Ansiedad mundialista: cerebro, emociones y comida

Ansiedad mundialista: cerebro, emociones y comida

La adrenalina, la incertidumbre y la intensidad emocional que despierta un gran evento deportivo como el Mundial pueden modificar nuestra forma de comer. Muchas veces, no aparece en forma de hambre fisiológica, sino por una necesidad de aliviar emociones. Aprender a diferenciarlas es una herramienta clave para recuperar el control de nuestras decisiones alimentarias.

El Mundial nos moviliza mucho más que la pasión por el fútbol. Cada partido activa expectativas, tensión, euforia, frustración y una fuerte sensación de pertenencia y las emociones no solo se sienten, también modifican el funcionamiento del cerebro y pueden influir directamente sobre nuestro deseo de comer algo dulce, salado, de aumentar la cantidad o, incluso, de saltearnos comidas.

En situaciones de estrés o ansiedad aumenta la liberación de cortisol, una hormona que, cuando permanece elevada, favorece la búsqueda de alimentos altamente palatables, ricos en azúcar, grasas y sal. Al mismo tiempo, el sistema de recompensa cerebral libera dopamina tras su consumo, generando una sensación transitoria de placer y alivio. Yo lo llamo “felicidad ficticia” ya que el problema es que ese alivio suele durar poco y si la emoción continúa, el impulso de volver a comer reaparece. Así se instala un círculo en el que la comida deja de cumplir su función biológica de nutrir para transformarse en una estrategia para regular estados emocionales. Pero muchas veces no nos damos cuenta.

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No significa que comer durante un partido esté mal, forma parte del ritual social y cultural del deporte; el desafío aparece cuando la comida se convierte en la única respuesta frente a la ansiedad, el aburrimiento o la tensión.

La buena noticia es que el cerebro también puede aprender nuevas formas de responder. La alimentación consciente y el reconocimiento de las emociones permiten disminuir las respuestas impulsivas y fortalecer el autocontrol.

¿Cómo diferenciar el hambre física del hambre emocional? El hambre física aparece de manera gradual, puede esperar, suele aceptar distintos tipos de alimentos y desaparece cuando alcanzamos la saciedad. El hambre emocional, en cambio, aparece de forma repentina, exige alimentos específicos –ese chocolate o esas papas de copetín, por ejemplo–, no se acompaña necesariamente de señales corporales y muchas veces persiste incluso después de haber comido.

Cinco recomendaciones:

1. Hacer una pausa antes de comer. Antes de buscar un alimento, preguntarse: “¿Tengo hambre o estoy buscando aliviar una emoción?”. Ese simple registro puede cambiar la decisión.

2. No llegar al partido con hambre intensa. Mantener comidas regulares durante el día reduce la probabilidad de comer impulsivamente durante el encuentro.

3. Darle un nombre a la emoción. Identificar si lo que sentimos es ansiedad, nervios, aburrimiento, enojo o euforia disminuye su intensidad y evita que la comida ocupe ese lugar.

4. Incorporar otras formas de regular el estrés. Respirar profundamente, caminar durante el entretiempo, hidratarse o conversar con otras personas ayudan a disminuir la activación emocional sin recurrir automáticamente a la comida.

5. Disfrutar sin culpa. Si elegimos compartir alimentos típicos del partido, hacerlo de manera consciente, saboreándolos y registrando la saciedad. El problema no es un alimento aislado, sino perder la capacidad de decidir.

Una oportunidad:

El Mundial puede convertirse en un laboratorio cotidiano para observar nuestra relación con las emociones. Cada partido ofrece la posibilidad de preguntarnos qué estamos necesitando realmente: a veces será alimento; otras veces será descanso, compañía, movimiento o simplemente reconocer que estamos ansiosos.

Cuando aprendemos a distinguir el hambre del cuerpo del hambre de las emociones, dejamos de reaccionar en piloto automático y empezamos a responder de una manera más saludable. Porque, al final, nutrirnos no siempre significa comer: muchas veces significa escuchar lo que realmente necesitamos.

* Nutricionista.