Tres de los cuatro afganos que salieron de su país para poder disputar la semana pasada la Olimpiada de Ajedrez en Samarcanda (Uzbekistán) fueron retenidos este lunes en la frontera al regresar a Afganistán, donde el ajedrez está prohibido por el Gobierno talibán. Los ajedrecistas se encuentran bajo arresto domiciliario en Kabul y se arriesgan a una pena que puede implicar castigos corporales. El cuarto de los jugadores ha podido regresar a casa y no ha sufrido represalia alguna. El Grupo de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo intenta que el asunto se debata en la cámara, a petición del eurodiputado español Ignacio Sánchez Amor. Y la Federación Internacional (FIDE) anuncia acciones diplomáticas de apoyo.
Khaibar Farazi —quien además de ajedrecista es un cómico televisivo muy popular en Afganistán— y Habibullah Guldoost, capitán de la selección femenina (con cuatro mujeres residentes en el extranjero) en la Olimpiada, contactaron con este periódico (que también ha tenido acceso a las órdenes oficiales de arresto del Gobierno talibán) desde la frontera en cuanto fueron retenidos, el lunes por la noche: “Nos han confiscado los pasaportes y aislado a los tres en habitaciones separadas”, señalaban. Horas después, regresaron a Kabul, donde permanecen en arresto domiciliario. El tercero es Habibullah Amini, componente de la selección absoluta, como Farazi.
El cuarto de los regresados (los otros ocho miembros de la delegación afgana en la Olimpiada residen en el extranjero) es Mirzaad Sayed Wahabuddin, quien sin embargo pasó sin problemas la frontera de Hairatan, única frontera abierta entre Uzbekistán y Afganistán.
El delegado de Afganistán ante la FIDE, Adzhmal Mangal, cuya situación personal es ambigua (entra y sale de su país con cierta frecuencia, mientras casi todos los demás miembros de la Federación Afgana residen en el extranjero) intenta quitar hierro al asunto y pide que se retrase la publicación de los hechos: “Por favor, no se preocupen todavía, dado que la información es incierta. Están bien y en su casa. Creo que todo estará claro en dos o tres días. Les informaré en cuanto tenga noticias”, escribe, todavía desde Samarcanda.
Por el contrario, el capitán de la selección absoluta, Zaheer Asefi, residente en Países Bajos, se muestra mucho más preocupado y recuerda cómo empezó todo: “Los cuatro salieron de Afganistán hace dos semanas de manera legal, pero a medianoche, cuando los controles en la frontera son más laxos”. A pesar de que el ajedrez está prohibido (“suspendido”, dice el Gobierno), con los clubes cerrados y, como mínimo, multas a quien pillen jugando o simplemente con un tablero en la mano, los cuatro estimaban que el castigo cuando regresaran de la Olimpiada sería leve.
Lo que no sabían era que, solo una hora después de su salida, todos los puestos fronterizos, aéreos y terrestres, recibieron una orden estricta del Gobierno, acompañada de numerosos documentos adjuntos, para que fueran detenidos. A la que siguió otra referente a su vuelta en cuanto el Gobierno comprobó que estaban participando en la Olimpiada con el nombre y la bandera de Afganistán, y en un recinto donde hombres y mujeres (más de 3.000 en total, de unos 200 países) se encontraban en gran proximidad física cada día durante dos semanas; además, el hecho de que las cuatro mujeres de la selección femenina residan en el extranjero —y jueguen con la cabeza descubierta y vestimentas normales en los países libres— puede irritar especialmente a los talibanes, según las fuentes consultadas.
Asefi insiste en que es imposible tener alguna orientación sobre los posibles castigos: “Las interpretaciones más radicales [como la de los talibanes] de la sharía [código moral que guía la vida pública y privada de los musulmanes] no contemplan el ajedrez de manera específica en cuanto a los castigos, pero sí lo asocian con apuestas de dinero y juegos de azar, a pesar de que esa conexión sólo existió en la Edad Media [y no en todos los países]. Dado que las apuestas sí están explícitamente prohibidas, cabe la posibilidad de que los castigos puedan ser duros”. En el caso más extremo de esos castigos están la amputación de las manos u otros maltratos corporales.
Esas interpretaciones tan radicales no se limitan al Gobierno talibán. Hace diez años, el muftí (erudito musulmán) saudí Abdulaziz Al-Sheikh dijo que el ajedrez debería estar prohibido, y lo justificó así: “Hace pobre al rico, y rico al pobre. Crea hostilidad y hace malgastar el tiempo”. Tantos los talibanes como ese muftí desprecian implícitamente la rectificación del ayatolá iraní Jomeini, quien, tras prohibir el ajedrez a raíz de la Revolución de 1979 –“Es un juego diabólico que perturba la mente de quienes lo practican”, manifestó—, se corrigió y lo promovió poco antes de morir, en 1989. El motivo de ese desprecio tiene mucho que ver con la animadversión entre las dos principales ramas del islam, el chiismo y el sunismo. Tanto en Afganistán como en Arabia Saudí, las tendencias son radicales, pero mucho más cercanas al sunismo que al chiismo.
Las buenas relaciones entre el Gobierno de Afganistán y el de Rusia (muy influyente en la FIDE) generan cierta esperanza de que los nuevos directivos del ajedrez mundial puedan ayudar a la resolución del problema humanitario. “Vamos a trabajar en ello”, contestó a EL PAÍS el kazajo (nacido en Rusia) Timur Turlov, recién elegido presidente. Al menos otros dos altos directivos confirmaron que se están ejerciendo acciones diplomáticas. En cuanto al Parlamento Europeo, el Grupo de Socialistas y Demócratas intenta incluir el asunto en el orden del día del próximo pleno por el trámite de urgencia.









