Prohibir los celulares y, la vez, hacer obligatoria la enseñanza de inteligencia artificial: dos decisiones que parecen contradictorias. ¿No es la IA algo que, al fin y al cabo, se usa en gran medida desde un celular? La confusión es comprensible, pero responde a mezclar tres políticas distintas: prohibir, regular y enseñar.
Lo que dice el mundo sobre los celulares
La tendencia global se aceleró en poco tiempo. Según la UNESCO, en 2023 solo uno de cada cuatro países limitaba el celular en la escuela; hacia marzo de 2026 ya lo hacían 114 sistemas educativos, casi el 60% del total.
Francia fue pionera en 2018. Le siguieron Países Bajos, Finlandia, Corea del Sur, Nueva Zelanda y, en la región, Chile y Brasil, con leyes nacionales en 2025. En la Argentina avanzaron CABA, Salta, Neuquén y la provincia de Buenos Aires, para primaria.
El argumento no es “tecnofóbico”: apunta a la atención y, cada vez más, a la salud mental. Brasil lo dijo al promulgar su ley: busca “salvaguardar la salud mental, física y psíquica” de niños y adolescentes.
Es la preocupación central de La generación ansiosa, del psicólogo estadounidense Jonathan Haidt. Su tesis: entre 2010 y 2015 se produjo una “Gran Reconfiguración” de la infancia, donde el juego libre fue reemplazado por la vida mediada por el smartphone, coincidiendo con un salto en depresión y ansiedad adolescente. No dice que la tecnología sea mala en sí, sino que su exposición temprana y sin límites tiene un costo medible sobre la atención, el sueño y los vínculos reales.
Prohibir no es la única respuesta
Reducir esto a “prohibir sí o no” esconde una tercera vía que ya funciona en varios países: regular en vez de eliminar. Colombia, Perú y México no prohíben a nivel nacional; obligan a cada escuela a construir su propia política con supervisión. En Nuevo León, México, la ley permite celulares y tablets en el aula “siempre y cuando sea con fines educativos”.
Francia llama a su política “pausa digital”, con franjas horarias, no eliminación total. Y donde se lo saca del aula, el mecanismo más usado no es el inhibidor de señal sino el resguardo físico: sobres o casilleros que devuelven el equipo intacto al final del día.
UNICEF resume esta postura: en vez de prohibir, fijar guías claras y restricciones que permitan aprovechar las ventajas educativas del teléfono reduciendo su mal uso. Vale la pena tomarlo en serio, porque toca algo de fondo: la prohibición sin explicación ni participación de quien debe cumplirla tiende a generar, casi por reflejo, el deseo de transgredirla (mucho más cuando para los jóvenes el celular es “parte” de ellos mismos). Las reglas que se sostienen son las que el destinatario entendió y ayudó a definir, no las que solo lo privan de un objeto.
Lo que dice el mundo sobre la IA
Distingamos un concepto central: enseñar IA de forma estructurada y con supervisión docente no es lo mismo que habilitar el uso libre del celular. Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, incorporó la alfabetización en IA como contenido curricular obligatorio en primaria y secundaria con un recorrido gradual por edad. La decisión no es caprichosa: según distintos informes el 58% de los chicos de 9 a 17 años ya usa IA y dos de cada tres la emplean para tareas escolares. La pregunta no es si van a usarla -ya la usan, sin guía- sino si la escuela va a enseñar a hacerlo con criterio (algo similar sucede con el celular).
El potencial real, si se usa bien
Buena parte del pánico alrededor de la IA en el aula pierde de vista su otra cara: bien utilizada, tiene evidencia de ser una aliada formidable de la enseñanza, no una amenaza.
El Banco Mundial, en su informe La revolución de la inteligencia artificial en la educación: lo que hay que saber, identifica nueve innovaciones estratégicas para la región: tutorías adaptativas, apoyo para armar planes de clase, retención docente, asignación de tareas y alertas tempranas de abandono, entre otras.
