He aceptado la invitación de Axel Kicillof para comentar su libro De Adam Smith a Keynes en la Feria Internacional del Libro 2026 de Buenos Aires. Es un libro de teoría económica en formato divulgación. Somos dos economistas, profesores universitarios. Hace 41 años que nos conocemos, ya que compartimos la secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires, estudiamos y nos recibimos juntos en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y, además, compartimos claustro docente durante muchos años.
Siempre hemos pensado diferente en todo, y lo continuamos haciendo. Él adhiere a la escuela clásica británica de economía, Yo a la escuela austríaca de economía. Él cree en la política institucional y en la política macroeconómica, yo crítico profundamente a ambas. Él cree en el Estado, yo lo quiero eliminar. Él es peronista, yo soy liberal anarquista. Él desarrolla su actividad en la política institucional, yo en el sector privado y en libre mercado. Él fue ministro de economía y es gobernador, yo nunca seré funcionario público de nadie.
Mediante la praxeología, tanto la ética liberal como la escuela austríaca de economía fundamentan que la acción humana se ve enriquecida en mayor medida cuando individuos con diversas ideas y habilidades colaboran y establecen asociaciones entre sí. Es posible adquirir conocimientos y experiencias valiosas a partir de la interacción con personas que piensan diferente, aprovechando los aspectos positivos y descartando aquellos que no generan beneficios. De esta manera, más se descubre, más se aprende, más contratos de comercio, producción y de trabajo se celebran y, por ende; más desajustes sociales se eliminan. En este contexto, termina habiendo mayor generación de riqueza, más prosperidad y mejor calidad de vida. “Donde entra el comercio, no entran las balas”, decía Frédéric Bastiat (1801-1850). En este sentido, el liberalismo es claro. El liberalismo considera indispensable –aunque no suficiente– la existencia de estructuras sociales y políticas pacíficas como condición previa para que la economía tenga posibilidades de crecer con fuerza y crear prosperidad.
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Pretendo humildemente que la presentación del libro De Smith a Keynes pueda transformarse en un pequeño granito de arena en favor de la armonía y de la paz; y en detrimento de la violencia. Tal vez no resulte. Tal vez sí. Los argentinos nos merecemos la oportunidad de vivir mejor y para eso necesitamos paz y armonía, lo cual obliga a desarmar el camino de las construcciones políticas cada vez más violentas, que fue iniciado en las elecciones presidenciales de 2015 devolviéndonos a lo peor de las antinomias sociales y políticas del período 1900/1982. La violencia destruye la economía, la prosperidad y la calidad de vida. La construcción política de La Libertad Avanza (LLA) es el perfeccionamiento de todo lo peor de la casta política autóctona. La construcción política y el gobierno de Javier Milei son el experimento más violento de la democracia moderna. Acusa al peronismo de ser el responsable de todos los males argentinos, tanto en el presente como el pasado. No es verdad. Es mentira. Acusa a la gente de izquierda de inferioridad estética, moral y productiva. También los agrede culpándolos de resentidos, envidiosos y chorros. Una barbaridad que hiere de muerte a la filosoga liberal que cree en el hombre bueno y por eso descarta la necesidad del Estado. El Gobierno construye la idea violenta de que el 95% de los periodistas son ensobrados, la mayoría de los economistas son econochantas y los empresarios que no invierten son una suerte de delincuentes. El presidente de la Nación comete agresión ofensiva, pero después se llena la boca con el principio de no agresión. Inconsistencia pura. No se puede olvidar que el jefe de Estado en campaña había prometido dolarizar y que el ajuste lo pagaría la casta, pero hizo exactamente lo opuesto, porque sobre apreció artificialmente el peso, dejó que la casta siguiera de fiesta, defiende que la casta siga de fiesta y hace que el ajuste lo paguen los más débiles. Violencia es mentir, dice Patricio Rey. La política económica doméstica del gobierno es violenta, porque ajusta a los más débiles e indefensos. Por un lado, se ajusta a los discapacitados, pero al mismo tiempo se hace negocios con ellos. Por el otro, estafa y les pega a los jubilados. Todo esto en función de otra mentira: un superávit fiscal que no existe. La política fiscal es intertemporalmente inconsistente, porque pospone gasto público presente agrandándolo en forma exponencial hacia el futuro. El próximo gobierno (sea quien sea) deberá gastar más y cobrar más impuestos (inflacionario).
Como si todo esto fuera poco, la política internacional del Gobierno también es violenta, ya que se alinea con el imperio y su mascarón de proa en Medio Oriente, alejándonos de los que potencialmente podrían ser nuestros mejores socios comerciales. En fin, la violencia conduce inexorablemente a más violencia y peores resultados. Si la violencia existe, no cayó de un plato volador. Debemos cambiar nosotros.
*Titular de E2 (Economía & Ética) y profesor de la FCE de la UBA.








