Gabriel C. Salvia*
Cada 30 de agosto se conmemora el Día internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Este año, Cadal, junto a la embajada de Francia, publicaron el libro La negación del olvido, sobre el coloquio de París de 1981, un encuentro internacional para denunciar la práctica sistemática de la desaparición de personas, sobre todo en América Latina, y en específico, en Argentina.
El libro La negación del olvido es un documento histórico que reúne unos cincuenta testimonios, principalmente de referentes de Argentina y Francia, pero también de otros países de América Latina y Europa.
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El libro aborda dos grandes cuestiones que son el núcleo de la misión de CADAL: la defensa de los derechos humanos y la promoción de la solidaridad democrática internacional. En efecto, el coloquio realizado a principio del año 1981 en París estuvo dedicado a una cuestión relevante en la defensa de la dignidad humana, como es la desaparición forzada de personas. A la vez, fue un ejemplo del compromiso internacional frente a las violaciones de derechos humanos en contextos dictatoriales.
Muchos de los testimonios planteaban hace cuarenta y cinco años desafíos que se mantienen en la actualidad, por ejemplo, los siguientes:
“La desaparición forzada de personas constituye una política de los Estados dictatoriales. Es decir, resulta primordial, para evitar la repetición de estos hechos, que la comunidad internacional fomente la existencia de regímenes democráticos” (Juan José Bustos Ramírez).
“Los derechos humanos no tienen nacionalidad, ni raza, ni creencia ideológica exclusiva, porque pertenecen a todos los seres humanos de todos los continentes. No se pueden invocar contra su vigencia y respeto teorías como la de la seguridad nacional, ni la de la soberanía y la jurisdicción interna de los Estados, ni la de la no intervención, porque su respeto o su violación concierne a la humanidad entera; es un problema que interesa a todo el mundo” (Alejandro Artucio).
“El principio de la autodeterminación, que salvaguarda las decisiones soberanas de un país, no protege las violaciones de los derechos humanos. No hay autodeterminación para hacer desaparecer a las personas, del mismo modo que este principio no se aplica al crimen político, a la tortura, a la detención arbitraria, ni autoriza a provocar la diáspora de los ciudadanos. La defensa de los derechos fundamentales del hombre es un deber universal; la humanidad entera está concernida por las violaciones de estos derechos” (Hipólito Solari Yrigoyen).
“La comunidad universal debe reaccionar, por razones morales elementales; por respeto al ser humano y a sus derechos fundamentales; para salvaguardar las instituciones jurídicas y democráticas y por humanitarismo, contra este crimen sistemático, organizado, fríamente concebido y ejecutado, y absolutamente injustificado, puesto que jamás la seguridad del Estado ni la supervivencia de la sociedad se han visto amenazadas” (Emilio Mignone).
“¿Cómo es posible que la opinión internacional, tan fuerte, tan extendida, no haya logrado despertar en el mundo un sentido de solidaridad concreta y humana, una comprensión del sufrimiento de los pueblos? Ciertos gobiernos están más preocupados por los intereses económicos que por los intereses humanos del pueblo. Esto permite a las dictaduras ampararse en el principio de no intervención, y debemos proclamar con toda claridad que, mientras las dictaduras puedan escudarse tras este principio, la solidaridad internacional seguirá siendo difícil de alcanzar” (Óscar Zamora Medinacelli).
“¿Cómo es posible que un país, miembro de una institución humanitaria, que ha firmado acuerdos internacionales, pueda él mismo violar los principios que se ha comprometido a defender?” (Madres de Plaza de Mayo).
“Ciertamente, la moral internacional puede encontrarse en contradicción con el derecho internacional que sigue reconociendo al Estado, confundido con el gobierno cuando se trata de una dictadura. Ocurre que las instancias internacionales reconocen un Estado y aceptan a su gobierno para representarlo mientras que la moral internacional los condena” (André Jacques).
