Un adolescente del siglo XXI, definido por su abuela: “No hubo dos como él y nadie pudo hacerle sombra”. Fray Mamerto Esquiú nació hace 200 años, el 11 de mayo de 1826, en Piedra Blanca, Catamarca. Su madre, María de las Nieves Medina, ferviente católica, lo bautizó Mamerto de la Ascensión, combinando “San Mamerto” y el misterio de la “Ascensión del Señor Jesucristo”, para ponerle una vela a cada santo, como se acostumbraba.
Su padre Santiago, exsoldado realista que había caído prisionero en la batalla de Salta, la dejó hacer. Tampoco se le opuso cuando a los 5 años, la madre lo vistió con las sandalias de pobre y la túnica oscura que siete siglos antes había impuesto San Francisco de Asís. Con ese sencillo gesto imploró al santo italiano que siempre protegiera a su hijo. Y así fue, parece ya que Mamerto de la Ascensión dejó huellas imborrables en el Vaticano y en la historia argentina a pesar de que, en tiempos de construcción de la argentinidad, no pudo contener su lengua filosa, azotando en partes iguales a Juan Manuel de Rosas, Domingo Faustino Sarmiento, Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca. Digamos: algunos creen que murió envenenado, a pesar de que una autopsia póstuma lo negó.
Fray Mamerto Esquiú, corazón catamarqueño
Ya marcado por el destino, Mamerto Esquiú ingresó a los 10 años al convento franciscano catamarqueño, a los 22 años se ordenó sacerdote y un año más tarde daba su primera misa. Un hábito que no perdería hasta el último de sus días fue el de repartir bendiciones, celebrar misas en cárceles, hospitales y asilos y, sobre todo, encender púlpitos con la llama de sus homilías.
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Fue maestro de escuela, profesor de filosofía en un colegio secundario y formador teológico en el convento franciscano donde él mismo se había educado.
Además, hizo un milagro post mortem que le valió la beatificación aprobada por el Papa Francisco.
Tucumán, año 2015. Nació una beba prematura y, a los pocos días, descubrieron que tenía osteomielitis, una infección muy grave en el fémur izquierdo. Los médicos informaron a sus padres que, si la beba sobrevivía, tendría secuelas. La siguiente noticia fue peor: la enfermedad era crónica; aunque no tan mala noticia como la posterior: cuatro intervenciones quirúrgicas para limpiar el hueso habían fracasado, por lo tanto no había más remedio que “amputarle la pierna”.
Mamerto Esquiú, el fraile milagroso
Esa misma noche, la madre de la beba se refugió en su fe. Buscó una estampita de Fray Mamerto Esquiú, la apoyó sobre la pierna de la hija y empapó con rezos y devoción la imagen del pobre fraile, durante toda la noche. Se le sumaron otros familiares y la cadena de oración se fortaleció.
Pocos días más tarde, el milagro llegó. “Doce días después, un nuevo control radiográfico mostró sorprendentemente la desaparición de la enfermedad en el hueso que se planeaba extraer quirúrgicamente. Después siguió la desaparición de la sintomatología clínica y la mejoría de los exámenes de laboratorio”, relata el informe elaborado por Fray Marcelo Méndez, vicepostulador de la solicitud de beatificación que presentó la Orden Franciscana ante la Comisión Teológica de la Congregación para las Causas de los Santos, en la Santa Sede.

“En las siguientes radiografías de controles realizados hasta hoy, persiste la curación del fémur sin que hayan sido afectados los cartílagos del crecimiento, que por la edad y la violencia de la infección deberían haber sido lesionados”, explica Fray Emilio Andrada, Ministro Provincial de los Franciscanos, en la carta que anunciaba la aprobación del milagro por parte de los teólogos del Vaticano.
Todos los traumatólogos, pediatras y médicos legistas que estudiaron el caso y examinaron la documentación clínica coincidieron en la “inexplicabilidad científica de la curación”.
