Todas las mañanas, el escritor Federico Jeanmaire (Baradero, 1957) lleva su computadora al techo de su PH en Monserrat y se pone a escribir. Solo se detiene para fumar y tomar mate. Y sigue escribiendo. Todas las mañanas. Una rutina simple e insistente que dio como resultado una obra notable y reconocida por su diversidad, su imaginación envolvente, su fe inquebrantable en la literatura y en el poder de la ficción. Dice Jeanmaire: “Escribir es lo que me permite soportar el resto de las cosas. Es fundamental. Me levanto todos los días y me pregunto qué me gustaría hacer hoy y siempre me respondo escribir. Lo hago y lo sigo haciendo. Es una militancia para mí, la lectura y la escritura.”
Ahora nos encontramos en ese techo. La imagen es la siguiente: una mesa, dos sillas, una parrilla al costado y, de frente, el cielo despejado de Capital Federal. Cerca se escuchan los gritos que provienen de una edificación en construcción.
El motivo de este encuentro es su nueva novela: Bali (Entropía). Una historia de mujeres donde una hija manda mails a su hermano contándole cómo fueron los últimos tiempos de su madre, mientras el Alzheimer hacía su trabajo despiadado. Es una novela plagada de humor donde la pregunta parece ser: ¿cuándo una vida deja de ser tolerable?
Pero nada es tan sencillo en la literatura de Jeanmaire ya que esta historia pone a los lectores en un lugar incómodo: la próxima charla que hay que dar como sociedad es la posibilidad de legalizar la eutanasia.
Se lee a sí mismo
Opina el escritor: “Cuando alguien lee una novela se lee a sí mismo, lee lo que piensa de la sociedad, del país, del mundo. Por eso me gusta que mis textos sean ambiguos, que no signifiquen todo. La literatura inequívoca no me interesa. Me gusta que la literatura sea una fiesta donde cada uno decida qué quiere pensar.”
Federico Jeanmaire es uno de los grandes escritores argentinos en actividad pero que su vocación pasa por no ocupar el centro de todas las miradas: “Me gustan más los rincones que los lugares centrales”, dice.
Con un recorrido que incluye prestigiosos premios nacionales (Clarín de Novela para Más liviano que el aire, Premio Emecé para Vida interior y el Ricardo Rojas por Mitre) e internacionales (el Fernando Quiñonez por Darwin o el origen de la vejez), su pulso no se detiene.
Cuenta: “Cada nueva publicación la sigo viendo como un milagro. Es mucho más de lo que yo soñé.” Hace ya tiempo, el editor de Anagrama Jorge Herralde lo llamó por teléfono para avisarle que le iba a publicar Miguel (1990), una autobiografía de Cervantes.
Y desde ahí no paró. A los 17 años dejó su Baradero natal para instalarse en Capital Federal, pero los años de la dictadura lo encontraron exiliado en Europa, donde se enamoró y ejerció muchos oficios para sobrevivir, entre ellos el de cantante. En su regreso, se recibió en Letras y dio clases junto a Beatriz Sarlo. También fue bibliotecario hasta que se jubiló y ahora, igual que antes, todo su tiempo va a parar a su escritura.
Asegura: “Uno se forma más como escritor a partir de lo que le disgusta de los otros que por lo que le gusta. Uno arma su propia estética por la negación de otras estéticas. Uno termina siempre escribiendo contra alguien más que a favor.”
Mientras cuenta que ya está terminando una nueva novela, se dispone a dialogar con Clarín sobre Bali, pero también sobre lo que significa seguir adelante con su máquina imparable de escritura.
– Hay muchas voces femeninas protagonistas en tu literatura. ¿Por qué te interesan tanto?
– El mundo me resulta inverosímil. No lo entiendo, no me gusta lo que ha hecho el hombre. Los varones han tenido el poder de ir violentando el mundo a su imagen y semejanza, y por lo general me parecen un poquito vacíos. Siempre me interesó más las cabezas de las mujeres que las de los varones, porque las mujeres tuvieron que, culturalmente, armarse de una cierta herramienta, de unos ciertos modos de funcionar, que les permitía sobrevivir. Las maneras de pensar, hablar, de moverse de la mujer son muchísimo más interesantes que las del hombre. Y se me ocurre que uno, cuando se sienta a escribir, intenta, de un modo elíptico, transversal, extraño, contar lo que piensa del mundo de la manera que puede. Y en ese caso, a mí, tomar protagonistas o narradores mujeres, me da muchas más posibilidades de contar eso que quiero contar, de lo absurdo que me parece lo que hemos construido. En Bali, cuando tuve que elegir si era un varón o una mujer, me pareció que era más auténtico si la narradora era una mujer. Porque está más cerca de los problemas, incluso de las enfermedades, del cuidado, de un montón de cosas.