“¡Lo que hace la fuerza de las injusticias y de las dictaduras son nuestras pasividades, nuestros silencios cómplices, nuestros miedos o nuestras cobardías!” (Jean Goss).
Sobre el principio de no-indiferencia y el de la responsabilidad de proteger, que fundamenta tanto la solidaridad democrática internacional como la implementación de una política exterior activa en derechos humanos, estas cuatro frases del libro lo resumen de la mejor manera:
“No creo que pueda haber mejor uso que hacer de la libertad de la que se beneficia, de la libertad de la que se goza que utilizarla plenamente para defender o preservar, para reconquistar la libertad de los demás” (Bernard Stasi).
“Uno de los mayores males de los países que aún tienen la suerte de vivir en democracia es la indiferencia, el repliegue sobre sí mismos. Las noticias cotidianas de detenciones, de torturas, de secuestros, de ejecuciones, que nos llegan de todos los rincones del mundo contribuyen a embotar la sensibilidad… El país de la Declaración de los Derechos del Hombre no puede permanecer en silencio cuando se violan los derechos humanos, sea donde sea” (Adolphe Chauvin).
“Otra pregunta que tampoco debe ser eludida: ¿el principio de no intervención en los asuntos internos de un Estado debería paralizar toda forma de solidaridad con las víctimas de la desaparición forzada? Muy por el contrario, la moral internacional tiene un imperativo que debemos recordar a modo de conclusión: el de la solidaridad de los pueblos con todas las víctimas de los diversos métodos de represión y métodos inhumanos de gobierno” (André Jacques).
“Cada ciudadano del mundo se siente aludido, como si se le hiciera una ofensa personal, cuando en cualquier lugar que sea, los derechos humanos, cuyos principios esenciales son en su conjunto el honor colectivo de la humanidad y el honor de cada uno de nosotros, son ignorados, traicionados, violados” (Maurice Aydalot).
Agradezco a Hugo Quiroga, destacado politólogo y uno de los asistentes al Coloquio de París, por todo su apoyo y la confianza en CADAL, para rescatar este valioso documento que representa un insumo fundamental de la Memoria de la última dictadura militar en lo que respecta a la solidaridad democrática internacional.
También agradezco a Thibaut Francois, pasante internacional de CADAL, quien tuvo a su cargo la traducción del libro del francés al español, por su compromiso y dedicación.
Finalmente, el agradecimiento a la Embajada de Francia en la Argentina por apoyar esta iniciativa, en especial a Philippe Devaud y Noémie Yepes por la sensibilidad y compromiso diplomático de ambos con la defensa de los derechos humanos.
*Director General de CADAL (www.cadal.org).
La mirada francesa
Romain Nadal*
La traducción al español de las actas del coloquio sobre las desapariciones forzadas, organizado en el Senado de París en 1981, reviste hoy una importancia especial. Al conmemorar el 50 aniversario del golpe de Estado en Argentina, esta publicación contribuye a mantener viva una memoria colectiva indispensable, al poner al alcance de un público más amplio un valioso testimonio de la movilización internacional frente a los crímenes cometidos durante la última dictadura militar.
Organizado en 1980, poco después de la creación del Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas sobre las desapariciones forzadas, este coloquio tenía como objetivo reunir a magistrados, responsables políticos, representantes de organizaciones de la sociedad civil y familiares de personas desaparecidas para reflexionar sobre la calificación jurídica de un nuevo delito, el de las desapariciones forzadas. En este sentido, el hecho de que el coloquio se celebrara en el Senado francés no es una casualidad. Supone la incorporación del tema de las desapariciones forzadas al debate institucional, cuando hasta ese momento había sido abordado principalmente por los exiliados latinoamericanos, las ONG y las redes de solidaridad.
