Mis primeros pasos en la medicina -me recibí en 1963- fueron los de un oficio artesanal: el interrogatorio, el examen físico, un magro laboratorio y los rayos X eran todo el armamento. Hoy, entre la ingeniería médica y la biología molecular, dimos en sesenta años, el más gigantesco salto del conocimiento que conoció la humanidad en un mínimo lapso.
¿Pero eso mejoró la calidad asistencial? Mucho me temo que no. Por ejemplo, cuando llegó la medicina prepaga, los primeros años contó con los profesionales más destacados que recibían una digna paga. Este auspicioso sistema se fue desvirtuando y hoy es el refugio de profesionales no tan involucrados. Salvo muchas excepciones, la tarea médica, es un simulacro de atención. La mirada de los ahora llamados “prestadores” está más pendiente del propio reloj que del paciente. No tienen otra opción, es tan baja la paga, que en lugar de pocos y bien, deben ver a muchos y mal.
El camino de interrogar y el examen físico ha sido sustituido por el de pedir estudios. Se le transfiere al laboratorio o a la imagen lo que no pudo el escritorio y la camilla. Esta estrategia encarece brutalmente los costos de la asistencia médica. Su mal enfoque implica otro riesgo. “El que no sabe lo que busca no entiende lo que encuentra”. Por este motivo, nunca fui parte de esos sistemas. Como es obvio, hasta acceder a cierto prestigio personal, debí soportar muchos años de estrecheces. Nadie me conocía.
Pero solo quien ha vivido al enfermo con el compromiso que merece, sabe cuánto de la mejoría o la cura depende de esa solidaridad que llega con la palabra, la mirada o el apretón de manos. ¿A qué estuvimos expuestos, esos que somos la “guardia vieja” de esta profesión? Al desafío de incorporar conocimientos que llegaban en una vertiginosa sucesión.
Papá. No sólo de la medicina vive el hombre. En la imagen, Osvaldo Besasso con sus cinco hijos.Y muchos lo hicimos. Lo más difícil, en cambio -yo no lo sabía cuando empecé- era poner frenos a las fantasías de algunos pacientes. ¿Cómo decirles que estaban equivocados? Recuerdo a un personaje de película: lo llamaré el gordo Olmos Ferrari, alguien que ningún médico querría tener como paciente. Fui su víctima. Desde la primera consulta, advertí su invasiva personalidad. Arrogante, veleidoso, chimentero, inmune a sorpresas y encima, abogado. No le faltaba nada. Yo era muy joven, no sé qué me habrá visto, para elegirme.
Afectado por una lumbalgia más vinculada al abdomen prominente que a la columna, él insistía que los huesos eran los responsables de sus quejas. Un día se apareció con un estudio que le habían indicado en la guardia de un sanatorio. Vivía visitando urgencias, era tan mañoso que consultar a un médico lo hacía más feliz que resolver un pleito.
En 1987. Osvaldo Besasso (segundo desde la izquierda) fue médico del Equipo Argentino de la Copa Davis. Aquí, junto a, su esposa Carlota, Clerc, Vilas y su entonces novia, Michelle.Al ver la imagen, observo que tenía una leve protrusión del disco sobre el foramen derecho, ese agujerito entre dos vértebras por donde sale la raíz del nervio ciático.
—¡Y, qué me dice ahora, tengo o no tengo razón en quejarme! —Me increpó. —Lo miré incrédulo—. Olmos, le dije fastidiado, —sus síntomas no tienen nada que ver con este hallazgo. Hay centenares de personas con esta alteración y no sufren de nada. —Lo siento doctor, —respondió, ignorando mi comentario—. Yo quiero que me operen esta hernia de disco.
Reconozco que no sabía cómo reaccionar, este tipo era inmune a cualquier razonamiento.
—Los cirujanos no operan radiografías, me permití decirle—, intervienen a personas. Fue mi último intento.
No me supe imponer: una semana después ingresaba al quirófano. El segundo ayudante era un voluminoso ex rugbier; el cirujano, antes de entrar a lavarse, le solicitó que preparara el campo quirúrgico. Para hacerlo asequible al abordaje, tras ponerlo boca abajo, giró el cuerpo ciento ochenta grados. Las vértebras expuestas, por la diminuta ventanita de telas estériles, eran las del lado izquierdo.
Concluida la intervención y liberado el foramen de ese lado, con el enfermo ya boca arriba y despierto, el neurocirujano ordenó:
—Ferrari, levante la pierna. ¿Le duele?
Él, somnoliento, elevó la pierna derecha.
—Esa no, —le reclamó, —la que le dolía.
Un silencio brumoso, se fue instalando bajo la lámpara cialítica. El paciente había sido operado: ¡del lado opuesto!
Lo sorprendente, fue su cara de alivio cuando estuvo despierto. Yo observaba azorado, lo que acaba de ocurrir.
—Y doctorcito, volvió a increparme, —qué me dice ahora. Miré como me muevo. ¿Tenía razón o no de que me tenía que operar? —gritaba jubiloso mientras bailoteaba las piernas. Era demasiado. A partir de ese absurdo episodio, le inventé una excusa y nunca más volví a verlo, pero aprendí algo. Hay enfermos reales y hay enfermos que necesitan una curación -sea cual fuere- para sentirse bien. Con el tiempo aprendí que no era algo nuevo: ya lo había advertido Molière en el siglo XVII con “El enfermo imaginario”.
