La literatura húngara tuvo importante difusión en las últimas décadas, con nombres como Péter Esterházy o los ganadores del Nobel, el más reciente László Krasznahorkai y poco antes Imre Kertész, con su testimonio sobre el Holocausto. Pero en igual plano de conocimiento se ubica el resurgimiento de Sándor Márai, impulsado por uno de los más influyentes editores europeos, Roberto Calasso, quien alentó durante los años 90 la reedición de sus obras.
La difusión se extendió a casi todos los países, redescubriéndolo en muchos casos y considerando textos como El último encuentro como una verdadera obra maestra. Casi todos sus libros aparecieron desde entonces, aunque recién ahora nos llega Último día en Budapest, un homenaje de Márai a su maestro, el escritor y periodista Gyula Krúdy.
Por citar a aquellos escritores de la Europa central de un siglo atrás, Último día en Budapest remite en cierto modo a El mundo del ayer, cuando Stefan Zweig evocaba el esplendor cultural de Viena, derrumbada tras la Primera Guerra Mundial y presintiendo el nazismo.
La ambición de Márai en Último día en Budapest no es tan amplia, pero lo cierto es que el libro es un lamento por un mundo perdido, el Budapest de escritores y bohemios, también acechado por las andanzas de las Cruces Flechadas de Horthy.
En realidad, Krúdy y Márai eran escritores y periodistas de distintas características. Aquel era un bohemio; Márai llevaba una vida más cómoda y reconocida. Cuando Hungría fue ocupada por los nazis, Márai pudo preservarse (y sobre todo a su mujer, judía) y solo publicó textos apolíticos.
Anteriormente se le conocían ideas de izquierda, pero el nuevo gobierno comunista lo calificó, con la terminología propia de la época, como “un burgués decadente”. En 1948, hizo las valijas, dejó su casa vecina al castillo de Budapest y se marchó; no regresaría jamás.
“Márai no fue un escritor aureolado por el ‘malditismo’ ni tampoco un marginado social desconocido o un mártir político. Al contrario, fue en general un señor cabal y mesurado, consciente de su ascendencia burguesa y dedicado en cuerpo y alma a la tarea que le gustaba y que sabía desempeñar a la perfección: la literaria. En ella volcaba su habilidad y su mucha sabiduría, nacida de la atenta observación de los sentimientos y las relaciones humanas”, describe uno de sus biógrafos.
Un día en la vida de…
Krúdy se apodaba Simbad, como el marino de Las mil y una noches. Y la novela Último día en Budapest, a modelo del Ulises, es solo un día en la vida de Simbad.
Ese día debe dedicarlo a comprar un regalo a su hija, pero en cuanto sale de su casa en el distrito III de la capital, su promesa de “portarse bien” se disipa. Toma un carruaje y le ordena al cochero recorrer los cafés, hoteles, baños turcos, burdeles y restaurantes de Budapest.
Será un paseo poético y melancólico, donde en cada escala reflexiona sobre aquel pasado: “Esta obra es una auténtica elegía. Fiel a su estilo musical, agudo y bien tensado, Márai le canta en primer lugar a su maestro y escritor Gyula Krúdy, al que emplea como protagonista, pero también a una sociedad ya destruida e, incluso, a sí mismo en sus tiempos de fervoroso cronista y personaje de la vida pública”.
En el tono nostálgico de Simbad (o del propio Márai) evocan “cómo eran las cosas cuando aún existían la literatura y el teatro. Luego todo cambió. ¿Fue por la guerra o por el espíritu del mal que carcomió la ciudad y atacó todo lo que era sagrado en ella?”.
Exalta aquel ambiente de cafés como fuente creativa para la literatura: “El deber del escritor no consiste en cuidar sus pulmones ni su corazón, sino en cuidar su alma y su mente. El único ambiente saludable donde los escritores están algo protegidos de las tentaciones del mundo, de los abusos de la burocracia y de la brutalidad del dinero, es el café. Es cierto que la cafeína y la nicotina desgastarán sus pulmones y su corazón, pero sus mentes florecerán y eso es lo más importante”.
