Acceder a información de calidad es un derecho ciudadano

Acceder a información de calidad es un derecho ciudadano

Comenzó en redes sociales, se viralizó y propagó por todos lados, llegó a un programa de streaming (antes lo hacía a los medios tradicionales) y se desató la tormenta. En esta ocasión, en pleno contexto del Mundial de Fútbol 2026, se trató de la familia del argentino más trascendente de todos.

Una famosa conductora al frente de un programa “periodístico” en streaming dio como información lo que en verdad era una noticia falsa. La información nunca estuvo verificada ni bajo el escrutinio mínimo de un chequeo profesional, serio y responsable. La desinformación se dio a conocer con la liviandad con la que se dicen muchas cosas en este nuevo formato, donde gobierna la ausencia de todo tipo de filtro y se erosiona, en reiteradas ocasiones, la línea entre periodismo y conventillo.

No es la primera vez que se da como información la muerte de alguien. Tampoco será la última. De eso se trata la desinformación en estos casos, le pasó a Cacho Fontana y a Carlos Griguol hace varios años y hoy ocurre en la familia del mejor jugador del fútbol de todos los tiempos. Al margen del análisis pormenorizado de la situación, resulta imprescindible el fortalecimiento de los valores esenciales del ejercicio periodístico, también en las señales de streaming, o al menos en aquellos programas que se jactan de hacer un periodismo más “liviano”.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Las fake news del gobierno por su obsesión contra Perfil (y el periodismo)

Chequear la información recibida y acudir a la fuente de primera mano debe seguir siendo una cualidad sine qua non del trabajo del periodista y, por otro lado, la empatía también debe ser un atributo inescindible del quehacer profesional. En esta ocasión, todo esto quedó enterrado.

Quienes quieren bajarle el precio a la situación hablando de que fue “en un canal online” o “en un simple programa de streaming” se equivocan. En otro contexto, ese hecho en ese formato no hubiese tenido tanto impacto, más allá del personaje involucrado, pero hoy ese nuevo medio digital está legitimado por su numerosa audiencia (al menos desde la señal donde sucedió el hecho) y también por los diferentes actores públicos, desde deportistas hasta políticos que utilizan estos espacios para esquivar el periodismo que incomoda e instalar sus mensajes y agenda propia.

La Doctrina de la Real Malicia nació en un mundo diferente al actual y no sanciona el error periodístico sino la difusión de información falsa con conocimiento de su falsedad”

El otro día no solo se difundió como cierto lo falso sino que también se contaminó la agenda pública sin medir ningún tipo de consecuencias y eso también es muy grave.

El caso también plantea algunas inquietudes respecto de la responsabilidad legal de quienes incurrieron en esta práctica desinformativa. En el marco normativo local existen normas que podrían encuadrar la situación, como la Doctrina de la Real Malicia, una de las que más tensiones generan en la actualidad, precisamente por este nuevo ecosistema informativo.

¿Qué pasa cuando este hábitat ya no está dominado por periodistas profesionales sino por redes sociales, influencers, militantes digitales y algoritmos que premian la velocidad antes que la verdad? ¿Dónde queda el marco normativo de la Doctrina en estos tiempos informativos frenéticos? ¿Hay un ámbito de aplicación en este tipo de casos?

Hoy millones de personas producen información sin chequearla, millones de personas replican sin conocer su origen y millones de personas también amplifican de manera instantánea”

Estas inquietudes surgen entendiendo el espíritu de dicha Doctrina, que nació en un mundo diferente al actual y que no sanciona el error periodístico sino la difusión de información falsa con conocimiento de su falsedad.

El mundo actual es muy diferente a aquel de la década del 60. Hoy millones de personas producen información sin chequearla, millones de personas replican sin conocer su origen y millones de personas también amplifican de manera instantánea.

La mentira no necesita probarse, solo basta con viralizarse. Y la verdad, bien gracias. Si la conductora o productora recibió el rumor y no existió ninguna verificación elemental, podría discutirse si existió o no esa “notoria preocupación por la verdad” –núcleo de la real malicia–. Y aquí podría aparecer algo novedoso, aunque difícilmente sancionable.

En esta era digital, donde las herramientas de verificación abundan y la viralización multiplica el daño, la ausencia absoluta de chequeo abre una discusión tan novedosa como necesaria sobre la responsabilidad de informar.

Toda esta situación también se da en momentos donde el periodismo está recibiendo una fuerte interpelación por parte del poder político de turno. El propio presidente de la nación aprovechó el hecho desinformativo por la poca simpatía que tiene a la conductora del programa que dio la noticia y realzó sus ataques contra la prensa y el quehacer periodístico.

Quizás hubo cierta impericia metiendo todo en la misma bolsa cuando en verdad, este tipo de casos, solo reafirman que debemos valorar más el profesionalismo de la prensa, no por los nombres propios de los periodistas, sino por el valioso derecho de la ciudadanía a acceder a información responsable y de calidad.