Hace unos años, varios amigos me preguntaban si tenía anécdotas “extrañas” como las de Dr. House. Y sí, alguna hubo. En una ocasión fui llamado en consulta por una paciente cuya empleada doméstica, con frecuencia, padecía una suerte de desvanecimiento que ella superaba tomando azúcar. Era evidente: sufría episodios de descenso de glucosa en sangre.
Existe un tumor de páncreas que produce mucha insulina. Su nombre, precisamente, es insulinoma. Sus síntomas y signos son episodios de confusión o incluso convulsiones que ceden con el ingreso de azúcar. Además de estas manifestaciones psiconeurológicas, los pacientes tienen sobrepeso. Esta joven era muy delgada. Pese a este rasgo en contra, decidí internarla en mi servicio y le recomendé al jefe de residentes que, cada treinta minutos, obtuviera una muestra de glucosa e insulina en sangre para descartar esa sospecha. No ocurrió nada, los valores eran normales.
Por la mañana, se presenta, la dueña de casa y me entrega un paquete.
—Doctor —me dijo —en el cuarto de Juana encontré esta caja. Creo que son remedios y no sé si tienen que ver con lo que le pasa.
El envoltorio contenía muchas botellitas de insulina.
¿Cuál fue la explicación? La enferma tenía una hermana melliza, que padecía diabetes. Para no correr la misma suerte, por su cuenta, comenzó a aplicarse insulina y, en su lógica, evitar enfermarse. Cuando de forma fortuita descubrió esa rara sensación de: vahído, de estar “flotando” y que superaba comiendo azúcar, comenzó a incorporarlo como una sensación placentera. Las referencias son similares a las que experimentan algunas personas con el Propofol o el Fentanilo. Este raro efecto que le provocaba la autoadministración lo fue incorporando, hasta convertirlo en adición.
Todos, en el servicio, quedamos impactados con este caso, sin antecedentes. La bibliografía que consultamos nos sorprendió. Se trata de una dependencia muy poco frecuente y entre quienes más adhieren a ella estaban ¡enfermeros y anestesistas!
Para ese tiempo, la vida me puso frente a uno de los duelos más difíciles de afrontar: la mala praxis. No fui el victimario sino la víctima. O peor aún, mi nieto que nació con parálisis cerebral por un flagrante error médico. Esto me produjo un desasosiego infinito —¿cómo me pasaba a mí?— que descargaba sobre todo con mi esposa a la que comencé a tratar muy mal. Existía una controversia, algunos querían litigar y yo me oponía. El caso de mala praxis fue clarísimo. El obstetra, ante el menor indicio de sufrimiento fetal debe realizar una cesárea, él en cambio tras quince minutos, optó por un fórceps. El resultado: una falta de oxígeno total que provocó un severo daño cerebral. ¿Por qué me opuse a denunciarlo? El daño ya era irreparable y en mi vida aprendí que ningún médico está exento de cometer errores No está en mi espíritu el ser litigante. Nuestro matrimonio comenzó a hacer agua y buscamos auxilio en una mujer extraordinaria, una psicoanalista, especializada en tratar problemas de pareja, Blanca Rivera. Cuánto nos ayudó.
Para esa época yo tenía un teléfono Black Berry donde descargaba, grabando, toda mi frustración, el dolor y la rabia. Al llegar a las entrevistas, en lugar de hablar, leía, y Blanca aceptaba mi modo telegráfico de contarme. Una tarde leí: “Desde que nació Tommy, por la geografía de mi tristeza, viajaba tan al oeste, que el sol nunca me hubiera alcanzado”. Hizo un largo silencio me miró fijamente y tras apoyar su mano en la mía me dijo.
—Osvaldo, qué va a hacer con todas estas cosas que graba. Por qué no arma un librito, me propuso.
Comencé a juntar ese material que tenía el formato de los aforismos. Lo organicé en nueve capítulos, el primero, lo titulé “Ironías y sonrisas”, y le atribuí el color blanco, al último, “Dios, la religión y la muerte”, le di color negro. En el medio, con diferentes tópicos, a cada uno, le atribuí siete colores. Lo titulé “Moon Bow” (arco iris de luna). A ese tomo le siguieron cuatro y se convirtió en una saga. Agrupa a más de dos mil sentencias y reflexiones. George Steiner define al aforismo como al haiku del pensamiento. Por eso me gusta tanto ese género. Luego vinieron otros libros. Así, la medicina y el dolor derivaron en la literatura.
En otra etapa de mi vida, una enfermedad hematológica maligna, además muy poco frecuente, me enfrentó a un ominoso pronóstico. Me trasladé al M.D. Anderson de Texas, famoso hospital oncológico, a consultar al especialista que más conocía esta afección. La opinión fue terminante: el mejor lugar para su tratamiento era Fundaleu, en Buenos Aires. Así lo hice y todo culminó, en 2002, con un trasplante de médula. Padezco desde entonces, un déficit de gamaglobulina.
Tras reponerme, retorné a la cátedra, hasta que un episodio infeccioso, me obligó a dejarla definitivamente. La recomendación de Fundaleu, fue concluyente “Doctor, su déficit inmunológico, no es compatible con ambientes eventualmente contaminados”. Mi vida enfrentó un nuevo interrogante: qué hacer con la seis o siete horas de labor hospitalaria. No dudé en abrazar algo que nunca había podido: intentar escribir. Me incorporé a un taller de literatura creativa a cargo de Alejandro Tloupakis, al que aún concurro, y así surgieron novelas y cuentos.
Ahora, quizás, sólo me resta evocar a Chéjov, con su dicho: la medicina fue mi esposa, la literatura mi amante.








