Todo comenzó una tarde cuando clavé la mirada en un punto incierto y mi ruleta mental se detuvo en La sirenita. Qué disparate de deshacerse de su cola. ¿Qué velocidad de nado alcanza una sirena? No posee la cola insignificante de una mojarrita: hablamos de un vertebrado de gran porte.
Busco en internet. Delfín, 65 km/h; pez vela, 109 km/h; tiburón mako, 124 km/h. Esos vendrían a ser los peces “bala” del océano, me río. A la cola se le dice “aleta caudal” y funciona como propulsor, timón y arma mortal. El tiburón atizador con un solo golpe “de chilena” liquida a decenas de peces.
¿Quién en sus cabales resigna ese poder? No me creo que Andersen haya escrito tamaño dislate. Y si lo hizo, quiero conocer los motivos.
Hans Christian Andersen, el que imaginó historias para niños, cuentos de hadas puro invento, no recopilaciones de leyendas orales como hicieron los Grimm. Hans, el del patito feo que era cisne, el de la niña vanidosa de zapatillas rojas, el del soldadito de plomo derretido en el fuego por culpa de la arrogante bailarina, el de la pequeña vendedora de fósforos que muere de frío en la calle una Nochebuena.
Sí, son terribles los cuentos de Andersen y por eso, hermosos, mucho más bellos que las posteriores versiones modificadas para públicos delicados. Me pregunto cómo será La sirenita original.
Hans Christian Andersen escribía en danés. No hablar danés me desanima pero por poco tiempo. Soy de la idea de que si otro ser humano entiende un idioma, cualquiera puede. Así me pasó con un ruso a quien terminé por comprender y con un alemán guapísimo al que de golpe empecé a hablarle en su idioma. Además, había otra ventaja: Andersen escribió los cuentos en el mismo lenguaje con el que ya se los había contado a niños en vivo y en directo.
Como el patito feo, fue violentado por sus compañeros de colegio que lo veían distinto, afeminado.
Adentrada en el danés, el primer impacto fue constatar lo poco que queda hoy del original mutilado por sucesivas versiones. El cuento comienza así: “Muy lejos en el mar el agua es tan azul como los pétalos de la centaurea más hermosa”.
Esa flor específica desaparece en las traducciones al español. No quiero afirmar que en todas, aunque lo apuesto. Y, sin embargo, quien busque online “centaurea azul” verá una maravilla. Mi opinión: si Andersen dice de entrada que el mar es del color de la centaurea azul no es sólo azul, ni muy azul, ni simplemente azul, es del azul de la centaurea azul y así es como quiere que lo imagine el lector.
En segundo lugar, una extrañeza: Andersen insiste en señalar que la lille Havfrue, la sirenita, no tiene Fødder, pies, sino Fiskehale, cola de pez. Repite que la sirenita, que en el cuento original carece de nombre, tiene cola de pez como su abuela, su padre, sus hermanas y su madre muerta. Sospecho que esto es una pista.
Tercero, una sorpresa: el bueno de Andersen la pasó mal al escribir La sirenita.
El libro de Andersen Cuentos de hadas, contados para niños fue editado en abril de 1837. Dos meses antes de la publicación le confesaba a un amigo escritor que el cuento La sirenita “fue el único de mis trabajos que me afectó mientras lo escribía. Sufrí con mis personajes, compartí sus estados, buenos o malos, y podía ser cordial o desagradable de acuerdo con la escena con la que estaba trabajando”.
También a partir de su sirenita criticaba a un escritor. “Yo no permití, como hizo De la Motte Fouqué en Ondina, que conseguir un alma inmortal dependiera de una criatura extraña, del amor de un ser humano. ¡Eso está mal!”.
La sirenita de Disney. Filme de 2023, protagonizado por Halle Bailey.Andersen se refería a Ondina, novela de Friedrich de la Motte Fouqué. Ondina es una princesa del agua cuya familia la hace abandonar los privilegios de los castillos de cristal en el fondo del mar para vivir en el mundo de los hombres con la misión de agenciarse un alma y ser la primera de su raza en poseer una. Ondina no se diferenciaba de cualquier muchacha humana, tenía pies.
Un momento. Releo la carta en danés y me percato de algo muy obvio: cuando Andersen se refiere a la criatura de Fouqué escribe “Havfrue” y cuando se refiere a la suya escribe… ¡“Havfrue”!
Claro está. “Hav” significa mar y “Frue”, dama o doncella. Por eso Andersen aclara mil veces que la protagonista del cuento no tiene pies. La de Fouqué tenía pies, la suya no. ¿Y por qué Andersen competía con De la Motte Fouqué? Lo más obvio, Fouqué era un autor consagrado. Lo menos obvio, era su opuesto: aristócrata alemán, barón de cuna, jamás conoció la penuria económica, cultural o de clase.
Cuando escribió La sirenita tenía 31 años y ninguna experiencia amorosa. Seguramente se debatía entre el pecado de su deseo sexual y la salvación de su alma.
El niño que se moría de hambre
Andersen nació en Dinamarca el 2 de abril de 1805 y creció en una casilla misérrima en un barrio pobre del pueblo de Odense. A los 14 años partió a Copenhague con la ilusión de emplearse como cantante. Quería sacar partido de su bellísima voz, su único capital.
Sin embargo, la pubertad, traicionera, le robó esa voz cristalina y toda esperanza de salvación. Sólo le restaba morir hambre en Copenhague. Entonces, como un hada madrina, apareció Jonas Collin, funcionario y mecenas, quien literalmente le salvó la vida al conseguir tres milagros: una pensión, una beca de estudios y un alojamiento.