El escritor argentino Federico Jeanmaire. EFE/Marta Pérez – También el tema de la edad es importante en varios de tus últimos libros. ¿Qué te pasa con eso?
– Que la vida en el mundo es bastante absurda uno lo sabe desde que se puso a pensar en el mundo, ¿no? Pero hay una diferencia. Cuando tenés 20 años, no es tan absurdo. Vos te creés que tenés al alcance muchísimas cosas, que incluso la muerte te queda lejos. Cuando vas creciendo, la cuestión de lo absurdo de la vida se te va haciendo más evidente. Esto es lo que yo pude hacer con mis tiempos, cómo me manejé, lo que me tocó, uno piensa esas cosas. Me interesa mucho el tema de la vejez, porque además, y ya hablando de Bali, de un tiempo a esta parte vivimos mucho más. Y hablando con médicos dicen que los progresos de la medicina han logrado que vivamos mucho más tiempo, pero mucho de verdad. Y el Alzheimer, que es lo que tiene mi mamá, estuvo presente en toda la historia de la humanidad, pero el problema es que ahora es una epidemia. Entonces, hasta qué punto eso es vida, o sobrevida, o estamos enterrando a gente antes de morir. La semana pasada tuve un pensamiento: mi madre no está en el cementerio, pero está en una forma que se parece un montón. ¿Qué es lo que está viviendo? No sabés lo que está viviendo porque ni ella lo sabe. Me interesa el tema de la precariedad de la vejez, de todo lo que acarrea, y esta intención del mundo de que vivamos mucho más de lo que en realidad deberíamos, o podríamos vivir.
– ¿La experiencia con tu mamá fue lo que detonó a Bali?
– Mamá empezó a tener problemas de memoria. Con la pandemia, ella estuvo sola en mi pueblo, Baradero. Cuando pasa la pandemia empieza a estar realmente complicada. Es progresiva la enfermedad del Alzheimer. A mí, hay momentos que no me reconoce y momentos que sí. Mi hermano vive en el pueblo y se encarga de lo cotidiano, comprar remedios, llevarla al médico, conseguir chicas que la acompañan. Yo iba una vez cada dos semanas. Me quedaba dos o tres días así las chicas se tomaban franco. Y eso lo hice hasta que me pasó algo que no te quiero contar, porque ni siquiera me lo quiero contar a mí mismo, y entonces yo tuve que decidir que no podía hacer más eso. Hubo que conseguir otra chica más, y yo ahora voy en el día y vuelvo. En esos viajes, en un momento dije quiero escribir esta enfermedad, cómo la vivís, cómo la vive la persona que la tiene y cómo la vive la persona que la cuida, cómo está el tema del amor en eso, te planteás muchísimas cosas. Y me inventé un personaje, para separarme un poco de mi propia historia, que se parezca a esa señora, y un personaje que no se parezca a mí, que sea la narradora. Y así conseguí escribir y pasarla bien. Conseguí que mi vieja estuviera adentro de la novela.
– Es una novela epistolar por mail pero a la vez uno termina olvidándose de eso para ingresar a ese lenguaje coloquial que uno encuentra en muchas de tus novelas y es lo que construye el viaje en cada texto.
– Mi manera de pensarme como escritor es tratando de hacer literatura a partir de la gente que me rodea, de cómo hablan. Desde un principio utilicé la biblioteca que elijo para ubicarme como escritor argentino, que son los escritores que ya trabajaron desde lo coloquial, y que te permiten escribir a tu manera a partir de lo que ellos hicieron antes. Te habilita a hacer algún tipo de desarreglo gramatical. Y por otra parte, cuando me vengo a vivir a Buenos Aires, a los 17, lo primero que descubro es que los bares de acá tenían un elenco estable. Y lo que noté es que esos mostradores larguísimos se llenaban de gente que quería contar su historia, que quería contar algo que le había pasado. Entonces había peleas de monólogos hasta que triunfaba el que tenía algo mejor para contar. Por eso en mi escritura hay momentos en que hay aceleraciones y paradas, y creo que eso imita, de algún modo, la manera de respirar la lengua en Buenos Aires. Yo no soy de Buenos Aires, pero esa es mi mirada de cómo se habla en Buenos Aires y cómo se maneja la cosa.
