Si alguien escribiera las vidas paralelas plutarquianas del siglo pasado y buscara a los Pompeyos y Gracos, contrafiguras y modelos para la posteridad, que rompían castas e instituciones, los primeros del futuro y la herencia, tal vez debería eludir a políticos y generales. Y detenerse en un año particular que fue 1926 y sus escritores. En plena primavera radical, o según otros en el cabaret alvearista, la literatura argentina empezaba a reescribir la historia nacional, asomando su cabeza desde Jacobo Fijman a Victoria Ocampo. El viejo país de las mieses y surcos se iba desangrando a lo lejos en la nueva realidad de sabiondos y suicidas que anunciaban las patas en la fuente y las librerías revolucionarias de barrio, tropezando las sillas de la fiesta de pocos. En un magistral ensayo Enrique Pezzoni, un fino auscultador de los indisposiciones de nuestra sobremesa literaria, señala que “En 1926 se publica en Buenos Aires El juguete rabioso de Roberto Arlt y Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Hoy resulta espectacular la aparición simultánea de dos textos que trabajan en sentidos opuestos y hasta se muestran como fijando, en la posterior literatura argentina, actitudes radicalmente divergentes respecto a la realidad histórica y las contradicciones de clase”. A lo que Pezzoni, maestro de críticos atentos a las voces del texto, rematará con palabras de guerra en un centenario de muestras y reediciones de estos clásicos del arcón escolar: “en Don Segundo Sombra el ingreso a la zona de inmovilidad arquetípica, el regreso a la Orden paternalista, inmovilizador. En El juguete rabioso el Orden ileso que es tejido, textura, texto muerto. Arlt provoca al lector crítico”.
“En 1926 se publica también Los desterrados de Horacio Quiroga, como muchos otros libros que hacen de ese año uno muy particular”, señala Sylva Saítta, quien junto a Laura Juárez dirige y edita por primera vez la obra completa de Roberto Arlt por la Editorial Universitaria de Villa María (Eduvim), y es co-curadora de la actual muestra sobre el autor de Los siete locos en el Centro Cultural Recoleta, “Dicho esto, creo que efectivamente Don Segundo Sombra y El juguete rabioso pueden ser leídos en tándem, en diálogo, porque Don Segundo Sombra cierra en el siglo XX de cierto modo la literatura gauchesca. Ricardo Güiraldes escribe una novela que transcurre en el ámbito rural, donde aparece la voz del gaucho, pero es una novela cuyos procedimientos están en diálogo con la literatura europea, más específicamente con el simbolismo, y por eso es una novela que fue celebrada tanto por Leopoldo Lugones como por la vanguardia del periódico Martín Fierro. En cambio, El juguete rabioso es la novela que abre a la gran nueva narrativa, la novela urbana y moderna que siguió. Leopoldo Marechal, Julio Cortázar y Néstor Sánchez serían impensables sin Arlt”, destacando los puntos en común en el papel, ambas novelas de iniciación en la trinidad de maestro-discípulo-medio, hibridez de lenguajes, ambos narradores bastardos y con deseos de ser escritores; y fuera de la guillotina, debido a la profunda amistad entre los escritores.
Arlt secretario de Güiraldes, el estanciero mecenas, poeta y narrador de a ratos, que corregía los manuscritos de La vida puerca, publicó adelantos en la revista Proa, y sugirió el surrealista título definitivo, El juguete rabioso. “Fue como una especie de Don Segundo para Arlt que le dedicó la novela”, refrenda el escritor Hernán Ronsino. “¿Y usted cuándo se va a poner a escribir en serio?” lo chuceaba el hijo de la inmigración pobre Arlt a su jefe, según Noé Jitrik, y Güiraldes se despachará con Don Segundo Sombra, versión muy mejorada “del primer grito de arreo” de la anterior Raucho (1917), y que consumió casi la última década de su vida.
