Mike Henry, el buscavidas del básquet que recorrió el mundo y ascendió con Lanús a la Liga Nacional

Mike Henry, el buscavidas del básquet que recorrió el mundo y ascendió con Lanús a la Liga Nacional


En el fútbol existe una idea instalada: que un argentino, un brasileño o un uruguayo pueden destacarse en cualquier liga del mundo. Como si en algún rincón de su ADN futbolero siempre estuvieran Maradona, Messi, Pelé o Francescoli, listos para aparecer aunque sea en una jugada. En el básquet ocurre algo parecido con los estadounidenses. Si vienen de Estados Unidos, se supone que traen un plus, una herencia invisible que conecta con Magic Johnson, Michael Jordan o cualquiera de los gigantes que construyeron la historia del deporte. Como ocurre con todos los prejuicios, hay casos que alimentan esa creencia y otros que demuestran que el talento no se hereda.

Al básquet argentino llegaron decenas de estadounidenses sin una sola experiencia en la NBA. La excepción más notoria es Al Thornton, con 290 partidos en la mejor liga del mundo y una vida ya arraigada en Mar del Plata como jugador de Peñarol. El resto desembarca con ese crédito simbólico que acompaña a los “americanos” -un gentilicio que en el ambiente local parece heredado del doblaje de las películas-. Cuando Lanús fue en busca del ascenso a la Liga Nacional, el entrenador Juan Manuel Anglese apostó por tres de ellos. Uno era Michael Irvine Henry, un trotamundos del básquet que descubrió que el deporte podía ofrecerle algo más valioso que la fama: la posibilidad de conocer el mundo.

Mike Henry conjuga –o adapta y la vuelve propia- la jactancia de Lanús, que se reconoce como el club de barrio más grande del mundo. Él llega del básquetbol más grande del mundo –el de Estados Unidos– para lograr el postergado ascenso de un equipo de barrio a las grandes ligas. Como si hiciera falta, encontró en esa localidad del conurbano bonaerense el mejor lugar -después de Nueva York-, para vivir con su familia: su esposa, la italiana Brittany, y la pequeña Mila. La nena es amorosa: saluda en perfecto castellano y aunque a veces se frustra porque otros chicos no la comprenden del todo, igual que su padre, se abre paso en una lengua que nadie había hablado en su familia, si no fuese por el básquet.

Henry nació en una base militar en Hawai, donde su padre –integrante de la Air Force- cumplía servicio. El siguiente movimiento fue a otra base aérea, esta vez en Virginia. El primer contacto con una pelota fue a los 10 años, pero casi pasó desapercibido. En algún momento, sus padres dejaron de vivir en familia y Henry recaló con su madre, enfermera, en Nueva York. Bien al Norte, lejos de lo que se muestra en las películas. Ahora Henry toma mate –“amargo, con azúcar jamás”-, le encanta el asado y si tiene que elegir una bebida antes que el fernet con cola, prefiere el vino tinto y tiene una etiqueta predilecta.

Nada de todo eso tenía lugar en su imaginación cuando, entrada la adolescencia, ya en la preparatoria, empezó a jugar fútbol americano hasta que la brutalidad de ese deporte lo volcó de lleno al aro. En la universidad, se convirtió en un potencial basquetbolista. “Un día me di cuenta de que podía vivir de esto”, le cuenta a Clarín. Lo que siguió no solo fue el comienzo de su carrera deportiva, sino su salida a la vida. Porque desde esa conclusión redobló su esfuerzo y tuvo otra epifanía: podían pagarle para conocer el mundo. Podría haber intentado llegar a la cima de la mejor liga del mundo –como juvenil participó de la G League, la liga menor de la NBA, la antesala del sueño-, pero supo que ya tenía las herramientas para ser un jugador internacional y conocer lugares del planeta cuyos nombres nunca había escuchado.

