La Guerra Civil española concluyó cinco meses antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La Alemania de Hitler había apoyado abiertamente al general Francisco Franco, no solo con armas y efectivos que incluían a pilotos de la famosa Legión Cóndor, responsables de bombardeos como el que destruyó Guernica.
Era el momento de devolver favores. Y el Tercer Reich le pidió a las autoridades españolas apoyo.
En junio de 1940, Italia entró a la guerra apoyando al régimen nazi. Dos días más tarde, Francisco Franco cambió la neutralidad de España por la condición de país no beligerante. Eso implicaba que España se convertía en un aliado de las potencias del Eje, pero sin entrar físicamente en la guerra.
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El tema merecía ser esclarecido y los diplomáticos alemanes insistieron en que las máximas autoridades de los dos países “aliados” se vieran cara a cara. Fue así como Franco y Hitler se conocieron personalmente en la estación de ferrocarril de Hendaya, ciudad limítrofe con Francia, nación que se había rendido ante la avasallante presión de las tropas alemanas.
El ministro Ramón Serrano Suñer (al que llamaban “el cuñadísimo” por su parentesco con Franco) viajó en septiembre a Berlín para discutir las exigencias de España a fin de entrar en la guerra. Las aspiraciones imperiales de Franco fueron un obstáculo (o una excusa) para no comprometer a España en un conflicto que podría salirle carísimo, dado el precario estado del país después de la contienda civil.
El único que esperaba algo de esta entrevista era el Führer. Los altos mandos alemanes, como el almirante Canaris y el mariscal Göring, eran escépticos sobre las ventajas de contar con España y su aporte al esfuerzo bélico.
Serrano Suñer se reunió con el canciller Ribbentrop, quien escuchó con cierto asombro las desmedidas pretensiones del gobierno franquista. En un momento, el embajador Von Stohrer comentó que España “no podía esperar un imperio a cambio de nada”.
Mientras estaba en Berlín, Suñer asistió a la firma del Pacto Tripartito que establecieron las potencias del Eje. Japón, Italia y Alemania se unían mientras España solo asistía como espectador.
En esos días, cuando el ejército nazi parecía imbatible, Hitler se reunió en Brennero con Mussolini para discutir los pasos a seguir. Cuando tocaron el tema de la alianza con España, el mismo Duce coincidió que Franco “pedía mucho y no daba nada”.
A fin de preparar el terreno para la visita del Führer a España, viajó a Madrid uno de sus adláteres de suma confianza, Heinrich Himmler.
Este aprovechó el viaje para realizar algunas visitas turísticas, la Catedral de Burgos y la tumba del Mío Cid, Valladolid y, finalmente, la Gran Vía de Madrid que, para la oportunidad, había sido decorada con esvásticas.
La entrevista con Franco fue breve y formal, no había mucho que decir sobre la conveniencia de aliarse con Alemania, que había sido de tanta ayuda durante la guerra civil. En confianza, Himmler se atrevió a darle al generalísimo algunos consejos de cómo gobernar a España.
Franco lo escuchó atentamente, no hizo ningún comentario más allá de los protocolares y lo acompañó hasta el vehículo que lo llevó hasta el próximo punto de su recorrido turístico. ¿Cómo podía perderse una corrida de toros? Himmler fue a Las Ventas a apreciar la destreza de uno de los más conocidos toreros de su tiempo, Marcial Lalanda.
Pues ¿saben qué opinó sobre las corridas de toros uno de los genocidas más crueles del siglo XX? Que era un espectáculo “deleznable y sangriento”.
Por suerte, la lluvia interrumpió la corrida y Himmler continuó con su tour por El Escorial, Toledo y asistió al Prado, aunque lo más curioso de este recorrido fue el pedido del jerarca nazi de visitar Montserrat, en Barcelona, para interiorizarse sobre el destino del Santo Grial, la misteriosa copa de la que Cristo habría bebido durante “la última cena”.
Según las averiguaciones de Himmler, un especialista en todo lo relacionado con la raza aria, dicho Grial debería estar en dicho convento.
Pues en Montserrat, nadie sabía nada del Santo Grial al que Wagner le había dedicado una estrofa en Parsifal. Este era el tipo de ideas estrafalarias del nazismo que lo empujaron a buscar la ciudad de Thule en el Tíbet mientras los europeos se mataban con saña.
El 23 de octubre, a las 15.20 horas, Franco y Adolf Hitler se reunieron en un vagón del tren oficial “Erika”, acondicionado para la ocasión.
Hitler disertó sobre el “nuevo orden europeo” (que se reducía a “soy el dueño de Europa y tengo 200 divisiones a mi disposición”) a lo largo de tres horas. El discurso en nada conmovió al generalísimo de sus aspiraciones territoriales. La reunión llegó a un punto muerto y, amablemente, los jerarcas se despidieron estrechando las manos.
El español declaró a sus íntimos: “Estos tíos lo piden todo y no dan nada”, mientras que el dirigente nazi hizo un comentario despectivo sobre “el cerdo jesuita” (refiriéndose a Serrano) y un resignado “con estos tipos (los españoles nacionalistas) no hay nada que hacer”.
Hubo un intercambio de documentación y unas vagas promesas sobre la devolución de Gibraltar; se escribió un protocolo secreto que fue destruido en 1945.
Si bien España no entró en la guerra como beligerante, envió un grupo de voluntarios que participó en la campaña de Rusia, especialmente en el largo sitio de Leningrado.
Existe una foto cuando Hitler y Franco se despiden sonrientes. El generalísimo aparece tomando con ambas manos la diestra del Führer.
Serrano Suñer comentó que entonces el caudillo le dijo al jerarca nazi: “El día en que Alemania de verdad me necesite, me tendrá incondicionalmente a su lado y sin ninguna exigencia”.
Pues ese día no llegó y, si llegó, nada de lo prometido se cumplió.