Estos actos también recuerdan el papel fundamental que desempeñó Francia, como tierra de acogida, compromiso y solidaridad para numerosos exiliados argentinos. En París, artistas, intelectuales, académicos, parlamentarios y numerosos ciudadanos se movilizaron para denunciar las desapariciones forzadas, alertar a la opinión pública y apoyar a las víctimas y a sus familias. El coloquio de 1981 se inscribe plenamente en esta dinámica de solidaridad que contribuyó a romper el silencio que rodeaba las violaciones de los derechos humanos cometidas por los militares.
Más allá de su dimensión histórica, este coloquio pone de manifiesto la fuerza de la cooperación internacional en la defensa de los derechos humanos. Las reflexiones y los intercambios que suscitó alimentaron un trabajo a largo plazo que, años más tarde, conduciría a la elaboración de una Convención internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas, impulsada conjuntamente por Francia y Argentina. Aprobada por la ONU en 2006 y firmada en París el 6 de febrero de 2007, la Convención entró oficialmente en vigor en el 2010 y fue ratificada por 78 Estados. Su ratificación universal y su aplicación efectiva sigue siendo una prioridad para Francia.
La traducción de estos documentos no consiste únicamente en volver a publicar un documento de archivo; sino que recrea un momento en el que la memoria, el derecho y la solidaridad internacional se unieron para dar lugar a un concepto jurídico que hoy protege a miles de víctimas en todo el mundo.
De esta forma, no solo rendimos homenaje a quienes lucharon contra la impunidad. También transmitimos a las nuevas generaciones un legado de vigilancia, solidaridad y justicia, cuyo alcance sigue siendo más actual que nunca.
El apoyo de Francia a esta publicación del CADAL se inscribe en el conjunto de las actividades organizadas por la Embajada de Francia en el marco del 50º aniversario del golpe de Estado. Esta acción es plenamente coherente con la reciente visita que hice del sitio de memoria “La Perla” en Córdoba, donde el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó a 29 víctimas de la última dictadura. Destacamos la excepcional labor que sigue realizando el EAAF, que logró identificar a dos víctimas francesas, Yves Domergue y Léonie Duquet. Por este motivo decidimos condecorar con la Legión de Honor a uno de sus cofundadores: el señor Luis Fondebrider.
Hoy, más que nunca, seguimos reclamando Memoria, Verdad y Justicia para los 30.000 desaparecidos, dentro de los cuales al menos 24 eran franceses. ¡Nunca más!
*Embajador de Francia en Argentina.
Prólogo de La negación del olvido
Enero y febrero de 1981
Lucio Garzón Maceda (QED)*
Norberto Consani**
Hugo Quiroga***
Los autores hemos coincidido en promover la traducción del libro Le refus de l’oubli. La politique de disparition forcée de personnes. Colloques de Paris. Janvier/février 1981 –que fue elaborado en su versión original por el GAAEF (Grupo de Abogados Argentinos Exiliados en Francia)–, con la firme convicción y el profundo sentimiento de que será un insumo, y una contribución para todos aquellos que trabajan e investigan sobre estos temas, así como también para un público más amplio interesado en conocer el desarrollo de las acciones realizadas en Francia contra la dictadura.
La repercusión del Coloquio de París de 1981 queda reflejada en una nota del diario Le Monde del 3 de febrero de 1981, firmada por Jean-Pierre Clerc: “Las Conclusiones de un Coloquio Internacional celebrado en París: La política de desaparición forzada de personas es un crimen contra la humanidad”. Y agrega al título: “La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas se reúne en Ginebra a partir de este lunes 2 de febrero, y ella examinará una resolución que le solicita ‘prorrogar y ampliar el mandato del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones’, redactada durante el Coloquio Internacional celebrado en París el 31 de enero y el 1 de febrero”.
Para la organización de ese Coloquio, y los resultados notables que obtuvo, el GAAEF trabajó en estrecha colaboración con organismos especializados en la defensa de los derechos humanos, las asociaciones internacionales de juristas, las ONG y movimientos religiosos. Se desarrolló bajo la presidencia de Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980, y de Maurice Aydalot, ex Primer Presidente del Tribunal de Casación. El Informe General estuvo a cargo de Luis Joinet, ex Magistrado, y en ese momento Consejero Técnico del Primer Ministro.