Entre destino y destino, Simbad se da tiempo para escribir un texto, enviarlo al diario, cobrar algún dinero que se va a evaporar enseguida (y que tanto aguardaban en casa). “¿Dónde está el país de antaño, señor Simbad?”, le preguntan en una de esas tertulias. “En las almas”.
Y Márai apunta a la motivación de su maestro: “Escribía porque había visto y conocido la otra Hungría, la silenciosa, en la que la amistad y el amor, protegidos por la espalda del honor, aún vivían sus vidas secretas y sinceras. Sobre todo, escribía porque amaba a su patria, criticaba a su pueblo y deseaba reavivar las fuerzas de la nación. Escribía porque se compadecía de los húngaros, ese pueblo singular y taciturno, cuya fatalidad era tal vez poseer un sistema nervioso, un carácter y unos gustos más sutiles que el carácter y el sistema nervioso de los pueblos de alrededor”.
Recorrida
Márai nació en 1900 en Kassa, una ciudad del imperio austrohúngaro que hoy se conoce como Košice y –tras tantos cambios por las guerras y cuestiones políticas– pertenece al territorio de Eslovaquia. Su padre era abogado y Márai empezó pronto en el periodismo: ya publicaba sus crónicas desde los 14 años. Se casó con Ilona –Lola, la mujer de su vida– a los 23 y vivió en Alemania (Leipzig, Weimar, Múnich, Berlín) y París, donde fue corresponsal para medios húngaros.
Entre sus obras reeditadas aparecen La mujer justa, La herencia de Eszter, La gaviota, Divorcio en Buda, El amante de Bolzano, Los rebeldes, Liberación… Y brilla El último encuentro, casi un monólogo en el que un oficial del Imperio, ya retirado, espera a quien fuera su íntimo amigo para una cena en su cabaña. Estuvieron distanciados durante cuatro décadas por motivos que el relato irá develando.
Allí Márai escribe: “En el reencuentro, en la revancha, el hijo del capitán, de la guardia imperial húngara, está decidido a presionar a su compañero de escuela hasta que confiese: tiene una sola pregunta que hacerle, para la cual hay una sola respuesta, ‘porque los secretos queman los tejidos de la vida, como unos rayos maléficos, pero también te obligan a seguir viviendo’”, dice el texto. Una obra impresionante.
Sandor Marai. Archivo Clarín.Después de su travesía de tantos años junto a su amada Lola por Italia, Suiza y finalmente San Diego, California, donde decidió radicarse y pasar sus últimos años, la depresión terminó por hundir a Márai. En un lapso breve murieron su mujer y su hijo adoptivo, y él se suicidó.
Scott Martelle, en Los Angeles Times, precisó: “Cuando Sándor Márai tocó el cañón del arma en el paladar, ya había planeado cómo se desarrollarían los próximos minutos. Fue un martes cálido y despejado de febrero. La mujer de la limpieza tenía el día libre, así que no iba a entrar por allí. Los parientes vivos más cercanos de Márai —su nuera y tres nietas adolescentes— solo visitaban los fines de semana, así que ellos también se libraban del shock de encontrar a su querido Poppa en una habitación salpicada de sangre. Márai, un escritor conocido en otro tiempo y lugar por la precisión de su lenguaje, sería tan meticuloso en la muerte como lo fue en vida. La nota para su familia estaba terminada; su testamento, firmado y presenciado. Todo estaba preparado. Unos minutos después de la 1 p. m. del 21 de febrero de 1989, Márai cogió el teléfono y llamó a la policía, indicándoles dónde encontrar su apartamento con vistas al Balboa Park de San Diego y que estaba a punto de suicidarse”.
Sus parientes esparcieron las cenizas sobre las aguas del Pacífico, como Márai había hecho con los anteriores. Ese mismo año cayó el Muro de Berlín y poco después, el régimen comunista en Hungría.
Pero en Último día en Budapest, Márai había escrito el desenlace de su admirado Krúdy/Simbad: “El marino por fin volvía a su casa. La vela se consumió del todo y con su último resplandor iluminó el rostro de Simbad. Ahora ese rostro, con los ojos cerrados, era sabio, indiferente, severo. Solo en Oriente los caballeros se van tan dignamente e indiferentes cuando algo llega a su fin”.
Último día en Budapest, de Sándor Márai (Salamandra).