Por este milagro de la fe, acaecido 132 años tras la muerte del fraile franciscano, el Papa Francisco decretó, el 19 de junio de 2020, que se venere como beato a Fray Mamerto Esquiú.
Con una gran celebración en el pueblo donde nació, beatificaron en Catamarca a Fray Mamerto Esquiú
El Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Cardenal Marcello Semeraro, representó al Papa Francisco durante el rito de beatificación de este Venerable Siervo de Dios, que tuvo lugar en su Catamarca natal, el 4 de septiembre de 2021.
Pero ¿quién es este beato de un solo milagro post mortem tan incuestionable como sorprendente?
Quién fue Fray Mamerto Esquiú
Existe también otra huella que dejó entre los argentinos, pese a que no movió la aguja el día de su beatificación: su fervor constitucionalista, ejemplar en la famosa grieta entre unitarios y federales.
Tras la batalla de Caseros, cuando Juan Manuel de Rosas fue derrotado y la Constitución y la patria encendían fervor, el entonces gobernador de Catamarca, Pedro José Segura, convenció al cura que pronunciara un sermón que fuera “un discurso patriótico” a favor del federalismo y en contra del tinte liberal que estaba ganando terreno en la organización nacional.
Sin embargo, a pesar de su postura federalista, Fray Mamerto Esquiú sorprendió a todos con el tiro por la culata de la paz y la unidad nacional.
Lo pronunció el 9 de julio de 1853 y fue tan memorable que los anticonstitucionalistas cambiaron su voto sin pudor y el presidente Justo José de Urquiza ordenó imprimirlo y distribuirlo en todo el país. Desde entonces se lo recordó como el Sermón de la Constitución, porque pedía postergar las ideas personales y celebrar una Constitución que le devolviera la paz al país. Decía cosas como esta: “Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad, existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra”.
Franciscano de lengua picante
A partir de entonces, sorprendidos por su verborragia, muchos quisieron que el cura del interior tuviera más protagonismo. Antes de que llegara el desencanto de la política, en 1876, Fray Mamarto fue elegido vicepresidente de la convención que sancionó la Constitución Provincial de 1855. Su CV debería incluir: miembro del consejo asesor del gobierno catamarqueño, y periodista político que se sacaba chispas con la pluma de Domingo Faustino Sarmiento.
Fundó El Ambato, el primer periódico de Catamarca, con una línea editorial que recordada en cada salida: “No escribir ni publicar aquello que no se pueda sostener como caballero”. Como editor, allí escribió, por ejemplo, sobre la derrota en la batalla de Pavón —el réquiem de la Confederación Argentina, en 1861—: “Aquí yace la Confederación Argentina, a manos de la traición, la mentira y el miedo. ¡Que la tierra porteña le sea leve!”.
Decepcionado de la belicosidad de la política argentina, se abocó de lleno a la vida episcopal. Pidió su traslado a Bolivia y trabajó cinco años en el convento franciscano de Tarija, y luego otros cinco más en el arzobispado de Sucre. Fue entonces cuando el presidente Sarmiento lo nombró arzobispo de Buenos Aires y Fray Mamerto Esquiú no lo aceptó: creyó que un arzobispo no podía ser considerado el opositor del presidente que había fogoneado la caída de la Confederación Argentina. Lo rechazó y se fue de viaje, porque sabía que terminarían convenciéndolo.

Primero estuvo en Perú, luego en Ecuador y, cuando andaba celebrando misa en Jerusalén, recibió un pedido del superior general de la orden franciscana: debía regresar a Argentina para reorganizar la Orden.
Tras 16 años fuera del país, Catamarca lo recibió con los brazos abiertos. Y entre gallos y medianoche, Fray Mamerto Esquiú redactó un extenso borrador para la convención reformadora de la Constitución Nacional que —sí, claro— acababa de integrar.
A fines de 1878, rechazó el pedido del presidente Nicolás Avellaneda de hacerse cargo del obispado de Córdoba. Poco después le llegó una carta del Papa León XIII pidiéndole que aceptara la candidatura. “Si lo quiere el Papa, Dios lo quiere”, pensó y se fue para las sierras.