El título del libro, La negación del Olvido, fue tomado del Prefacio de Julio Cortazar que da inicio al mismo. Continúa con la Introducción del GAAEF en la que se expuso la necesidad de sensibilizar a la comunidad internacional para lograr el cese de las desapariciones forzadas de personas y, a la vez, en el ámbito del derecho penal internacional, se procuraba asimilar estas desapariciones a un crimen de lesa humanidad, lo que significa que los autores no pueden beneficiarse de la prescripción o del asilo político. Siguieron los testimonios, los textos de los actores y personalidades del mundo jurídico internacional.
(…) Nos ha motivado también la finalidad de traducir este libro el hecho de su accesibilidad gratuita. En este sentido, nuestro agradecimiento a CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina), que ha facilitado todos los recursos para la traducción, la versión digital del libro, y el acceso libre a su página, sin ningún costo. El Coloquio de París fue recordado por una de sus participantes Graciela Fernández Meijide, en el año 2023, al recibir la Legión de Honor en la Embajada de Francia en Argentina. Un agradecimiento especial a Romain Nadal, Embajador de Francia en la Argentina, por su invalorable apoyo a esta edición.
La decisión que tomamos no es, obviamente, en representación del GAAEF, colectivo que fue disuelto por el retorno a la democracia, sino por las razones que hemos invocado. Los trabajos y documentos presentados en el Coloquio de París pensamos que fueron provechosos para las instancias previas de la elaboración de la “Convención Internacional de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas”, adoptada por la ONU el 20 de diciembre de 2006, y que entró en vigencia el 23 de diciembre de 2010.
Muchos de nuestros amigos y colegas con los que trabajamos en el GAAEF ya no están con nosotros, y no queremos dejar de mencionarlos: Leandro Despouy, Raúl Aragón, Omar Moreno, Susana Aguad, Martín Federico, David Naishtat. Un recuerdo profundo para todos los miembros del GAAEF, que hicieron posible ese emprendimiento internacional contra la dictadura militar, y que por desconocimiento no podemos mencionarlos en estas páginas.
*Prestigioso abogado laboralista, asesor de organizaciones sindicales, y de la CGT. Fue Asesor Especial y Secretario de Trabajo entre 1987 y 1989 durante el ministerio de Ítalo Tonelli. Denunció, junto al abogado Gustavo Roca, a la dictadura militar ante la subcomisión de Organismos Internacionales del Senado de los Estados Unidos los días 28 y 29 de septiembre de 1976. Procesado, en ausencia, por traición a la Patria. Falleció el 18 de agosto de 2026.
**Profesor Titular de Derecho Internacional. Fundador-Director del Instituto de Relaciones Internacionales, y del Doctorado y Maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata.
***Profesor Honorario de Teoría Política de la Universidad Nacional de Rosario, fue profesor de Introducción a la Ciencia Política en la Universidad Nacional del Litoral. Actualmente es Director de la Revista Universitaria Semestral Estudios Sociales de la misma Universidad. Es miembro del Club Político Argentino.
Prefacio
La negación del Olvido. Coloquio de París. 1981
Julio Cortázar
Pienso que todos los aquí presentes coincidirán conmigo en que cada vez que a través de testimonios personales o de documentos tomamos contacto con la cuestión de los desaparecidos en la Argentina o en otros países sudamericanos, el sentimiento que se manifiesta casi de inmediato es el de lo diabólico. Desde luego, vivimos en una época en la que referirse al diablo parece cada vez más ingenuo o más tonto; y sin embargo, es imposible enfrentar el hecho de las desapariciones sin que algo en nosotros sienta la presencia de un elemento infrahumano, de una fuerza que parece venir de las profundidades, de esos abismos donde inevitablemente la imaginación termina por situar a todos aquellos que han desaparecido. Si las cosas parecen relativamente explicables en la superficie – los propósitos, los métodos y las consecuencias de las desapariciones–, queda, sin embargo, un trasfondo irreductible a toda razón, a toda justificación humana; y es entonces que el sentimiento de lo diabólico se abre paso como si por un momento hubiéramos vuelto a las vivencias medievales del bien y del mal, como si a pesar de todo lo demoníaco estuviera una vez más ahí diciéndonos: «¿Ves? Existo: Ahí tienes la prueba».
