En 2004 Emecé publicaba, con prólogo de Leopoldo Brizuela, un tomo con toda la narrativa de ficción de Sara Gallardo, salvo sus dos novelas más extensas: Los galgos, los galgos y Eisejuaz. Ambas fueron reeditadas por Fiordo en 2024 y 2025 respectivamente. Ahora esta pequeña y exquisita editorial lanza El país del humo, único libro de cuentos de la autora publicado por primera vez en 1977, y hecho en realidad de mosaicos poéticos, que conforman el mapa de un país tan imaginario como real, tan histórico como mítico y fabuloso, evanescente y errátil como el humo, pero anclado en las memorias y en los sueños.
Después de los primeros ocho relatos, no encabezados por ningún título, el libro cuenta con siete partes de extensión y factura desigual: “En el desierto”, “En el jardín”, “Puñales”, “Dos alazanes y Cía”, “Tareas”, “Trenes” y “Destierros”. Lugares, actos y seres heterogéneos, aparecen y desaparecen en narrativas embrionarias o extendidas, en esbozos, retratos y destellos, sorpresas y encantamientos. El horror y la maravilla se cruzan en un juego de formas y de pasiones que desbordan los marcos de los géneros literarios, trazando un abanico que va desde la crónica a lo fantástico y sobrenatural.
Naturaleza e historia, ciudad e intemperie, civilización y barbarie, lo animal y lo humano, lo “nuevo” científico-tecnológico y lo arcaico-mitológico, lo moderno y lo intemporal, lo efímero y lo eterno, lo europeo y lo americano, la belleza y la monstruosidad, la crueldad y la compasión, son las grandes oposiciones semánticas que modelan los textos pero, lejos de aglutinarse en bloques separados, con asignaciones fijas de valor (positivo o negativo), interactúan en combinaciones audaces y desde perspectivas diferentes.
Perturbadores relatos
El imaginario de lo monstruoso, especialmente estudiado por la crítica académica sobre Gallardo, provee algunos de los más potentes y perturbadores relatos: “En la montaña” y “Fases de la luna”. En ambos casos, los monstruos propiamente dichos provienen del folclore: el “abominable hombre (en este caso, mujer, o hembra) de las nieves” en el primero, y el lobizón, o licántropo, en el segundo, que se insertan en el territorio salvaje de los Andes helados, o de la pampa inmensa).
Sin embargo, estos seres destructivos y temibles pueden ser el comienzo de una “raza nueva” (el hijo de la Yeti y del soldado español desertor que decide abandonar tanto el lenguaje humano como la guerra), o posibilitar el cumplimiento de una misión espiritual: el sacerdote desgarrado por el muchacho lobo, llega a bautizarlo y a recibir su sonrisa de dicha, antes de que ambos mueran.
En ese mismo cuento, este misionero alemán que practica, al extremo de inmolarse, la compasión humana, encuentra en su camino a un compatriota: el naturalista en busca de otros monstruos, los desmesurados fósiles de dinosaurios que poblaron la tierra en un tiempo anterior a la humanidad.
Si a veces los “civilizados” entran (para mal o para bien) en el espacio de la “barbarie” (el “Desierto”) o de la naturaleza indominable (el burócrata jubilado cuya casa de ensueño se transforma en una barca, abandonada a la deriva de un mar tempestuoso), otras veces son los animales quienes deben arreglarse para sobrevivir en el escenario hostil de la ciudad.
“Las ratas” (relato del que también se ha hecho alguna lectura política) cuenta la mudanza forzada de familias enteras de roedores cuando se derriban, por la reforma urbana, los edificios de la Avenida 9 de Julio. Sobreviven a los operativos de exterminio y terminan por ocupar nuevas viviendas, metamorfoseadas en seres humanos y ocupando sus roles. Peor es la suerte del león joven que se fuga del zoológico, ansioso de libertad y dignidad, y que se atrinchera en una isla de los lagos de Palermo, donde le darán caza hasta matarlo.
Los caballos ocupan un lugar especial: son los únicos que se liberan con éxito, sin renunciar a su condición. “White Glory” es un extraordinario tordillo, vendido en Inglaterra a un estanciero del Sur que, gracias a un accidente ferroviario, evita la sumisión e, inalcanzable para indios y para criollos, se convierte en padre de una estirpe salvaje de sementales blancos.
Más legendarios aún son “Ése”, un caballo que canta al amanecer en “un tiempo anterior” (el illud tempus del mito), o los caballos fantasmas de “La carrera de Chapadmalal”, que puede leerse como un bellísimo poema en prosa. En los cuentos de “Dos alazanes & Cía”, los caballos de este pelaje, en sociedad con humanos, se vinculan con lo mágico y sobrenatural.
Criaturas vivas
Las máquinas pueden ser a veces criaturas vivas. En “Trenes”, hay viejas formaciones descartadas que se resisten a ser destruidas y protagonizan una rebelión nocturna (“La gran noche de los trenes”) eclipsada de los noticieros por el desembarco del hombre en la luna. Otros vagones espectrales llevan a los muertos, cuyos rostros se congelan en un dolor infinito.
Sara Gallardo. Archivo Clarín.Uno de los cuentos de la sección, irónicamente titulado “Amor” comienza como un romance entre un ferroviario y la joven hija, frívola y vanidosa, del jefe de estación, para concluir en un desastre metereológico y un atroz asesinato, que se revela al lector en una rápida y magistral elipsis.
El mal, ejercido en diversas formas y por distintos motivos, atraviesa todo el libro, no solo se concentra en el sector titulado “Puñales”. La rica multiplicidad de puntos de vista y también de voces, permite que la narración o exposición se aborde desde todo tipo de tonalidades emocionales o de juicios morales, desde el horror y el repudio, a la despiadada frialdad o incluso la complacencia.
Desplazamientos, desarraigos, traslados, trasplantes de un ámbito al otro, llevan y traen a los variados habitantes de este cosmos inestable. La última sección se titula, explícitamente, “Destierros”. Su leit-motiv es la pérdida, pero también la reintegración y la transformación. “Reflejo sobre el agua” es, en este sentido, ejemplar: Elvira Cabrini, una mujer mayor que ha sobrevivido a los mayores duelos, sin embargo se ha sostenido en “el esplendor del mundo”, como “un paisaje que se refleja sobre un agua de oro”, hasta que ingresa en un territorio de aridez y deja de percibir esa luz que iluminaba todas las cosas. Reza para que la alegría le sea devuelta antes de su muerte y su deseo le es concedido con el deslumbramiento de un último amor.
Quizás ese reflejo de una revelación sea la mejor imagen para describir esta obra singular e inquietante que ilumina las sombras de nuestro país del humo.
El país del humo, de Sara Gallardo (Fiordo).