En Ecuador, un programa de tutoría con IA guiado por profesores logró mejoras sustanciales en matemáticas; el propio Banco Mundial señala que sus investigaciones muestran que los sistemas de tutoría con IA “pueden generar diferencias significativas en el aprendizaje estudiantil”.
El BID, con su mapeo regional “IA Presente”, ya relevó 193 iniciativas activas en 22 países de América Latina, desde plataformas de aprendizaje adaptativo -que ajustan el nivel de las consignas al ritmo de cada estudiante, como un tutor personal que nunca se cansa- hasta asistentes que ayudan a los docentes a explicar conceptos difíciles con mejores ejemplos y a diseñar estrategias pedagógicas.
Uruguay, a través de Ceibal, el BID, el Banco Mundial y el IDRC de Canadá, creó incluso un laboratorio regional específico, EduIALab, para sistematizar esa evidencia.
Ahora bien: la propia UNESCO pone el límite necesario a este entusiasmo. Advierte que la tecnología educativa, incluida la IA, no mejora el aprendizaje por sí sola; para que funcione tiene que ser “adecuada, equitativa, escalable y sostenible, y complementar la relación con el docente, nunca sustituirla”.
Es que en realidad el problema nunca es la herramienta, sino la ausencia de criterio alrededor de ella. Una tutoría de IA sin docente que la oriente es tan riesgosa como un celular sin ninguna regla; un asistente que arma la clase por el profesor, en vez de con el profesor, abandona a los chicos con la misma orfandad de pensamiento crítico.
Por eso enseñar a usar la IA no es un capítulo aparte de “alfabetización digital”: es, directamente, la condición para que su enorme potencial se traduzca en aprendizaje real y no en un atajo que termina vaciando el pensamiento propio.
Lo que acaba de mostrar PISA, y el caso argentino
Al presentar PISA 2025 para la región la semana pasada, Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE, mostró que los estudiantes que usan IA a diario rindieron peor que quienes casi no la usan en tres de los cuatro usos más frecuentes -resumir, investigar, redactar-, con diferencias de hasta treinta puntos: “la tecnología ha debilitado algunos de los procesos de aprendizaje más avanzados“, explicó.
Solo cuando la usan como apoyo directo para aprender, y no para resolver la tarea, los usuarios frecuentes rinden mejor.
El dato inquieta particularmente en la Argentina, donde el uso es más intensivo que el promedio mundial (52% semanal contra 46% en la OCDE) y el país se ubicó 62° en comprensión lectora entre 91 naciones y economías evaluadas.
Esto es preocupante porque los alumnos argentinos tienen dificultades para identificar fuentes y evidencia en un texto, justo la competencia que hace falta para evaluar si una respuesta de IA es confiable. Por eso es importante enseñar el uso de la IA en el aula e incorporar esta competencia. Es la vía para que la tecnología no sea un problema sino parte de la solución.
Tres conceptos que no son bandos enfrentados
Prohibición, regulación y enseñanza no compiten: son aspectos de una misma política, y varios países ya las combinan. Primero, custodia física durante la clase para proteger el recurso más escaso del aula: la atención. Segundo, ventanas de uso pedagógico autorizado por el docente. Tercero, alfabetización explícita en IA, para que cuando el uso se habilite el alumno tenga criterio y no solo acceso.
El error es discutir esto como grieta binaria: tecnología sí o no. La evidencia de Haidt, la UNESCO y experiencias internacionales sugieren otra cosa: lo que importa no es el dispositivo sino el diseño pedagógico que lo rodea, y cuánto se construyó con la comunidad educativa en vez de imponerse sobre ella. Los sistemas que toman esto en serio combinan los tres conceptos con matices por edad y evidencia detrás. Ese, y no la falsa antinomia entre prohibir y obligar, debería ser el estándar del debate.









