Llegó a mis manos el libro Escritura reparadora, de Amelia María Zerillo. Ya su título plantea interrogantes, que la autora se esmera en responder. Si la escritura repara, qué repara, cómo, en qué contexto. ¿Cualquier escritura? ¿Hay una escritura terapéutica?
Zerillo, luego de una interesante recorrida histórica acerca de la escritura como una actividad “para el propio bien” de quien escribe, nos pone en contexto acerca de las modalidades de escritura que “genera efectos beneficiosos más allá de cualquier pretensión literaria”, tal como se las concibe actualmente.
La autora, que fue -entre otras cosas- coordinadora del Taller de Letras del Frente de Artistas del Borda, recorta el campo de su interés de otras prácticas, tales como la escritura expresiva, la terapia narrativa, la escritura reflexiva y la escritura literaria propiamente dicha. Ella adscribe a una línea que llama escritura reparadora, y que toma elementos sobre todo de las dos mencionadas en primer término. Como en el Borda, se trata de “(…) grupos que han decidido escribir como forma de mejorarse y sobrevivir en entornos que resultan hostiles”.
Y extiende su investigación a otras experiencias con personas en situación de encierro, en situación de calle, familiares de víctimas de la Dictadura y mujeres sobrevivientes a violencia doméstica. En toda la producción escrita analizada, encuentra puntos en común y especificidades de cada colectivo.
Todas las personas que participan en los talleres de escritura reparadora tienen una historia de trauma personal y exclusión social.
El trabajo permite la autoobservación y reconstrucción de una subjetividad dañada. Consta de un primer momento previo a la escritura, que implica conectar con una emoción lo suficientemente fuerte como para generar el deseo de escribir. De ella parte una escritura individual que luego será presentada en el taller.
Esta primera etapa es meramente catártica. Luego viene un trabajo de reescritura, que es el que presenta más resistencia, al cabo del cual se logra una modificación subjetiva.
La autora resalta la importancia del trabajo con el grupo, más allá del efecto aliviador que de por sí que genera la escritura en soledad. Los escritos suelen ser, al principio, mayormente autobiográficos. Pero luego es muy habitual que deriven en poesía o prosa poética. Eso permite reelaborar el trauma sin mencionarlo directamente.
Como siempre sucede cuando un texto es valioso, el de Zerillo dialoga con otros que tengo muy presentes en este momento. Cuando menciona el valor de la metáfora como acercamiento velado al trauma, viene a mi memoria el maravilloso libro de Eugenio Previgliano (autor rosarino que falleció hace apenas tres meses, dejando una obra exquisita).
La chica, una ficción poética donde recrea su etapa como detenido desaparecido. Un texto muy delicado, muy sutil, donde el horror está todo el tiempo más sugerido que contado. Una manera muy original de abordar el trauma propio y social que compartimos.
“¿Adónde te llevan? ¿Te preguntan algo? / Pero yo no me animo a hablar. / Y después está el dolor, el dolor del oído izquierdo, el dolor de la mandíbula de los dos lados, el dolor de la barriga y el dolor en el hombro. Un chico de diecinueve años no está aún acostumbrado al dolor, sueña con una vida bella”.
También pensé en Post guardia/¿Qué le hace un hospital a la noche?, de Débora Chevnik, que pone en palabras el dolor de la impotencia frente a las situaciones límites que enfrentan los profesionales en la guardia de Salud Mental.
“qué le hace el viento a los umbrales? / y el pánico? a quién llama? / qué le hace el llanto inconsolable de una niña al lorazepam? / y a la mamá del nene internado en la cama de enfrente? / qué le hace la soledad y el abandono, los gritos y lo imposible a las / caricias nómades? / qué le hace un hospital a la noche? / qué le hace el chupetín de la mamá del nene de la cama de enfrente al llanto inconsolable? / y al Lorazepam? / qué le hace el temblor a la escritura clínica? / y la prisa, qué hace?”.
Zerillo destaca como lo más importante de su trabajo: “Haber reconocido en la escritura la potencialidad de reparar la imagen de sí de muchos hombre y mujeres que por alguna razón se han sentido dañados y discriminados en el espacio social”.
¿Hasta qué punto esto no es válido también para cualquiera que escribe (parafraseando a Chevnik) desde las tripas? Dolor propio o impotencia ante el dolor ajeno, siempre es trauma en la acepción freudiana de lo que excede la posibilidad del yo de elaborarlo.
Es verdad que, en estos dos casos, no se trata de una escritura “sin pretensiones literarias”, pero no podemos sino pensar la escritura nacida de una necesidad genuina como un continuo, donde el valor literario es un plus. Sin esa emoción profunda que nos impulsa a escribir como una manera de acotar el estrago de lo real sobre nuestra subjetividad, ninguna literatura merece respeto.