– ¿Quienes son tus referentes del uso de lo coloquial dentro de la literatura argentina?
– Yo amo a Antonio Di Benedetto, y lo que hace. Corta donde se le ocurre en la oración y tiene una cosa maravillosa que es en un momento en el que los libros eran todos negritos, o sea no había espacio porque el contenido era muy importante en la década del 50 y 60, y Di Benedetto lo llena de blancos, mete punto y aparte donde quiere, incluso en las proposiciones, cosa que yo nunca me animé a hacer, pero él sí. Cortázar en la novela 62/Modelo para armar lo hace también, Sarmiento lo hace, que es el primer gran coloquialista de la literatura argentina.
– Bali también maneja la construcción de la ficción y la inventiva a partir de la oralidad entre los personajes. Es decir: los personajes arman una verdad relacionada con la ficción más allá de lo que están viviendo. ¿Cómo pensaste esto?
– A mí me parece que la literatura dice una verdad que no tiene que ver con las verdades del mundo, o dice las verdades de otra manera. Me aburre la literatura que cuida el detalle para ser verosímil, educada, y que el lector se crea que está leyendo algo. Yo tengo un montón de procedimientos que son para exhibir que eso que está leyendo es mentira, que si apunta hacia algún lado es a otra verdad que la tenés que descubrir vos en tu interior, en tu cabeza, en donde sea, pero dejame decirte que estoy mintiendo. Tengo un problema con lo que sería una literatura seria. A mí me gusta que el lector que se anime a leer un libro mío sepa siempre que eso que está leyendo es literatura, que yo no le quiero vender nada.
– Bali puede ser una novela de la longevidad pero también sobre considerar la eutanasia. ¿Te interesan los temas cuando escribís o eso es algo que aparece solo y es trabajo del lector descubrirlo?
– Mis ideas sobre el mundo son las que me llevan a querer escribir una novela y no otra. Por ejemplo, en Argentina se dice que no tenemos problemas raciales. Pero tenemos unos problemas enormes de racismo. Eso lo sé desde muy chico. Es obvio que las personas que tienen un color de piel tienen los mejores trabajos, las mejores casas, etc., y la gente de otro color no. Y eso va a aparecer cada vez que pueda en algunos de mis libros. Y mis ideas sobre el mundo aparecen. Ahora, yo me siento a escribir sin saber adónde voy y eso aparece porque está en mí. Yo trato de que eso no aparezca como si fuera una teoría o algo terminado al lector. Me gusta trabajar en contra de la significación cuando eso se está produciendo. Y es para que la significación realmente la ponga el lector.
El escritor argentino Federico Jeanmaire. EFE/Marta Pérez – ¿Cómo pensás el trabajo de tu prosa?
– No me interesa tener una voz en el sentido que comúnmente se conoce eso: quedarte siempre en el mismo lugar. Yo quiero escribir como se me canten las pelotas en cada novela que se me ocurra y en cada momento. Y no me importan las consecuencias. De hecho, hay lectores míos a los que solo le gusta una novela y no las demás, y eso me gusta. Porque es lo que define mis ganas de escribir. Escribo todo el tiempo. Y el lector tiene todo el derecho a que no le guste algo. En ese sentido, sí, no tengo una voz. Sí tengo una manera de escribir. Si bien los libros cambian hay cosas que se sostienen en mi forma de contar.
– ¿De qué manera se trabaja una prosa cristalina pero que a la vez no es masticada y simplista?
– Lo que se llama estilo son decisiones que uno toma sobre el diccionario y eso determina la palabra que vas a utilizar. Y después está el tema de cómo vas juntando las oraciones que tienen esas palabras. Y no hay mucho más que eso. Lo que hay fuera del estilo es lo emocional, y me interesa eso. Creo que la emoción, que es de las mejores cosas que tenemos las personas, quiero que esté en mi literatura. Quiero una literatura que conmueva porque a mí me gusta cuando me conmueven. Intento eso. La palabra ternura es fundamental en mi vida y en mi escritura. Un mundo con un poco más de ternura sería completamente distinto.
Federico Jeanmaire presentará hoy a las 19 su novela Bali en la sala Alejandra Pizarnik.