La primera vez en su vida que pisó Buenos Aires fue en 1880, cuando debió ir a recibir la orden episcopal. El presidente Julio Argentino Roca lo había invitado para dar el sermón en el Tedeum que celebraba la federalización de Buenos Aires. Y volvió a la carga. Primero contra Juan Manuel de Rosas, a quien responsabilizó de innumerables matanzas, pero luego siguió contra Nicolás Avellaneda y Roca, los anfitriones del momento, responsables de otras muertes en las Campañas al Desierto.
El corazón de Fray Mamerto Esquiú
Un tono muy diferente adoptó en su obispado cordobés. Defendía las tradicionales prerrogativas de la Iglesia en la designación de obispos y profesores de Teología y se oponía al matrimonio civil, el Registro Civil, la secularización de los cementerios y la enseñanza laica.
Quería que todos lo vieran como un cura humilde y austero, pero también como un predicador de a pie, que recorría todas las ciudades y pueblos de su diócesis.
Lejos de la ostentación que observaba en la vida episcopal, prefería seguir con sus sandalias pobres llevando la caridad y la oración al rincón de los más necesitados, como le había dicho a su madre. Y así fue hasta que la muerte lo sorprendió, el 10 de enero de 1883, en la posta catamarqueña de El Suncho.
Regresaba en galera a su sede episcopal en Córdoba, luego de un viaje por La Rioja, junto a su secretario. Pero no llegó. Algunos creen que lo envenenaron, pero no hay pistas ni certezas. Súbitamente empezó a sentirse muy mal, pero no dejó de regalar rosarios, estampas y medallas por donde pasaba. Repartía consejos y al primero que se acercaba le daba la comida, la vajilla y las toallas que el gobernador de La Rioja a su vez le había regalado a él.
La gente del pueblo lo despidió con faroles, lágrimas y antorchas a su paso. Días después, encontró el descanso eterno en la Catedral de Córdoba.
Ocho meses más tarde, Odorico Esquiú recibió el corazón de su difundo hermano en increíble estado de conservación. El mismo trasladó el “corazón incorrupto” hasta el convento franciscano de Catamarca, para que fuera venerado en una vitrina abierta a los fieles.
El 30 de octubre de 1990 sucedió algo muy extraño. De tarde, se descubrió que el corazón de Esquiú había sido robado. El 7 de noviembre, una semana después, el 7 de noviembre, se lo encontró en el techo del convento y, pese a la exposición al sol del noroeste argentino, pudo recuperarse bastante bien.

Tiempo más tarde, el 22 de enero de 2008, su corazón volvió a desaparecer, pero esta vez se tenía el nombre de un ladrón, Gemian Jasani, quien una vez detenido no pudo precisar por qué quería que algo del fraile, solo que le perteneciera a él. Aun así, se habrá arrepentido, porque lo dejó en un tacho de basura, tal vez para que alguien lo encontrara. Así fue, pero el órgano más valioso del Siervo de Dios esa vez ya no pudo reconstruirse.
Aunque la tumba de Fray Mamerto Esquiú continúa estando en el lateral izquierdo del altar mayor de la Catedral de Córdoba, el 4 de octubre de 2018, parte de sus restos fueron trasladados en tres urnas especiales de acrílico hasta el Obispado de Catamarca y la sede provincial de los Franciscanos. En ellas se distribuyeron dos vértebras y dos falanges del fraile, el hábito y sus sandalias, y tierra de su primera sepultura.
La Secretaría de Turismo de Catamarca diseñó en 2019 “El circuito turístico de Fray Mamerto Esquiú”, que enlaza en un único recorrido alguno de los hitos en la vida del beato franciscano: su pueblo natal, San José de Piedra Blanca, su cuarto en el Convento Franciscano y la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle, en donde una sencilla capilla es templo de oración.
ML








