En sus últimos días de vida, Jorge Luis Borges solía repetir —cuenta Adolfo Bioy Casares en sus diarios— un proverbio chino: “No hay hombre tan joven que no pueda morir mañana, ni hombre tan viejo que no pueda vivir un año”. Entre la incertidumbre y la postergación, el adagio sugiere también la ilusión de una eternidad, como la que hoy parecen haber conseguido la figura y la obra del escritor argentino, como la que él mismo atribuía a la ciudad donde nació y no pudo, o no quiso, morir. “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires”, escribió, “la juzgo tan eterna como el agua y el aire”.









