Alguien llora en uno de los pasadizos del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM), un museo de tres pisos ubicado sobre uno de los acantilados de Lima, frente al Pacífico. Es una señora de cabello corto, acompañada de sus hijas y su nieto. Su llanto es silencioso, pero incontenible: se le han aguado los ojos al menos tres veces desde que Julissa Mantilla, una abogada que ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos, inició esta visita guiada, que arrancó con diez inscritos y ha cuadruplicado el número de asistentes durante el recorrido.









