La reelección de Lula Da Silva en Brasil desató un escenario de real depreciado y peso apreciado. Un combo nocivo para la economía argentina, inmersa en un programa que tiene al dólar como ancla, el superávit fiscal como faro y las exportaciones como cartel de éxito. Aún así, el presidente Javier Milei cerró filas con la ortodoxia de su plan, justo cuando el ministro de Economía, Luis Caputo, está en plenas negociaciones de medidas para sectores rezagados de la actividad. Quizás la primera señal en modo electoral, de cara al 2027.
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Bajo la premisa del “bajo costo fiscal”, antes del shock externo que representó la sorpresa brasileña, el equipo económico conversaba una serie de políticas con el sector privado que la directiva del mandatario nacional, pareciera dar de baja. Se trata de un menú que va desde esquemas impositivos hasta la posibilidad de la apertura de líneas de créditos con fines productivos e incluso de consumo.
“Cambiar el rumbo para ganar elecciones es inmoral, injusto, un error técnico y una grave afrenta a la credibilidad y reputación que se creó en estos años”, aseveró el jefe de Estado en la reunión de Gabinete de este lunes. Según pudo saber PERFIL, aún así, el titular de la cartera económica seguiría adelante con las conversaciones.
Se trata justo de un momento de impasse. Luego de más de dos años de tensiones con los rubros más ligados a la economía real, con frases de Milei cuestionando a los “empresarios prebendarios” o incluso llamando por apodos a actores fuertes del círculo rojo – “Don Chatarrin” a Paolo Rocca, por ejemplo – referentes del establishment reconocen que en los últimos dos meses, “algo cambió”.
“Hay más apertura, se sientan a escuchar. No responden simplemente con el equilibrio fiscal”, apuntó un líder de una industria clave. Y es que hay quienes entre el empresariado le destacan al titular del Palacio de Hacienda la intención, en varias oportunidades de lo que va de la gestión, de correrse un poco del plan económico. Pero, que en el final, la bajada de la Cara Rosada termina por cerrar la caja que custodia el secretario de Hacienda, Carlos Guberman.
Atraso cambiario y el efecto Brasil
En las puertas de una recesión técnica como escenario base, con la devaluación del real al 12% la desventaja en la que entran sectores como la industria y el comercio en Argentina se acentúa aún más. Además, la presión por mejorar la competitividad de un tipo de cambio que, casi en unanimidad, las empresas productivas apuntan a un nivel de $1800, también crece.
Ocurre que durante el año, mientras la pauta devaluatoria oficial se movió apenas un 4%, la inflación acumulada para el mismo período trepó al 23%. El Índice de Tipo de Cambio Real Bilateral (ITCRB) con Brasil marcó 85,62 para octubre de 2026. Al ubicarse por debajo de la base histórica de 100, el indicador refleja un atraso cambiario frente al principal socio comercial de la Argentina. Esto encarece los costos productivos locales medidos en moneda extranjera y abarata los costos brasileños en términos relativos.
El impacto de esta asimetría recae sobre el entramado fabril. El gráfico del índice oficial detalla que la medición está ponderada por el comercio de manufacturas, donde Brasil concentra el 32% del peso total de la muestra. La consecuencia directa es una pérdida aguda de competitividad para las exportaciones industriales argentinas. El efecto es especialmente dañino para el sector automotriz y de autopartes, altamente dependientes de la demanda paulista. En paralelo, el esquema abarata los bienes terminados brasileños, lo que incentiva un salto en las importaciones.
La banda dentro de la banda cambiaria
En este escenario, la rigidez cambiaria queda en el centro del debate. El economista Amilcar Collante analizó que “hace tres meses que hay una banda dentro de la banda” con un dólar que se mueve alrededor de los $1550 con “mucha más rigidez”, explicó. Para el analista, el Gobierno se encerró en un crawling peg del 0,8% mensual. Bajo ese corset, un movimiento de 20 pesos en las cotizaciones financieras aparenta ser una crisis cuando, bajo un esquema de flotación, no debería generar un impacto macroeconómico de gravedad.
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Con una inflación local que corre por encima de la devaluación programada, el peso continuará apreciándose, pronosticó. Frente al shock externo, acelerar la depreciación asoma como alternativa técnica, pero Economía “prefiere el piloto automático”. El oficialismo elige correrse y priorizar que el Banco Central acumule reservas antes que convalidar un salto del tipo de cambio.
“Es una flotación administrada, el beneficio de las bandas es ese”, analizó Collante, pero advirtió sobre la contradicción del modelo: “Con un crawl cortito lo sufrís del lado de las reservas. No tenés los beneficios del esquema que decís que estás utilizando”.
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