez. Se casó en 2005 y tuvo familia al año siguiente. “No pudimos viajar tan lejos con nenes chiquitos. Tengo ganas de volver a Buenos Aires algún día”. Y si es época del mundial mucho mejor para él.
Mientras tanto, enseña español y canciones de Argentina a sus alumnos. “Vamos vamos, Argentina”, “Muchachos…”. Todo un embajador de la pasión.
“No viajamos a Kansas City ni a Dallas, no tengo el dinero para viajar y ver en vivo los partidos del mundial, pero no me perderé ni un solo minuto”, promete el pastor de la Scaloneta, que no necesita ir a la cancha. Le alcanza con una tele, una camiseta, mucho corazón y personas con ganas de compartir esa pasión porque hay algo que tiene clarísimo, no es solo fútbol. “Me considero afortunado que disfruté tres campeonatos mundiales”, cierra.







