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Elvira González lleva sus 35 años de vida en La Cumbrecita. Se reconoce muy feliz de que en este pueblo todos se conozcan; una localidad enclavada en las Sierras Grandes de la provincia argentina de Córdoba, entre bosques, arroyos y cascadas. Desde hace tres décadas, además, es el primer pueblo peatonal del país; el lugar donde su hija de 14 años va y vuelve del colegio caminando.
Además de prohibir la circulación de autos en el casco urbano y restringir el uso de bolsas plásticas, muchos habitantes separan residuos y producen compost, mientras crece el uso de energías renovables como paneles solares. Pero no todo es perfecto en este lugar de 1.300 habitantes que parece sacado de un cuento. “Somos un pueblo turístico y ser peatonal está buenísimo, pero siento que no hemos crecido ni perfeccionado el modelo”, analiza Santiago Nogueira, dueño del café E!n Kaffee.
“Estimado visitante: nos permitimos recordarle que nuestra localidad ha sido declarada zona de protección ambiental, por esa razón no está permitido acampar dentro del pueblo, prender fuego, cazar animales o aves del lugar, practicar equitación dentro del pueblo, tirar residuos fuera de los cestos, pescar en las épocas de veda, cortar o arrancar cualquier tipo de plantas, arbustos, flores”. Con este largo mensaje tallado en un cartel gigante de madera, la comuna da la bienvenida a los visitantes antes de cruzar el puente sobre el Río del Medio.
Las instrucciones son estrictas porque La Cumbrecita es una reserva natural de usos múltiples dentro de la Reserva Hídrica Pampa de Achala, que tiene como objetivo proteger el ambiente y la biodiversidad de la zona. Su historia empezó en 1934, cuando la familia Cabjolsky, de origen alemán, compró unas 500 hectáreas.
La primera construcción del pueblo es parte de lo que hoy es el hotel La Cumbrecita, un edificio blanco con detalles en madera difícil de no ver desde las calles de tierra que serpentean el lugar. “Empezó siendo una estanzuela, después una hostería y luego un hotel. Mis tíos-abuelos lo compraron a finales de la década de 1930 y de ahí quedó en la familia”, detalla Pedro Navarro, al frente del lugar.
¿Por qué peatonal?
“Dada la tipografía en que se encuentra el pueblo de La Cumbrecita, se hace difícil el tránsito vehicular en los períodos de temporada alta de turismo”, dice la resolución 10 de la comuna de La Cumbrecita, fechada el 9 de julio de 1996. Por eso, “se encuentra prohibido el ingreso al pueblo con vehículos de tracción mecánica o a sangre de 10 a 18 horas”, añade la resolución.
Aunque no se sabe exactamente de quién fue la idea, “la decisión se caía de maduro”, analiza Juan Manuel Busaniche, director de Turismo de La Cumbrecita. Además de fomentar las caminatas tanto de locales como de turistas, esta declaración trajo otros beneficios como los bajos niveles de ruido. “Se escuchan los pájaros, el arroyo. Hay otra interacción con el medio”, describe Navarro.

El pueblo atrajo a millones de turistas en los últimos 30 años, con un pico en los años 90 y principios de 2000. En la actualidad, se calcula que recibe a medio millón de personas por año, a pesar de que, después de la pandemia de la covid-19, la curva creciente de visitas se frenó. Pero en fechas clave, como Semana Santa, la fila de autos para estacionar fuera del pueblo puede alcanzar los seis kilómetros. “Mejor que se amesetó el turismo, porque nosotros tenemos que cuidar el recurso, para mejorar el servicio y la calidad”, opina Busaniche.
Más acciones ambientales
En las últimas décadas, La Cumbrecita fue sumando cambios para favorecer el ambiente y la calidad de vida de los vecinos, algunos más adeptos que otros. Entre ellos están el no uso de bolsas plásticas, la separación y tratamiento de la basura, la producción de compost hogareño y la instalación de paneles solares.
“Hicimos uno casero que es como un radiador gigante que reduce el consumo de gas entre un 20 % y un 30 %”, estima Martín Santillán, que administra las cabañas La Cumbrecita Waldhuetten. Pedro Navarro, del hotel La Cumbrecita, asegura que los huéspedes se bañan en verano con agua caliente 100 % y calefaccionada con paneles solares. “Nosotros almacenamos la energía”, detalla.
Otro hito importante fue el desarrollo del sistema de cloacas hace unos 50 años; una obra pionera para un pueblo de altura cuyo suelo es el batolito de Achala, una roca gigante de 2.500 kilómetros cuadrados y de unos 350 millones de años. La comuna también regula la construcción y la cartelería, priorizando materiales como la madera y limitando el impacto ambiental y lumínico.

“El placer de los puntos suspensivos es que hace cosquillas en la imaginación”, dice tallado en una de las paredes de un quiosco pintoresco casi al final del pueblo, que hasta tiene una biblioteca en uno de sus rincones. El administrador de cabañas Martín Santillán es su dueño. Él llegó a La Cumbrecita hace 15 años y afirma que acá se queda. “Encontré mi lugar en el mundo”, sostiene mientras cuenta cómo lo enamoró la tranquilidad, la vegetación, la vista y conversar con los turistas que visitan el quiosco.
En octubre de 2012, una gran tormenta redujo significativamente la población de árboles de La Cumbrecita y uno de esos troncos se transformó en la biblioteca del kiosco de Santillán. Otros fueron la materia prima de inspiración para numerosas esculturas que hoy representan gran parte de la identidad del pueblo. Además, la comuna instaló tótems con placas indicativas hacia los puntos turísticos, como La Olla, una laguna de agua natural alimentada por un arroyo y rodeada de rocas.
Críticas al modelo
La expansión del pueblo también trajo cambios y algunas flexibilizaciones. “Nos quedó el eslogan de pueblo peatonal”, cuenta el director de Turismo. Hoy, la restricción se concentra en el área turística, mientras en zonas periféricas circulan vehículos.
Pero justamente, en ese centro urbano, donde los visitantes y locales suelen caminar tranquilos por las calles irregulares e inclinadas, ya no lo hacen con el silencio que tanto valoraron durante años. El ruido de motos y el paso cada vez más frecuente de autos preocupa a los vecinos.
Muchos coinciden en que la convivencia es el mayor desafío en una comunidad pequeña y expuesta al turismo constante. “Esto parece The Truman Show”, agrega Busaniche. “Es un muestrario de 1.300 personas con todos los actores sociales. Y ahí están las personas que hacen las cosas bien y las que hacen las cosas mal”.
Por su parte, Nogueira opina que no existe una autocrítica en el pueblo y su administración. “Si no crecemos en infraestructura o en servicios, atentamos contra nuestros recursos y atractivos. Están matando la gallina de los huevos de oro”, advierte.
Pese a las críticas y cuestionamientos, los años de experiencia como pueblo peatonal inspiran a que otros quieran imitar a La Cumbrecita. Es el caso de La Carolina, en la provincia de San Luis, otro pueblo en altura, aunque con características diferentes. Ambos firmaron un convenio de trabajo para compartir experiencias y fomentar el modelo de pueblo peatonal. “Yo les digo a ellos: ‘Aprendan de lo que llevamos haciendo mal acá. Es más fácil aprender de los errores de los otros”, concluye Busaniche.