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La Biblioteca Nacional presentará desde el 24 de septiembre 1926 – Memorias del futuro, que en documentación y primeras ediciones, muestra la irrupción de las firmas que dirimieron las épicas y los naufragios de la literatura argentina contemporánea. Allí, por supuesto, el tándem Güiraldes-Arlt de ubicuo maelstrom. Guillermo David, el ensayista y curador a cargo de la coordinación cultural de la biblioteca pública, señala que “al colocar en serie a Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes y El juguete rabioso de Roberto Arlt se produce de inmediato un efecto con algo de verdad: pueden considerarse el anuncio del fin de un periodo y el comienzo de otro. La primera obra fue leída como la elegía a un mundo ya ido, el de la épica gauchesca, despojada del heroísmo del género que había transformado al gaucho en emblema de rebelión desde el Martín Fierro y la saga de novelas de Eduardo Gutiérrez. Ya no se trataba de la denuncia de una situación de opresión a través de la voz del gaucho indómito sino de la pedagogía del respeto al hijo del patrón por parte del paisano predilecto del estanciero. Por su parte, Arlt erige una poética urbana dándole voz al habitante frágil de la ciudad señorial en crisis, y hace visibles sus sombras ominosas en medio del descalabro propio de una cultura en ebullición”, puntualiza de uno de los ejes de la exposición, y que tejerá madejas de Jorge Luis Borges a Vicente Rossi, de Enrique Cadícamo a Armando Discépolo, entre otros, quienes tensionan y complejizan el picadero de Arlt y Güiraldes.
En la malla de Arlt. Sylvia Saítta, como antes Óscar Masotta, José Amícola y Ricardo Piglia, entró a la cofradía de rengos, castrados y bizcas de Arlt por una lectura cuerpo a cuerpo, en su primera beca de estudiante a los 22 años, “lo que más me sedujo fue el reconocerme en un escritor argentino por primera vez, tal vez por mi origen de clase, tal vez porque yo también venía de una casa sin bibliotecas, por la idea de que se puede a fuerza de trabajo, que es una de las grandes enseñanzas de Arlt. Lo que me convocó de su figura es el esfuerzo y la construcción constante de una imagen pública, a partir de la cual este joven escritor que no tenía nada, ni siquiera un trabajo estable cuando publica su primera novela, se largó convencido de que iba a lograr un lugar en la literatura”, señala la investigadora de El escritor en el bosque de ladrillos. Una biografía de Roberto Arlt (2000), donde lo define un escritor de síntesis, ni Boedo ni Florida, en una incómoda tercera zona de subrepticia semilla en César Aira y Sergio Bizzio.
Otros entraron a Arlt por los planos de angustia. El artista visual Daniel Santoro, quien ilustró Los siete locos y Los lanzallamas, reconoce la influencia del periodista de las Aguafuertes porteñas en “la increíble capacidad para mirar, tan vanguardista, asociada al cubismo y el expresionismo. Un tipo que seguramente desde los bares lo ve todo, lo material e espiritual, en esa tarea que a mí me identifica cuando pinto. Ese plano de angustia que muchas veces uso para preguntarme visualmente por qué hicimos un infierno de esta vida que era tan linda”, menciona. Y hace Santoro riesgosas tangentes que ya en vida sacudieron al mismo Arlt, que no era admitido a la derecha, el paralizador de “escribe mal y es un imbécil inculto” -algo que el mismo Borges quiso remendar al vampirizar El juguete rabioso en el cuento “La intrusa” del El informe de Brodie (1970)-, ni a la izquierda, que a pesar de tardías viudeces, rezongaba con la lógica horizontal de Arlt de humillado a humillado, de oscura picaresca y traiciones, sin utopías, salvo que exploten todos.
“Meterse en las miserias de la vida, en la circunstancia precaria en la que siempre estamos viviendo, en donde no hay refugios a la vista, es allí donde nace el peronismo, que siempre actúa sobre la intemperie. Porque así ha sido la vida del pueblo argentino, vivir en la lucha contra la intemperie, y a veces el peronismo es quien te da una especie de techito para seguir peleando por una rosa. Ese gesto de movimiento y trabajo continúo en la búsqueda de la felicidad, entre las mezcolanzas de lecturas y experiencias, varios fracasos y sufridas alegrías, venas abiertas inmigratorias y criollas, es lo que nos lega Roberto Arlt. Con él ya no estamos solos en nuestra pelea contra los monstruos de la conformidad. Podemos vencer”, sentencia Santoro.
