Donald Trump llenó este martes de exageraciones, medias verdades, mentiras y ataques a sus rivales el primer discurso sobre el estado de la Unión de su segundo mandato. Fue una intervención larguísima, de 108 minutos, que batió un récord histórico. Con ella, el presidente de Estados Unidos quiso pintar, a nueve meses de unas elecciones de medio mandato poco halagüeñas para los suyos, el retrato en colores pastel de un país “harto de encadenar una victoria tras otra“, que resultó difícil de reconocer para muchos de sus compatriotas.
Peleado como suele con la verdad, Trump enhebró —ante una audiencia conjunta de congresistas y senadores y los millones de estadounidenses que siguieron una tradición de la política de Washington de alcance global— un relato que no se compadeció ni con los datos económicos ni con los índices de aprobación del presidente entre los ciudadanos, bajo mínimos y estancados desde hace meses.
Se trata de una historia según la cual Estados Unidos está viviendo una “época dorada”, “una transformación sin precedentes, un cambio radical para la historia”. Así lo contó su presidente, al que se le vio relajado y sorprendentemente sujeto a guion. “Nuestra nación ha regresado, más grande, mejor, más rica y más fuerte que nunca”, sentenció Trump al principio de su discurso en el Capitolio, que quiso poner en la perspectiva de la celebración del 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, “la nación más increíble y excepcional que jamás haya existido sobre la faz de la tierra”. El recurso a la “gloriosa” rebelión contra los ingleses, cuyo triunfo se conmemora el próximo 4 de julio, lo recogió de nuevo al final de su intervención.
No fue ni mucho menos la única exageración de la velada, que el presidente de Estados Unidos empleó en glosar los supuestos logros, fundamentalmente los económicos, de su Administración, y en atacar a su predecesor, el demócrata Joe Biden, que, dijo, le dejó “una nación en crisis, con una economía estancada, una inflación récord, una frontera abierta, un reclutamiento bajísimo de militares y policías, un crimen desenfrenado en casa y guerras y caos en todo el mundo”.
La noche empezó con un paseíllo del orador en el que saludó con efusividad a los suyos y con frialdad a los cuatro jueces presentes del Supremo, tribunal que el viernes pasado tumbó la mayor parte de los aranceles con los que Washington había desatado en 2025 una guerra comercial global. Pudo ser peor: Trump había llamado “idiotas” y “perritos falderos de la izquierda radical” a los seis (de los nueve) magistrados que le llevaron la contraria, pero supo mantener las formas este martes en la Cámara de Representantes.
Uno de los parlamentarios republicanos recibió al jefe con una gorra que decía “Trump tiene razón en todo”, mientras que un demócrata, el afroamericano Al Green, portaba una pancarta con el siguiente mensaje: “Los negros no somos monos”. Hacía referencia a un vídeo, manipulado por inteligencia artificial y publicado la semana pasada por el presidente, en el que Barack y Michelle Obama aparecían caracterizados como monos.
A Green lo echaron del hemiciclo. Al tipo de la gorra, no, pese a que las reglas del Congreso obligan a cierto decoro. La doble escena sirvió de ejemplo de la crispación en la que vive instalada la política estadounidense, y que condena en cierto modo a la irrelevancia la ceremonia de este martes, uno de los ritos favoritos de Washington: seguramente, nadie cambió de bando tras escuchar a Trump durante casi dos horas.
Para cuando este hubo subido a la tribuna, Washington ya tenía asumido que esta sería una noche larga, dado que el día anterior el presidente había avisado de que traería preparado un discurso extenso, porque, añadió, había “mucho de lo que hablar”. No hubo razones para no creerle, teniendo en cuenta la logorrea que maneja en los últimos tiempos.
Que Trump no tenía ninguna prisa quedó claro pronto, cuando —tras el primer repaso a sus logros y a algunas de sus obsesiones (desde la seguridad que asegura que ha traído a la ciudad de Washington a su tendencia a atribuirse el mérito de que se celebre el Mundial de Fútbol en Estados Unidos este año)— dio la bienvenida al equipo masculino de hockey sobre hielo. Venían de ganar una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de invierno.
El presidente se detuvo varios minutos en ese grupo de deportistas, a los que saludó apropiándose de su triunfo. “¡Estamos hartos de ganar!“, exclamó, levantando tanto la voz que por un momento pareció que iba a estropear el sistema de sonido. Después, con la misma parsimonia, el orador celebró la presencia de un héroe centenario de la II Guerra Mundial, sentado al lado de otro veterano, también centenario, de las de Vietnam y Corea del Sur.
Todos ellos estaban en la tribuna de sus invitados, un grupo de ciudadanos que sirvió a Trump para ilustrar los principales puntos de su discurso, que en sus primeros 75 minutos se centró exclusivamente en asuntos domésticos, salvo por una única referencia a Venezuela, país del que dijo que ya había proporcionado a Estados Unidos 80 millones de barriles de petróleo tras la captura del presidente Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.
