“Todos los días pienso quién fue, por qué lo hicieron y para qué”. Dieciocho años después del triple crimen de General Rodríguez, Diego Ferrón sigue formulándose las mismas preguntas que comenzaron la mañana del 7 de agosto de 2008, cuando habló durante más de una hora con su hermano Damián sin imaginar que esa sería la última conversación entre ambos. Desde entonces hubo condenas, prófugos, una espectacular fuga, la captura de Ibar Esteban Pérez Corradi y un expediente que expuso el negocio ilegal de la efedrina. Pero para la familia, el núcleo del caso continúa sin resolverse: quién mató a las tres víctimas, quién ordenó el crimen y dónde ocurrió realmente.
Aquella mañana fría, recuerda Diego, nada hacía pensar que la rutina familiar estaba a punto de romperse para siempre. La charla por Nextel transcurrió entre comentarios sobre fútbol, trabajo y cuestiones cotidianas. “Habíamos hablado durante más de una hora. Nunca imaginé que esa iba a ser la última conversación con él”, recuerda. Horas más tarde, Damián Ferrón desaparecería junto a Sebastián Forza y Leopoldo Bina, después de asistir a una supuesta reunión de trabajo. Así se abría uno de los expedientes criminales más resonantes de la historia argentina.
“Hasta ese momento éramos una familia común y, de un segundo para otro, empezó una pesadilla de la que nunca pudimos salir”, resume a PERFIL.
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En las primeras horas, Diego creyó que podía tratarse de un secuestro extorsivo. Era una época en la que ese tipo de delitos ocupaban con frecuencia los titulares y esa hipótesis parecía, para él, la más lógica. Todo cambió cuando recibió la noticia de que la camioneta de su hermano había aparecido incendiada en el barrio porteño de Villa Santa Rita.
“Cuando me avisaron que habían encontrado la camioneta quemada sentí que algo muy grave había pasado, pero jamás imaginé el desenlace que iba a tener todo”, cuenta.
La incertidumbre dio paso a una búsqueda desesperada. Uno de los primeros llamados que hizo fue a José Luis Salerno, amigo de la infancia de Damián y quien lo había vuelto a convocar para trabajar con él. La respuesta que recibió todavía lo desconcierta.
“Cuando lo llamé para preguntarle qué estaba pasando, me dijo que fuera a los medios. Me llamó muchísimo la atención porque yo todavía ni siquiera entendía lo qué estaba ocurriendo”, recuerda. Con el tiempo, asegura, se dio cuenta que Salerno estaba vinculado con un universo completamente desconocido para la familia.
Las primeras horas de la investigación tampoco lograron transmitirles tranquilidad. “En la comisaría vi una escena que nunca pude entender: la camioneta estaba completamente quemada, pero la chequera de Salerno había quedado intacta”, afirma.
Poco después, en la fiscalía, escuchó por primera vez hablar de efedrina, medicamentos adulterados y de las amenazas que, según los investigadores, venía recibiendo Sebastián Forza. Hasta entonces desconocía por completo ese entramado.
“Ahí empecé a comprender que esto era mucho más grande de lo que imaginábamos”, dice.
Con el paso de los días, la familia sintió que la investigación avanzaba con una lentitud desesperante. Diego todavía recuerda una frase que escuchó durante aquellas primeras jornadas y que nunca logró olvidar.
“La fiscal llegó a decir que probablemente se habían ido de fiesta. Nosotros teníamos una camioneta incendiada y tres personas desaparecidas. Sentíamos que nadie estaba investigando seriamente”, sostiene.
Otra situación terminó de marcar su desconfianza. El Nextel de Damián había emitido una señal y Diego insistía en que esa pista podía conducir hasta él. “Cuando les dije que había que seguir esa señal, me respondieron que no podían ir golpeando todas las puertas de General Rodríguez”, recuerda.
El macabro hallazgo. Seis días después de la desaparición, un hombre que recorría a caballo una zona rural encontró los cuerpos de Ferrón, Forza y Bina entre los pastizales de un camino de General Rodríguez. La escena conmocionó al país y modificó para siempre el rumbo de la investigación.
“Todavía hoy me pregunto por qué no fui al lugar donde encontraron los cuerpos. En ese momento estaba completamente en shock y creo que esa culpa me va a acompañar siempre”, admite.
Con los años, el expediente permitió reconstruir buena parte del negocio ilegal de la efedrina. Hubo un juicio oral, condenas a prisión perpetua para Martín y Cristian Lanatta y Víctor Schillaci como partícipes necesarios de los homicidios, la posterior fuga de los tres condenados y la captura de Ibar Esteban Pérez Corradi tras permanecer cuatro años prófugo en Paraguay. Sin embargo, para Diego, todos esos avances no resolvieron la principal incógnita.
“Los condenados fueron considerados partícipes necesarios. Eso significa que hubo otras personas que ejecutaron el asesinato y que todavía hoy permanecen sin identificar”, explica.
Su mirada sobre Pérez Corradi (actualmente en libertad) tampoco cambió con el tiempo. “Estoy convencido de que, aunque Pérez Corradi no haya sido quien dio la orden, sabe perfectamente quiénes estuvieron detrás del triple crimen”, afirma.
Durante estos años, Diego también decidió escribir un libro junto al periodista Agustín Ceruse para reconstruir el expediente con documentos y pruebas judiciales. El objetivo, dice, fue apartarse de las especulaciones que durante años rodearon al caso.
“Se dijeron muchas cosas que nunca estuvieron probadas. La Justicia me enseñó que una sospecha no alcanza. Podés escuchar cien versiones distintas, pero si no aparecen pruebas concretas nadie termina preso”, reflexiona.
Para él, el triple crimen no puede entenderse sin el contexto en el que ocurrió. “La causa está atravesada por la política, por los organismos de inteligencia y por el negocio de la efedrina. Son demasiados intereses mezclados como para pensar que fue un crimen aislado”, entiende.
Pero ninguna de esas derivaciones logró cerrar la herida principal. A dieciocho años del caso que marcó un antes y un después en la historia criminal argentina, la causa solo pudo reconstruir parte de la trama que rodeó al negocio de la efedrina y condenó a quienes la Justicia consideró partícipes necesarios. Lo que casi nadie sabe es quién los mató, quién dio la orden y por qué.
Cómo cambió la Argentina después de la masacre
L.N.
El asesinato de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina no sólo se convirtió en uno de los expedientes criminales más complejos de las últimas décadas. También marcó un punto de inflexión en el control del tráfico de efedrina y en la forma en que el Estado comenzó a seguir la trazabilidad de los precursores químicos utilizados para fabricar drogas sintéticas.
Hasta 2008, la Argentina importaba toneladas de efedrina con escasos controles, pese a que la demanda interna era mínima. Ese vacío regulatorio convirtió al país en un proveedor clave para organizaciones dedicadas a la producción de metanfetaminas, principalmente con destino a México.
Tras el triple crimen, el Gobierno endureció el régimen de importación y comercialización de ese precursor químico, restringió las autorizaciones para ingresar efedrina al país y reforzó los mecanismos de fiscalización sobre laboratorios, droguerías y empresas farmacéuticas. Como consecuencia, las importaciones cayeron de manera drástica y el circuito que había crecido durante los años previos prácticamente desapareció.








