La frase se repite con una naturalidad que la vuelve casi administrativa: una notificación más en la larga cadena de avisos que informan, con dramatismo, que algo dejó de existir. En Buenos Aires, pero también en Santiago de Chile, en Montevideo, en Ciudad de México o en Madrid, la escena adopta formas previsibles: liquidaciones discretas, mudanzas que no se concretan, persianas que bajan sin ceremonia, librerías que cierran.
Las cifras no hacen más que ordenar la intuición. En España, por ejemplo, casi la mitad de los títulos disponibles no vende ni un solo ejemplar al año. El dato, más que alarmar, aclara: no se trata de una crisis puntual sino de una saturación estructural: se publican más libros de los que pueden leerse.
Cerrar una librería, entonces, no constituye un acontecimiento. Es, en todo caso, la resolución lógica de un proceso que ya estaba en marcha. No hay estruendo, no hay escándalo. Lo que sí hay es una leve incomodidad que se disipa rápido, como si la ciudad hubiera aprendido a reorganizarse sin necesidad de esos espacios.
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Cada nueva librería introduce una anomalía. Alguien decide, contra toda evidencia disponible, que tiene sentido reunir libros en un mismo lugar físico. No se trata ya de detectar una oportunidad de negocio, sino de insistir en una forma de experiencia.
Y, sin embargo, los ejemplos existen, incluso en contextos donde parecerían menos probables. Hace apenas un mes, una filial de Feltrinelli abrió en Montevideo. El dato podría leerse como una expansión empresarial más, pero resulta difícil no percibir ahí algo ligeramente incongruente: una gran cadena europea que decide desembarcar en un mercado pequeño, inestable, periférico. Como si la lógica del negocio se mezclara, inevitablemente, con otra cosa más difícil de justificar.
Porque la dificultad no es únicamente económica, aunque eso bastaría. Las ciudades cambiaron. La gentrificación en Santiago o en Madrid, la presión inmobiliaria en Buenos Aires, la expansión desordenada en Ciudad de México: todo contribuye a desplazar todo aquello que no produce una rentabilidad inmediata.
A eso se suma una transformación más sutil: la del propio lector. Leer no dejó de ser una práctica extendida, incluso podría decirse que se amplió. Pero el modo de acceso se modificó. El lector ya no depende de un recorrido físico; recibe recomendaciones, accede a catálogos infinitos, compra sin moverse de casa. La librería, que antes funcionaba como mediación, perdió centralidad. Y sin embargo, así quedó eliminado algo difícil de reemplazar: la contingencia. Entrar en una librería implicaba aceptar la posibilidad del error, del hallazgo involuntario. Esa lógica, que no optimiza nada, es precisamente la que hoy parece fuera de lugar.
De ahí que abrir una librería adquiera un carácter casi anacrónico. En Buenos Aires, donde todavía persiste una tradición librera que resiste a fuerza de inercia cultural; en Montevideo, donde cada apertura es casi un acontecimiento; en Santiago, donde surgen espacios híbridos que combinan café, editorial y librería; en México, donde pequeños proyectos intentan disputar un lugar en medio de estructuras gigantes; en España, donde conviven cierres constantes con inauguraciones obstinadas. En todos esos casos, abrir implica sostener una convicción que no encuentra respaldo en las cifras.
Se podría decir que las librerías cierran porque el mundo que las hacía necesarias también se fue cerrando. No desaparecen de manera aislada; forman parte de una transformación más amplia que reorganiza la circulación cultural y los hábitos cotidianos.
Por eso la sorpresa debería invertirse.
No sorprende que las librerías cierren en Buenos Aires, en la Argentina, en Chile, en Uruguay, en México o en España. Sorprende que alguien, en cualquiera de esos lugares, decida abrir una.
Es una forma de insistencia. Una manera –quizá la última– de sostener la idea errónea de que la lectura todavía necesita un lugar.








