En medio de la devastación de La Guaira, Yaraís Ballesteros abrió las puertas de su casa para convertirla en una escuelita informal. Quería un espacio donde niños y niñas se reunieran para hablar, crear, aprender y disfrutar; fue por ello que lo llamó Rincón de Luz. Allí, 23 niños y adolescentes de entre cuatro y 15 años reciben clases después de que el terremoto dejara inutilizadas sus escuelas, destruyera sus viviendas y, en algunos casos, separara a sus familias.














