De todos los dioses salvajes que inventamos los humanos, ninguno resulta tan implacable como aquel con el que dimos forma al tiempo. Crono, que ya en la Antigüedad vino a fundir dos divinidades distintas, solía representarse con una hoz en la mano, instrumento con el que castró a su padre Urano y con cuyo filo, según pinturas posteriores, cercenó también las alas de Cupido. La alegoría no podría estar mejor construida, porque cada instante de nuestra vida evoca una suerte de parricidio freudiano. Cualquier segundo nace gracias a la muerte del instante precedente. Y si el presente surge de la muerte del pasado, no es menos cierto que este mismo presente morirá a manos de un futuro inminente.
Los antiguos supieron advertir que el fluir del tiempo no era caótico. Las cosechas, las estaciones y la propia vida parecían someterse a una cadencia que venía dictada por la regularidad de los astros. En la rotación de las esferas encontraron no solo un orden, sino una promesa de inteligibilidad. Medir el tiempo fue, en ese sentido, una forma de leer el mundo. Por eso la aparición del reloj mecánico no debe entenderse como un simple progreso técnico, sino como una de las más audaces traducciones que ha llevado a cabo nuestra especie: condensar en un objeto minúsculo el pulso entero del universo.
Construir un reloj mecánico para luego abrocharlo a la muñeca constituyó un gesto de soberanía. De algún modo, una réplica del cosmos quedó resumida en el conjunto de muelles y engranajes que componen un ingenio que casi consigue materializar un sueño todavía incumplido de la historia de la ciencia: la creación de un mecanismo que reproduzca un movimiento perpetuo. Pocas cosas se parecen más a rozar la eternidad con los dedos. La aparición posterior de tecnologías más exactas no ha hecho sino subrayar la singularidad de ese empeño. Frente a la frialdad de lo digital —desconfíen siempre de quien lleve un pequeño ordenador de pulsera— el reloj mecánico conserva y respeta la dimensión dramática del tiempo.
Cada reloj automático o de cuerda, por sencillo que sea, exhibe la dignidad de nuestra especie, su grandeza y su modestia. Hemos sido capaces de imponerle una pauta y una medida al tiempo, pero no podemos habitarlo sin perderlo. De ahí que en todos los relojes haya algo de conquista, pero también mucho de confesión. Vivimos y morimos gracias al tiempo. A fin de cuentas, cada reloj mecánico nos recuerda que somos esa especie capaz de convertir nuestra condena en arte.