Pero lo diabólico, por desgracia, es en este caso humano, demasiado humano; quienes han orquestado una técnica para aplicarla mucho más allá de casos aislados y convertirla en una práctica de cuya multiplicación sistemática han dado idea las cifras publicadas a raíz de la reciente encuesta de la OEA, saben perfectamente que ese procedimiento tiene para ellos una doble ventaja: la de eliminar a un adversario real o potencial (sin hablar de los que no lo son pero que caen en la trampa por juegos del azar, de la brutalidad o del sadismo), y a la vez injertar, mediante la más monstruosa de las cirugías, la doble presencia del miedo y de la esperanza en aquellos a quienes les toca vivir la desaparición de seres queridos.
Por un lado se suprime a un antagonista virtual o real; por el otro se crean las condiciones para que los parientes o amigos de las víctimas se vean obligados, en muchos casos, a guardar silencio como única posibilidad de salvaguardar la vida de aquellos que su corazón se niega a admitir como muertos. Si basándose en una estimación que parece estar muy por debajo de la realidad, se habla de ocho o diez mil desaparecidos en la Argentina, es fácil imaginar el número de quienes conservan todavía la esperanza de volver a verlos con vida.
La extorsión moral que ello significa para estos últimos, extorsión muchas veces acompañada de la estafa lisa y llana que consiste en prometer averiguaciones positivas a cambio de dinero, es la prolongación abominable de ese estado de cosas donde nada tiene definición, donde promesas y medias palabras multiplican al infinito un panorama cotidiano lleno de siluetas crepusculares que nadie tiene la fuerza de sepultar definitivamente.
Muchos de nosotros poseemos testimonios insoportables de este estado de cosas, que puede llegar incluso al nivel de los mensajes indirectos, de las llamadas telefónicas en las que se cree reconocer una voz querida que sólo pronuncia unas pocas frases para asegurar que todavía está de este lado, mientras quienes escuchan tienen que callar las preguntas más elementales por temor de que se vuelvan en contra del supuesto prisionero. Un diálogo real o fraguado entre el infierno y la tierra es el único alimento de esa esperanza que no quiere admitir lo que tantas evidencias negativas le están dando desde hace meses, desde hace años.
Y si toda muerte humana entraña una ausencia irrevocable, ¿qué decir de esta ausencia que se sigue dando como presencia abstracta, como la obstinada negación de la ausencia final?
Ese círculo faltaba en el infierno dantesco, y los supuestos gobernantes de mi país, entre otros, se han encargado de la siniestra tarea de crearlo y de poblarlo.
De esa población fantasmal, a la vez tan próxima y tan lejana, se trata en esta reunión. Por encima y por debajo de las consideraciones jurídicas, los análisis y búsquedas normativas en el terreno del derecho interno e internacional, es de ese pueblo de las sombras que estamos hablando.
En esta hora de estudio y de reflexión, destinada a crear instrumentos más eficaces en defensa de las libertades y los derechos pisoteados por las dictaduras, la presencia invisible de miles y miles de desaparecidos antecede y rebasa y continúa todo el trabajo intelectual que podamos cumplir en estas jornadas. Aquí, en esta sala donde ellos no están, donde se los evoca como una razón de trabajo, aquí hay que sentirlos presentes y próximos, sentados entre nosotros, mirándonos, hablándonos. El hecho mismo de que entre los participantes y el público haya tantos parientes y amigos de desaparecidos vuelve todavía más perceptible esa innumerable muchedumbre congregada en un silencioso testimonio, en una implacable acusación.
