Has sido añadido al grupo. El mensaje, al aparecer en nuestra pantalla principal de WhatsApp, ya inspira una mezcla de hastío y ansiedad. Y puede resultar aún más desgastante cuando el grupo en cuestión es para organizar un cumpleaños. Fiesta de. Al aluvión de mensajes se añade la posibilidad de que, pocos minutos después, aparezca otro grupo para ponerse de acuerdo sobre qué regalarle al cumpleañero. Regalo de. “Los grupos de WhatsApp son otro universo”, explica Sandra, abogada. “Estoy permanentemente metida en 1.000 grupos llamados REGALO DE X, cada uno de ellos con su encuesta, brainstorming, Bizums, el drama de la persona que no contesta y retrasa las gestiones y la que propone un regalo como si estuviéramos comprando entre todos un apartamento. Me encanta regalar y celebrar a mis amigos, pero cuando encadenas varios cumpleaños, entre regalos, cenas, taxis, viajes y demás, termina siendo casi una partida fija del presupuesto mensual”, asegura con resignación.
La cultura de los cumpleaños ha cogido fuerza y ha hecho que las celebraciones impliquen escapadas y auténticas gymkanas sociales que se alejan de las socorridas cañas entre amigos. Los festejos obligan a hacer hueco en unas agendas ya abarrotadas de eventos y compromisos para citas de las que no siempre es fácil escapar. No solo porque quien cumple años -aunque jamás lo reconozca- puede acabar confeccionando mentalmente una lista negra con quienes no se presentan, sino porque estas celebraciones vienen cargadas de una emoción que hace que faltar despierte cierta culpa. En la cultura estadounidense, tan presta a otorgar nombres a cualquier tipo de cuita contemporánea, lo llama birthday fatigue, “fatiga cumpleañesca”: la sensación de que siempre hay un cumpleaños próximo al que acudir, un regalo que comprar y un evento social en el que presentarse. Así, acompañar a alguien mientras sopla las velas termina sumándose, casi sin darnos cuenta, a la interminable lista de obligaciones sociales.
Así lo confirma Guzmán, fotógrafo gallego. “Cuando formas parte de una pandilla en la que hay cierto número de amigos, sean íntimos o simplemente cercanos, acaba tocándote un cumpleaños al mes, a menudo dos, a veces tres. No acudir, sin tener una buena excusa, no suele ser una opción: puede ser visto como un feo. A medida que vas cumpliendo años y ganando cierta ansiedad social, o simplemente dándote cuenta de que estás mucho más cómodo y feliz en tu casa o con un plan menos multitudinario, este torrente de cumpleaños ajenos empieza a parecer una especie de trabajo secundario, de reuniones que apuntar en una agenda”, asegura. Leticia Gómez, consultora, se siente obligada a ir a un cumpleaños pese a no sentirse preparada o no tener ganas cuando el encuentro es sumamente sofisticado y organizado. “Se genera una especie de obligación social muy incómoda. Si por ejemplo, tengo el cumpleaños de un familiar, aunque no tenga ganas de ir, siento que tengo la obligación de estar allí. De lo contrario, me voy a sentir mal”, dice a ICON.
Guzmán pone entonces sobre la mesa otro asunto peliagudo: el dinero. “Algunos meses ese desembolso económico te viene mejor y otros peor. Y luego está, además, el hecho de que, dado que quieres socializar y fundirte con el paisaje, vas a tomarte de forma inevitable unas cuantas cervezas, así que la resaca del día siguiente se añade al estrés. Cuando oigo a algún amigo decir ‘este año no lo voy a celebrar’ me dan ganas de besarlo y darle las gracias. Por cierto, aunque no vayas al cumpleaños porque tienes una buena excusa, suele tocarte pagar igual el regalo grupal. Lo contrario es recibido como un feo”, señala.
“No sé en qué momento el cumpleaños dejó de ser unas copas, medias lunas, sándwich de nocilla y una tarta y se convirtió en una producción ejecutiva. Cada vez hay más conceptos, localizaciones espectaculares, un dress code determinado, cenas, fiestas, viajes… Hay meses en los que siento que vivo de celebración en celebración y que necesito otro sueldo”, añade Sandra.
180.000 euros de cumpleaños
Alex Agulló, relaciones públicas y fundador de Las Marquesas, asegura que el boom de las celebraciones de cumpleaños es innegable. “Los cumpleaños se han convertido en auténticos festejos medievales que son toda una muestra de estatus por el número de invitados, la longitud de la celebración, el tamaño del lugar y el dispendio de elementos”, asegura antes de comentar que su equipo está trabajando en un cumpleaños de tres días en Barcelona cuyo presupuesto es de 180.000 euros. Nos preguntamos: ¿qué se le regalará a ese homenajeado?

Un estudio asegura que, los cumpleaños, considerados “ritos de la temporalidad”, rinden homenaje a los marcadores temporales que se hicieron especialmente visibles a partir de la industrialización: los números, “creadores centrales de significado para el hombre moderno”. Cumplir años convierte el paso del tiempo en algo concreto y cuantificable, y transforma esas cifras en una parte fundamental de cómo cada uno entiende su vida en la sociedad. “Soplar las velas es una manera de entender la existencia individual como algo digno de celebración”, señala. Fue en los años ochenta cuando los cumpleaños experimentaron una transformación comercial al dejar de organizarse en casa para trasladar la celebración a restaurantes, salones recreativos y todo tipo de enclaves en los que festejar. Así, cumplir años pasó a ser una experiencia que podía comprarse.
El efecto birthdayzella es el nombre que recibe la voluntad de llevar la celebración de un cumpleaños al extremo. Es un juego de palabras con el popular festival Coachella y, en el entretenimiento y el mundo de la celebridad, ha tenido gloriosos precedentes (la temporada 3 del reality Alaska & Mario se centraba en la fastuosa celebración del 50 cumpleaños de la cantante en el Florida Park, Oprah Winfrey invitó a 1700 personas a su 55 cumpleaños en Barcelona en 2009). Las redes sociales son en gran parte responsables, en la actualidad, de esta mística. Meena Alexander escribió al respecto en The Guardian: “Primero fueron las bodas. Ahora, para muchos, lo normal es pasarse de la raya con los cumpleaños: organizar escapadas con misterios de asesinato por resolver o pequeños festivales con códigos de vestimenta y merchandising personalizado. ¿Es esto fruto de egos descomunales o de la búsqueda de conexión en una época marcada por la fragmentación?”.
La periodista Allie Volpe escribió, en la web estadounidense Vox, que a medida que cambian las prioridades y los amigos se ven con menos frecuencia, cada vez se utilizan más las fiestas de cumpleaños como una excusa para reunirse. “Cuando estas celebraciones empiezan a implicar el tiempo y el gasto económico que normalmente se asocian con las bodas o las despedidas de soltera, los asistentes tienen que priorizar unos eventos sobre otros”. Porque al final, la necesidad de celebrar los cumpleaños no deja de responder al deseo de sentirse reconocidos. Y en momento en el que hablamos cada vez más por WhatsApp y nos vemos cada vez menos en persona, las reuniones de amigos, ya tan escasas y más a ciertas edades, toman un cariz casi místico.
El encuentro no deja de ser, al fin y al cabo, una oportunidad para volver a ver a amigos y familiares en un mundo en el que las agendas apenas conservan ya un hueco libre. Y, al menos, los grupos de cumpleaños tienen una ventaja: por molestos que puedan resultar, duran poco más que las velas encendidas y, tarde o temprano, terminan por apagarse… hasta el año que viene.








