Gabriel Oliveri es el alma mater de un cotizado hotel y ahora debuta como actor

Gabriel Oliveri es el alma mater de un cotizado hotel y ahora debuta como actor

Siempre quise ser actor pero hasta este especial debut en el Teatro San Martín, Gabriel Oliveri hizo de la hotelería una profesión que le llegó por casualidad y también por necesidad. “Soy un hotelero de corazón, de alma”, dice Oliveri a PERFIL. “La hotelería me salvó la vida; en su momento, cuando empezaba , me dio uniforme, comida, propinas, me enseñó a comer, a viajar, a vivir. Cuando paso los fines de semana y veo la torre del Four Seasons (su “escenario” laboral permanente), digo: ‘Gracias, Dios, por haberme dado un lugar donde soy feliz’”.

Como algo más que relacionista público de ese cotizado hotel porteño, Oliveri se hizo muy conocido para personajes de la cultura, del espectáculo, y de los negocios, entre otras categorías. Y en el camino que recorrió para poder estrenar hace unos Querísidimo Truman en el San Martín, hubieron muchas escalas: fue panelista invitado en programas televisivos, tuvo el suyo propio, estudió actuacion con diferentes profesores, consume teatro con pasión, y para el guión de esta obra que coescribió con Florencia Bendersky, estudió dramaturgia con Mauricio Kartun.

El camino. Querídisimo Truman es una biografía musicalizada sobre el escritor norteamericano Truman Capote. Gabriel Oliveri lo descubrió en su infancia y desde entonces se convirtió en su obsesión, y en escena se presenta como un cronista amoroso que, desde su propia vida, examina la de Capote como un observador quien, por momentos, se anima a volverse el propio autor.

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— Qué es Truman Capote para vos?

—Bueno, es un chico que nació en New Orleans, que tuvo una infancia dificilísima, y que era gay desde que nació. No le importaba nada, y teniendo las peores condiciones, termina convertido en solo escritor. Y ni siquiera había terminado la secundaria. Y con su novela consagratoria A sangre fría gana dos millones termina viviendo en un departamento con vecinoss ricos, haciéndose amigos de todos y teniendo una vida glamorosa, espectacular. Eso me enamoró del principio. El poder hacer de su vida lo que quiso, inventarse, darse a luz de nuevo, y viviendo el mundo que había soñado. El final no pudo o no quiso manejarlo, y fue malo, pero sí me generó admiración.

—¿Tu conexión más personal con la figura de Capote por dónde pasa?

—Yo, en otra dimensión muy pequeña, soy un granito de arena frente a él, pero me encantó el tomarme el colectivo, el venirme a Buenos Aires, a una pensión, el ser cajero de supermercado…Uno se va inventando y llegar en mi pequeño mundo a estar comiendo un día con embajadores, o con Pampita (Ardohain), a recibir todas las estrellas del mundo…A veces me siento identificado en esa parte, en el vivir una vida que, a veces, uno cree que no es de uno pero para la que trabajó mucho para que sucediera. Eso también es reinventarse, ¿no?

—¿Qué se siente actuar en el San Martín con todo lo que significa para la cultura teatral argentina?

—Es un sueño. Me siento como Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo. ¿Viste cuando entras a la pantalla? Es maravilloso, no lo puedo creer. A veces me paro enfrente de la cartelera, y digo:, “No puedo creerlo”.

—¿En qué momento de tu vida te tocó esto?

—A partir de la muerte de mi mamá, volví a pensar en que uno se va a morir. Entonces retomé el estudio del teatro, escribí la obra, seguí preparándome y hoy cumplí este sueño maravilloso.

—¿Es cierto que tu primer profesor, apenas llegaste de Entre Ríos, fue Carlos Gandolfo?

—Sí. En esa época estudiaba abogacía, ya trabajaba en hotelería, pero me faltaba algo más y no sabía qué era. Y me dije: “Tengo para un pasaje de colectivo. Me tomé uno que me llevara a donde fuera el colectivo, sin rumbo. Y ese colectivo pasó cerca de Parque Centenario, y estaba la escuela de teatro de Carlos Gandolfo. Y por esas cosas que parecen una película,ese día era el de la selección de alumnos para el año. Vi un montón de gente y el cartel y me bajé.Carlos Gandolfo nos entrevistaba, uno por uno, quedamos catorce varones y catorce mujeres. Entre ellas, Mónica Gonzaga, que se llamaba en realidad Mónica Eve González y estaba haciendo –creo —Amándote una novela con Arnaldo Andrés. Y quedé elegido, empecé a estudiar y la verdad que me volvió el alma al cuerpo. En ese momento,para mí Gandolfo fue alguien que, en un punto, me salvó. Así empezó mi amor por el teatro, que es lo que yo en ese entonces, quería hacer.