Luego de años de discusión sobre las mentiras y supuestas manipulaciones que se generaban en las redes sociales, el futuro de Internet parece ser, para muchos especialistas, de paz y tranquilidad.
Sin embargo, no será porque los problemas se hayan solucionado sino porque los contenidos generados por Inteligencia Artificial están creando una web más uniforme y sintética, diseñada para no incomodar.
Y es que en los últimos meses en los entornos digitales se consolidó el modelo por el cual los algoritmos ya no solo organizan lo que circula y lo que tiene mayor visibilidad sino que empezaron a producir lo que vemos y consumimos.
De acuerdo con la periodista Kate Knibbs en la revista Wired, cerca del 35 por ciento de los nuevos sitios web ya son generados o asistidos por inteligencia artificial.
Y, en todos los casos, son contenidos significativamente más positivos, amables y optimistas que el creado por humanos. No necesariamente más falsos, pero sí más homogéneos en tono e ideas.
Se trata de un problema que va más allá de lo estético o de las formas: si los modelos producen textos, imágenes y experiencias siempre prudentes y equilibradas, nos acercamos a un escenario más cercano al confort anestésico del “mundo feliz” de Aldous Huxley que a la realidad cotidiana.
A esto se suma la positividad algorítmica que Knibbs describe como una suerte de “felicidad artificial”. El contenido generado por IA es más cordial y limpio en términos afectivos, como si el conflicto fuera simplemente una molestia a reducir.
Si bien muchos estarían de acuerdo con una web menos agresiva, se trata de una suavización que elimina todo tipo de fricción.
De hecho, la discusión, la incomodidad y la negatividad no son defectos del lenguaje humano sino parte de nuestra capacidad crítica. Un mundo discursivo sin molestias no es más sano sino más pobre.
Lo que está sucediendo hoy en Pinterest es un ejemplo perfecto de este fenómeno. Lo que antes era un archivo de aspiraciones humanas para un cuarto o una oficina más agradables se ve hoy inundado por imágenes hechas por inteligencia artificial con casas y edificios hermosos pero imposibles de lograr porque simplemente no existen.
El riesgo es que esta distancia entre lo que vemos en redes y lo que podemos alcanzar era reconocible.
Ahora lo que vemos no tiene referente, navegar por la web es dejarnos llevar por un algoritmo que nos muestra lo que se creó sintéticamente, no lo que realmente existe.
En este contexto, la pregunta por la desinformación y las fake news parece haber quedado descolocada porque ahora el problema no son solo las falsedades puntuales sino el clima.
Donde predomina lo amable y lo repetible y la diversidad real se diluye, el desfasaje con lo que realmente sucede es más grande.
El peligro es haber renunciado a la vieja promesa de Internet como espacio de diversidad y entregarnos a un sistema que elimina diferencias y malestares.
En ese movimiento lo que se pierde es la experiencia de encontrarse con lo que no encaja y tal vez allí comiencen los próximos problemas de la convivencia democrática.