El gaucho que llevo en mí. Contaba el artista Benito Quinquela Martín que una vez en la Peña del Tortoni, que justamente comienza a funcionar a 1926 recibiendo en sus primeros meses a Alfonsina Storni y Raúl González Tuñón -igualmente publicados ese seminal año-, Ricardo Güiraldes llevó poemas franceses. Y ante la mirada reprobatoria de los peñistas sacó inmediato anticipos de Don Segundo Sombra que a Quinquela “lo conmovió por esa mirada integradora del ser nacional”, recordaba el pintor que también crea un arquetipo en sus lienzos, un modelo atemporal de lazos porteños, con La Boca. La escritora y periodista Irene Chikiar Bauer rememora cómo accedió ella a la obra de Güiraldes, “en etapas; en el colegio, porque por entonces leíamos en el secundario el Don Segundo Sombra. Por otro lado, hace cerca de treinta años que paso parte de la vida en San Antonio de Areco, y allí conocí a personas que me hicieron revisitar la obra y saber más como Cecilia Smith, José Draghi, Alberto Lecot, Elba Iriarte, Adolfo Güiraldes -sobrino de Ricardo, una leyenda arequera-, y a otros miembros de su familia. De Ricardo Güiraldes me fascinan sus múltiples facetas, pasó sus primeros años en París, luego vivió en Buenos Aires, y tuvo una juventud viajera de dandy cosmopolita y tanguero. Todo esto mientras la vida de campo, y en especial San Antonio de Areco, eran una referencia para él, ya que su madre era descendiente del fundador del pueblo, y su padre dueño de la estancia La Porteña, que junto a la pulpería La Blanqueada son espacios arequeros -hoy visitables- determinantes en la novela. En ella se conjugan lo criollo y la alta cultura. Como dijo Borges, más allá de que se considere a Don Segundo Sombra un libro nacional, abundan “metáforas de un tipo que nada tiene que ver con el habla de la campaña (…) fue necesario que Güiraldes recordara la obra de Kipling y Mark Twain, y las metáforas de los poetas franceses para este libro argentino no menos argentino, lo repito, por haber aceptado esas influencias””, redondea.
“A mediados de la década del veinte del siglo pasado muchos escritores pensaban que estaba casi todo por hacerse. Pensemos que en el París de 1922 Ricardo Güiraldes y su esposa, Adelina del Carril, conocieron a Joyce y compraron un ejemplar del Ulysses. Y que luego Adelina aportó una importante colaboración económica para la fundante traducción del libro al francés”, enmarca el paso innovador de Güiraldes, y prosigue Chikiar Bauer, la autora de libros sobre Edith Stein y Eduarda Mansilla, “Si a eso le sumamos lo que sucedía con los grupos Boedo y Florida, y el manifiesto martínfierrista, vemos que había un clima de efervescencia increíble. A propósito, la respuesta de Güiraldes al manifiesto, en 1924, y su apoyo al grupo, es significativa: “Sí, hay una sensibilidad y una mentalidad argentina. Si no fuera así no tendríamos razón de ser sino como terreno baldío, vendible en lotes”, refiere.
Raúl González Tuñón, el poeta de los que no tenían voz en los versos de La rosa blindada, señalaba en los setenta que “Ricardo no era de ningún modo un reaccionario, como creen algunos. Basta leer el editorial aparecido en el primer número de Proa, redactado por él. Y qué decir de su generosidad. Ayudaba con delicadeza a los jóvenes que aún no habían publicado su primer libro, uno de ellos Arlt”. En aquella editorial Güiraldes estampaba en 1924, “Y ya serenados después del combate fructuoso de la primera hora cerremos esta etapa dando mayor importancia a la obra por construir”, en el tiempo que escribía en el poco conocido “Nosotros”, “¿Qué es esta división entre el pueblo y la gente pseudo-culta? O que la ciudad (civilización) debe imperar sobre el campo (barbarie). Ése es a mi entender la división entre el país y el no país. Desde el principio del coloniaje había de cavarse este foso. Si el gaucho hubiese gritado: señores miren que también tenemos virtudes, hubieran oído esta respuesta: ya hablaremos más tarde. Ha llegado ese más tarde”, puntualizaba Don Ricardo, Don Segundo, mateando con Raúl Scalabrini Ortiz, otro hijo pródigo del 26´.
