una historia de los Austrias en el trono español

una historia de los Austrias en el trono español

“Bienaventurados los que alcanzan la cima, porque será cuesta abajo el resto del camino (…)”, cantaba Joan Manuel Serrat. Bien podemos aplicarlo a los Austrias, una dinastía que se inicia con Carlos I de España y V de Alemania, punto culminante de la hegemonía española en el Siglo XVI y principio de su decadencia.

Carlos, el primer Austria (o Habsburgo) en el trono español, gobernaba un imperio “donde no se ponía el sol”, que abarcaba desde las Indias Orientales (América) hasta el Sacro Imperio Romano Germánico (la Alemania actual).

En vano el muy católico Fernando de Aragón intentó engendrar un heredero en la joven Germaine de Foix, sobrina del rey de Francia, a quien desposó a la muerte de Isabel de Castilla. En 1509, la joven dio a luz a un niño que murió a las pocas horas de nacer.

Fernando, que había abusado de la cantaridina (el Viagra de la época), murió a los 63 años sin dejar un heredero, abriendo el camino de la sucesión a su nieto, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso. Con solo 17 años, un joven Carlos que ni siquiera hablaba español, llega a la corte de Castilla donde es recibido por su abuelastra de 29 años, con quien inicia un romance clandestino.

Carlos era un hombre ambicioso y de carácter acorde con sus circunstancias. Ticiano Vecellio, el pintor veneciano, nos ha dejado un retrato ecuestre del primero de los Austrias en el trono español, hoy exhibido en el Museo del Prado.

Sus ojos azules de mirada decidida y su mandíbula cuadrada y prominente sugieren el carácter fuerte que le permitió consolidar el dominio español sobre América.

Estos rasgos siguen presentes en su sucesor, Felipe II, según el retrato de la pintora italiana Sofonisba Anguissola, también en el Prado. Sin embargo, a partir del reinado de su hijo Felipe III, empieza la decadencia tanto genética como política. Este rey delega el gobierno en su favorito, el Duque de Lerma, y se dedica a sus devociones religiosas, las partidas de caza, el teatro y el juego.

Su sucesor, Felipe IV, ya muestra los signos físicos de la degeneración. De los dos matrimonios de Felipe IV, el segundo fue con una sobrina. La razón política llevaba a uniones cada vez más endogámicas y una progenie cada vez más débil y enfermiza. Este monarca delegó totalmente el gobierno en su valido, el conde-duque de Olivares.

En su corte vivieron y produjeron su obra los geniales Francisco de Quevedo y Diego Velázquez. Este último retrató sin piedad al rey y su familia. En su retrato del joven Felipe, vestido de negro y con una gorguera blanca, podemos ver a un tiempo la actitud indolente y los rasgos exagerados (prognatismo marcado, ojos de un celeste desvaído) que expresan la decadencia de la dinastía. En este retrato, también en el Prado, se inspira Antonio Machado para su exquisito e irónico poema:

‘Nadie más cortesano ni pulido / que nuestro Rey Felipe, que Dios guarde, / siempre de negro hasta los pies vestido. / Es pálida su tez como la tarde, / cansado el oro de su pelo undoso, / y de sus ojos, el azul, cobarde. / Sobre su augusto pecho generoso, / ni joyeles perturban ni cadenas / el negro terciopelo silencioso. / Y, en vez de cetro real, sostiene apenas / con desmayo galán un guante de ante / la blanca mano de azuladas venas.’

A Felipe IV lo sucedió Carlos II, hijo del monarca y su sobrina Mariana de Austria, un príncipe enfermizo a quien llamaron “El hechizado” por su incapacidad de engendrar un heredero en ninguna de sus dos esposas.

Pero su esterilidad era lo menos grave: Carlos era un discapacitado físico y mental, tal como lo hacen sospechar sus retratos conservados en el Prado, donde la mandíbula prominente de sus antepasados se convierte en una marca de decadencia, lejos del mismo rasgo en Carlos I o Felipe II. Sus retratos realizados por Juan Carreño de Miranda, pintor oficial de la corte y discípulo de Velázquez, inspiran un poco de compasión por ese joven enclenque ubicado en un lugar tan inapropiado: el trono de España.

A su muerte, en 1700 con solo 38 años, lo sucedió Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, que gobernaría como Felipe V, iniciando la dinastía de los Borbones.