Si durante su niñez Andersen hizo un esfuerzo monumental para subsistir, en la adolescencia debió empeñarse a fondo para educarse a destiempo sin alcanzar la instrucción que hubiera querido. De hecho, tras el éxito, siempre encontrará un crítico dispuesto a burlarse de su falta de corrección al escribir.
Como la pequeña vendedora de fósforos, fue un chico pobre, hambriento, a merced del frío.
Como el patito feo, fue violentado por sus compañeros de colegio que lo veían distinto, afeminado, hasta el punto de intentar bajarle los pantalones para comprobar “qué tenía allí”.
Como la sirenita, tenía el tesoro de una voz única que perdió con la pubertad o, como creía él, por desnutrición.
Como la sirenita, ansiaba lo que no podía tener, el amor de un hombre y un alma inmortal.
En Mi querido muchacho, cartas de amor gay a través de los siglos, Rictor Norton incluye intercambios epistolares de Andersen con el duque de Weimar, con el que tuvo lo que parece haber sido un intenso amor de verano hacia 1848. Habían pasado diez años de la publicación de sus cuentos para niños y había comenzado, por fin, a superar ese infantilismo, esa asexualidad, de la que él mismo habla en su autobiografía El cuento de mi vida.
Para cuando Andersen escribió La sirenita tenía 31 años y ninguna experiencia amorosa. Era muy religioso y seguramente se debatía entre el pecado de su deseo sexual y la salvación de su alma.
En esos días se carteaba con toda la familia de su protector Jonas Collin, incluido el joven Edvard, a quien le escribía cosas como “nuestra amistad es como los Misterios, no debería ser analizada”, “te extraño como si fueras una chica calabresa”.
Edvard no le correspondía en esos términos. Dice Andersen: “Yo tenía la certeza de que (Edvard) sentía verdadera simpatía por mí. Como no había tenido amigos en la juventud ni en la infancia, deposité en él toda la ternura de mi alma. A él lo contrariaba lo que en mí había de puerilidad casi femenina”.
El amor y el dolor de Andersen
Andersen vivió su relación con Edvard Collin con intensidad, cuanto más que él ya era un intenso de base, lo que hoy llamaríamos un drama queen: si lo rechazaban, se afligía, si lo aplaudían, lloraba, si lograba un éxito, se angustiaba. En resumen, sufría si le iba mal, sufría si le iba bien.
La sirenita nació como consecuencia del casamiento de Edvard y con cada escena Andersen conjuraba un dolor. La pequeña doncella del mar desea ser humana y está dispuesta a todo. Entrega su voz y ya no podrá ni cantar ni hablar porque la bruja le corta la lengua (sí, le corta la lengua).
Consigue piernas en lugar de cola, pero camina con el dolor de pisar cuchillas, tiene miembros de mujer que sangran al andar (casi no hay metáfora ahí). Se sacrifica por el amor de un hombre y apenas llega a ser su amante y mascota (el príncipe la hacía dormir sobre una almohada a las puertas de su habitación).
¿Qué habrá hecho Andersen en el casamiento de Edvard Collin? ¿Habrá sido el best-man del novio?
La sirenita porteña. Albana Fuentes protagoniza la obra en el teatro Gran Rex. Foto Emmanuel FernándezLa lección de La sirenita
Así las cosas hasta que el príncipe se compromete con una princesa vecina. La sirenita, como súbdita, se ve obligada a asistir a la boda. Es una escena escalofriante. El príncipe la designa como cortejo de la novia y por eso debe llevar la cola del vestido. Repito: la cola del vestido de novia. Hay que procesar esta imagen. Ella, que ha sacrificado su poderosa aleta caudal, su voz de encanto, la herencia de su estirpe, su propio ser majestuoso, se humilla al sostener la cola de la novia. ¿Qué habrá hecho Andersen en el casamiento de Edvard Collin? ¿Habrá sido el best-man del novio?
Clausurada la posibilidad de desposar al príncipe tal como lo exigía el hechizo de la bruja, la sirenita morirá al amanecer. Sucederá en el barco que la transporta junto a los recién casados. Desconsolada, se asoma a la borda y ve a sus hermanas. Están calvas. La bruja se ha quedado con sus cabellos a cambio de un contrahechizo: un cuchillo para matar al príncipe, romper la magia y volver a ser sirena.
Cuando la sirenita, daga en mano, se acerca al lecho de los esposos comprende lo que Andersen aprendió a la fuerza, que nadie es responsable ni de amar ni de no amar, ni de ser amado ni de no ser amado, que hay que aprender a perder, a sobreponerse y perder otra vez, que desear no alcanza y que lo que uno sí puede decidir es no dejarse corromper por la desdicha y el despecho. En ese momento sentí, santos sirenos del océano, me había enamorado de Hans Christian Andersen. Por esta escena y por otros detalles atroces.
Fue a raíz de ese amor y de esa atrocidad que traduje Den lille Havfrue y escribí No hay gloria sin pena, la bitácora de la aventura de descubrir a Andersen. Sin embargo, no me bastó. Andersen me pedía justicia con la centaurea, me pedía el océano, me pedía materializar esa hermosura. Para eso creé Caja Chica, una editorial para un solo producto: un libro impreso en tapa dura, cosido a mano, con las ilustraciones originales del siglo XIX, rebalsado de azul violáceo, acompañado por una plaquette que lo explica todo. En el pack de lujo los libros flotan en una caja símil cuero entre pétalos azules como las olas del mar.
Sé que Andersen, donde quiera que esté, me sonríe.