“¿Qué conocía de Argentina cuando llegué? Nada”, confiesa. Antes de llegar a Lanús y encontrar algunas de las imágenes que le devolvía Google, se topó con otros escenarios. Primero, la Patagonia –su primer club fue Centro Español, en Plottier, Neuquén-, después otros paisajes al Norte, primero en Resistencia, Chaco, cuando jugó para Villa San Martín y luego en Formosa, cuando pegó el salto a la Liga Nacional con La Unión. Pero también contratos cortos y expeditivos en Venezuela, República Dominicana, Francia, México y Ecuador, para completar temporadas de nueve meses de trabajo. Casi por generación espontánea, empezó a hablar español. Si bien a los 12 años tuvo ese idioma como asignatura, lo domina por escuchar a sus distintos compañeros. A esta altura, a los árbitros les habla estrictamente en castellano. “Es lo que corresponde, una cuestión de respeto”, apunta.

Henry juega nueve meses por año y regresa a Nueva York a descansar. 
Foto: Federico Lopez Claro

-¿Podrías comparar Lanús con tu barrio de Nueva York?

-Acá todo se hace caminando. En mi casa de Nueva York es más de auto. En Syracuse, donde vivo, es más arriba de la ciudad de New York. Todo se hace en auto. Lanús es más familia y más pasión. Y en ese caso es la primera vez que juego para un club que también tiene un equipo de fútbol. Es diferente a lo que conocía.

-¿Qué incorporaste rápidamente en la Argentina?

-¡El asado! Pero quiero aprender a hacerlo. Vi a mis compañeros y es un largo proceso ¿no? Es diferente en Estados Unidos, ahí está el barbecue, y es fácil: en 10 minutos se hace una hamburguesa, un pancho, no más. Es simple. Pero acá está la carne, vacío, chorizo, de todo.

-¿Qué cosas extrañas estando lejos de Estados Unidos?

-Mi otra familia: a mi madre, mi hermana, mis amigos. Ellos entienden mi trabajo, es básquet, y que yo viajo mucho por diferentes países en periodos largos de ocho o nueve meses por año. Este año fue más largo: estuve jugando los 12 meses y ya estoy listo para descansar en Nueva York.

Tapón de Michael en la fase regular del camino de Lanús hacia el ascenso.

-¿Qué les contás a ellos de lo que vivís acá?

-Ellos no entienden por qué me gusta tanto. Me preguntan cuál es mi próximo destino. Les cuento que es un gran país… Los norteamericanos, en muchos casos… mira, hay dos Américas: Norteamérica y Sudamérica, pero somos todos personas. Eso sí, en el deporte, Sudamérica tiene mucha pasión.

¿Cómo describís lo que te pasa con el básquet?

– No sé cómo se traduce la expresión en español, pero siento como si tuviese una mariposa en la piel. Es una sensación corporal que incluso el otro día con el (estadio de básquetbol de Lanús Antonio) Rotili explotado (sic) también sentía.

-¿Cuál era tu sueño cuando eras un jugador universitario?

-Enfocarme en el proceso para ser jugador internacional. Es muy duro. Es muy difícil, hay viajes, especialmente en mi situación, con mi familia. Para mí no es solamente básquet, es familia primero y el básquet después. En cuanto al objetivo, es simple: siempre salir campeón.

-¿No era llegar a la NBA?

-De niño, sí. Pero ya en la Universidad, no. Yo quise ser jugador internacional para conocer el mundo.

"Take it easy", parece decir Michael.

-Una carrera en la NBA soluciona cualquier problema económico ¿Cómo es vivir buscando clubes?

-Así: siempre hay que escuchar ofertas, siempre tiene que aparecer un nuevo club. Pero para mí es mejor la experiencia que el dinero. Sí, quiero poner a mi familia en buenas situaciones y jugar en buenos equipos como Lanús. Prefiero los equipos familiares, para mi es muy importante, no se trata solamente de money, money, money, dinero, dinero, dinero. Yo quiero más viajes, más países, más experiencia… Más es mejor, yo creo.

-Acá sos extranjero ¿Te sentiste discriminado alguna vez?

-Una sola vez, el otro día en la cancha de San Isidro (de San Francisco, Córdoba, en final de la Liga Argentina).

-‘Callate negro puto’. Entonces me di vuelta y le dije: ‘disculpá, ¿me estás hablando a mí?’… No todos saben que entiendo español.

Henry fue una de las figuras del ascenso de Lanús a la Liga Nacional. Foto: Federico Lopez Claro