Pero también están las voces vivas de los sobrevivientes y de los testigos, y todos los que hayan leído informes como el de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, guardan en su memoria, impresos con letras de fuego, los casos presentados como típicos, las muestras aisladas de un exterminio que ni siquiera se atreve a decir su nombre y que abarca miles y miles de casos no tan bien documentados pero igualmente monstruosos. Así, mirando tan sólo hechos aislados, ¿quién podría olvidar la desaparición de la pequeña Clara Anahí Mariani, entre las de tantos otros niños y adolescentes que vivían fuera de la historia y de la política, sin la menor responsabilidad frente a los que ahora pretenden razones de orden y de soberanía nacional para justificar sus crímenes?
¿Quién olvida el destino de Silvia Corazza de Sánchez, la joven obrera cuya niña nació en la cárcel, y a la que llevaron meses después para que entregara la criatura a su abuela antes de hacerla desaparecer definitivamente? ¿Quién olvida el alucinante testimonio sobre el campo militar «La Perla» escrito por una sobreviviente, Graciela Susana Geuna, y publicado por la Comisión Argentina de Derechos Humanos?
Cito nombres al azar del recuerdo, imágenes aisladas de unas pocas lápidas en un interminable cementerio de sepultados en vida.
Pero cada nombre vale por cien, por mil casos parecidos, que sólo se diferencian por los grados de la crueldad, del sadismo, de esa monstruosa voluntad de exterminación que ya nada tiene que ver con la lucha abierta y sí en cambio con el aprovechamiento de la fuerza bruta, del anonimato y de las peores tendencias humanas convertidas en el placer de la tortura y de la vejación a seres indefensos.
Si de algo siento vergüenza frente a este fratricidio que se cumple en el más profundo secreto para poder negarlo después cínicamente, es que sus responsables y ejecutores son argentinos o uruguayos o chilenos, son los mismos que antes y después de cumplir su sucio trabajo salen a la superficie y se sientan en los mismos cafés, en los mismos cines donde se reúnen aquellos que hoy o mañana pueden ser sus víctimas.
Lo digo sin ánimo de paradoja: más felices son aquellos pueblos que pudieron o pueden luchar contra el terror de una ocupación extranjera. Más felices, sí, porque al menos sus verdugos vienen de otro lado, hablan otro idioma, responden a otras maneras de ser.
Cuando la desaparición y la tortura son manipuladas por quienes hablan como nosotros, tienen nuestros mismos nombres y nuestras mismas escuelas, comparten costumbres y gestos, provienen del mismo suelo y de la misma historia, el abismo que se abre en nuestra conciencia y en nuestro corazón es infinitamente más hondo que cualquier palabra que pretendiera describirlo.
Pero precisamente por eso, porque en este momento tocamos fondo como jamás lo tocó nuestra historia, llena sin embargo de etapas sombrías, precisamente por eso hay que asumir de frente y sin tapujos esa realidad que muchos pretenden dar ya por terminada. Hay que mantener en un obstinado presente, con toda su sangre y su ignominia, algo que ya se está queriendo hacer entrar en el cómodo país del olvido; hay que seguir considerando como vivos a los que acaso ya no lo están pero que tenemos la obligación de reclamar, uno por uno, hasta que la respuesta muestre finalmente la verdad que hoy se pretende escamotear. Por eso este coloquio, y todo lo que podamos hacer en el plano nacional e internacional, tiene un sentido que va mucho más allá de su finalidad inmediata; el ejemplo admirable de las Madres de la Plaza de Mayo está ahí como algo que se llama dignidad, se llama libertad y, sobre todo, se llama futuro.