“Don Segundo Sombra nos sigue hablando de la argentinidad. Porque después del Martín Fierro tenemos al Don Segundo Sombra”, comenta Patricio Santos Ortega, director del Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco, que presentó en Buenos Aires recientemente la reedición junto a la universidad nacional de su ciudad bonaerense de la cumbre güiraldeana, “tal cual pudo leerla un lector de 1926, con las mismos erratas y tipos que salieron de la imprenta de Francisco Colombo”, subraya, y refuerza que la vigencia del libro es porque “sigue perviviendo en nuestros usos y costumbres. O sea, el compartir un código de hermandad y amistad entre nosotros, que suena muy de mafioso, pero permítanme que utilice ese término desde lo positivo. El tema del que te doy mi palabra y se cumple. Ese legado de nuestros gauchos es lo que vemos que busca la gente cuando visita las salas del museo, ahora mismo con una exhibición en torno a los cien años del libro. No creo que vayan a buscar el origen del gaucho sino el origen nacional que representa Don Segundo Sombra”, comenta. En la amistad de Güiraldes y Arlt, digamos mucho menos posible que la del desclasado Fabio Cáceres y su maestro taoísta Don Segundo Sombra, cifra “esa claridad tan tenaz” tal vez algún sentimiento humanista del rabioso Silvio Astier, “a veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y que todo es nuevo, flamante, hermoso”. Al menos, bajo techito, una vez, una gran luz de amor entre hermanos entreverados.
La rastra de los hermanos en pena. “Yo destaco en el modo que cada uno trabaja distinto lo popular”, enfatiza Ronsino, en otro acercamiento de estas prácticas metanarrativas instauradas por Arlt y Güiraldes, que abordan la pregunta por el ser nacional. “Una forma de lo popular, ya canonizada que permite, por ejemplo, que Don Segundo se vuelva un libro muy leído, porque el público tiene internalizado ese imaginario, y es además un gran libro; y por otro lado, Arlt que explora una nueva forma de lo popular, esa de la mezcla con los inmigrantes, de los explotados y oprimidos a principios del siglo XX que no logran poder integrarse. Pero este imaginario es perseguido, despreciado en esos tiempos, y por eso el reconocimiento de Arlt llegará más tarde”. Arlt en sus escritos como historiador del porvenir y, a la vez, geólogo dinamita en mano de modelos de país.
“El juguete rabioso y Don Segundo Sombra son dos universos opuestos. La novela de Güiraldes es una utopía rural, con lo que sueña. Lo que propone esa novela es una vuelta a un mundo integrado, donde no hay ni cuestiones de clase, ni hay litigio en el que termina siendo el dueño de la tierra, que es el personaje, el narrador. En cambio, la sociedad y el mundo que imagina Arlt es un mundo y una sociedad en la cual es muy difícil, por no decir imposible, una incorporación y una aceptación si no se proviene de una clase determinada. La gran pregunta de El juguete rabioso es cómo se incorporan los jóvenes que provienen de los sectores populares al mercado de trabajo. Y a esa pregunta la novela no le da una respuesta ”, sostiene Saítta. Desde las primeras recuperaciones de la obra arltiana, en el amplio espectro que venía de la izquierda comunista de Raúl Larra y su Roberto Arlt, el torturado (1950) a la muchachada de la revista Contorno, David Viñas también realizaría una lectura comparativa, situando ambos autores sin embargo más cercanos ideológicamente: “la falta de grandes tensiones en el periodo alvearista, el de radicalismo liberal, se traduce de manera mediata en la clasicidad de Güiraldes en Segundo Sombra: su velada y oportuna mitificación del nexo amo-esclavo”. Y recordando las lapidarias sentencias a la “neogauchesca” de Arlt, del gaucho como “langosta humana” a sus exaltadores, una “cáfila de escritorzuelos desocupados” -aunque Arlt con menos virulencia al reseñar a su querido Güiraldes, toda para destrozar al Enrique Larreta de Zogoibi de 1926-, Viñas emboca otra de las suyas, “Arlt continúa implacable su campaña contra el gaucho, recuperando la tradición liberal más violenta, de decisiva incidencia incluso en la izquierda tradicional”.
El desierto de Arlt y el sendero de Güiraldes. “Algún día, cuando nuestra sensibilidad se encuentre más depurada y sea más fina y temblorosa, sabremos qué hombre era aquel” razonaba en 1929 en una de sus aguafuertes Roberto Arlt, pensando en el actor Emil Jannings y un poco en él mismo, y en el año que vomitaría en llamas la saga incendiaria de Erdosain sobre la caldera fascista cruzando océanos y a la vuelta de la esquina. Para Sylvia Saítta las novelas de Arlt incentivan “una conversación crítica con la política, la sociología, la historia, las humanidades en general, algo que se intensificó creo después de la dictadura. Es notable como las ensoñaciones de estos personajes delirantes, locos, marginales, sean por momento figuraciones de lo que está sucediendo en el presente político, no sólo de la Argentina. Que ese mundo que imaginan el Astrólogo y quienes integran la sociedad secreta, ese mundo atravesado por guerras, es los que se piensa en nuevas formas de organización social a través de una vuelta atrás que los avances tecnológicos, por ejemplo, permiten para adormecer a las masas”. Daniel Santoro coincide, “¡qué tremendas aguafuertes haría Arlt! Todos los días escribiría a cuatro manos, enloquecido de acá para allá, metiéndose en todos los nuevos recovecos que la realidad esta produce, con esa capacidad de sabotear grupos y estar atento a lo que está produciendo socialmente la técnica. Estaría fascinado con la técnica, eso no sé si no lo llevaría a lugares rarísimos, y dudo si estaríamos conformes con la deriva que podría tener Arlt”, advierte. Para David cabe otra dificultad, “el lenguaje de Arlt da cuenta del habla cotidiana de los sectores subalternos que demoraría décadas en volverse la marca identitaria de la literatura popular. Por ello mismo la legibilidad actual de ambos para un público no especializado se resiente por el cambio en nuestros modos de habla y hábitos de lectura, pero sobre todo en las temáticas y estilos, pertenecientes a un pasado que se visualiza como remoto”.
Y mientras interesa a Hernán Ronsino, “como lector me quedo pensando en la manera que cada uno aborda lo popular y cómo eso puede funcionar hoy, en la representación contemporánea de los diversos imaginarios de lo popular”, Irene Chikiar Bauer anota las posibles persistencias de una sombra que se extiende infinita peregrina de la pampa y la literatura, “la vuelta al campo es, parafraseando a Heráclito, un “nunca se vuelve al mismo campo”. En cuanto a continuadores, preferiría hablar de quienes toman la posta: en 2026 apareció la novela de Martín Kohan La separación, que no podemos dejar de mencionar, en la que el territorio, ya no está atravesado por tropillas, y apenas se ve algún caballo a la distancia, mientras que el protagonista se asoma a Areco en un viaje en micro por las autopistas argentinas. Estamos frente a un nuevo viaje y misterio”, presiente.
Durante la presentación de la edición al estilo 1926 de Don Segundo Sombra, en una entrevista para la Universidad Nacional de San Antonio de Areco, Ivonne Bordelois, ensayista de Genio y figura de Ricardo Güiraldes (1966), sostuvo que tres lustros antes de la centenaria novela el autor aseveraba que en “su país todo en él era imitación y aprendizaje y sometimiento. Salvo en el gaucho que, ya bien de pie, decía su palabra nueva. A mí eso hoy me toca y me parece que es el mensaje de Fabio Cáceres, el que va por un camino de libertad, resiliencia e independencia, una vida nueva hecha de movimiento y espacio. Es un bonito mensaje para que los chicos dejen pantallas y se animen a lo distinto”. Una prepotencia de la intuición, celebrada también en Silvio Astier (a) el Rubio (a) Roberto Arlt, para avanzar hacia lo desconocido.