El terrible asesinato de Iryna Zarutska, una joven que fue apuñalada hace seis meses a bordo de un tren en Charlotte (Carolina del Norte) en un suceso que recogieron las cámaras de seguridad, le permitió defender ante la madre de la víctima, que no podía contener las lágrimas, la lucha contra el crimen en las ciudades demócratas. Y Erika Kirk, viuda del líder juvenil trumpista Charlie Kirk, al que el presidente definió como su “gran amigo”, le dio pie a celebrar que “la fe, el cristianismo y la creencia en Dios” esté viviendo “un gran momento especialmente entre los jóvenes”. “La religión”, advirtió el republicano, “está volviendo con una fuerza que nadie creía posible”. Y añadió: “Es realmente hermoso de ver”.

La presencia de una joven de Virginia cuyo colegió la empujó, según Trump, a emprender una “transición social” de género “de espaldas a sus padres” propició un nuevo ataque del orador a sus rivales. “Esta gente está loca”, dijo el presidente sobre los demócratas. Estos estaban sentados a su derecha (salvo por unos cuantos que organizaron una protesta en la calle) y pasaron buena parte del discurso entregados a un voto de silencio al que se habían comprometido por indicación de sus líderes en el Capitolio.
Lo cumplieron, pero solo hasta que Trump forzó uno de los momentos más incómodos de su particular teatro. Fue cuando estaba hablando de la pelea parlamentaria que tiene suspendida la financiación del Departamento de Seguridad Nacional y en jaque la agresiva agenda migratoria de Washington. “El primer deber del Gobierno estadounidense es proteger a los ciudadanos estadounidenses, no a los inmigrantes ilegales”, subrayó el presidente, que pidió que se levantaran aquellos congresistas que estaban de acuerdo con esa afirmación. Solo lo hicieron los republicanos, que aplaudieron durante un par de minutos.
“Debería darles vergüenza”, espetó a sus rivales el presidente, que se lanzó a continuación a una defensa de la legislación que quiere sacar adelante para endurecer las condiciones del voto en las próximas elecciones. “Todos los electores deben mostrar prueba de ciudadanía para poder votar”, añadió, engordando el bulo, frecuentemente repetido, de que los inmigrantes irregulares participan masivamente. “Quieren hacer trampa”, afirmó Trump sobre los demócratas, a lo que la congresista Ilhan Omar le respondió a gritos acusándole de “matar estadounidenses” en las redadas migratorias que la Casa Blanca ha lanzado por todo el país.
Antes, Omar había asistido en silencio a los ataques del presidente a su comunidad, los somalíes de Minnesota, a los que Trump acusa de un engaño masivo en el uso de ayudas públicas que aprovechó para anunciar el nombramiento de su vicepresidente, J. D. Vance, como el líder de una “guerra contra el fraude”. En ese fraude no están aparentemente incluidas las maniobras de enriquecimiento de la familia Trump desde que su patriarca regresó a la Casa Blanca.
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El demócrata Al Green fue expulsado de la cámara durante el discurso sobre el Estado de la Unión
Hubo más anuncios. El republicano prometió una regulación para controlar el gasto de energía de las tecnológicas dedicadas a la inteligencia artificial, que están disparando las facturas de la luz de los estadounidenses. Y pidió al Congreso que avance en la aprobación de una norma que ponga coto a la inversión en Bolsa con información privilegiada de sus diputados, momento que utilizó para atacar a la expresidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi.
También dijo que los aranceles, que sigue empeñado en imponer a decenas de sus socios comerciales internacionales tras el varapalo del Supremo, servirán para “sustituir al impuesto de la renta”, aunque no especificó cómo piensa hacer eso.
Venezuela e Irán
La presencia del opositor venezolano Enrique Márquez, liberado de la cárcel más temible del chavismo, fue uno de los momentos más emotivos de la parte reservada a la política internacional del discurso, durante el que tres militares fueron condecorados, en un gesto también sin precedentes. La segunda medalla, al piloto de helicóptero Eric Slover, que resultó herido en la operación de captura de Maduro y cosechó el aplauso generalizado, llegó justo en el momento en el que Trump batió el récord de la intervención más larga de la historia del Congreso, que había establecido Bill Clinton en 2000.

Trump habló, como era de esperar, de las “ocho guerras” con las que asegura que ha terminado (cuando lo dijo, alguien desde la bancada demócrata gritó “¡mentira!“), y lamentó que se le estuviera resistiendo una, la de Ucrania. También dijo que “hará la paz” siempre que pueda, pero que no dudará en “enfrentar las amenazas de Estados Unidos allá donde surjan”.
“Nunca permitiré que el Estado patrocinador número uno del terrorismo tenga un arma nuclear”, añadió sobre Irán, en uno de los momentos más esperados de la noche para un país que parece caminar sonámbulo a una guerra contra un viejo y fiero enemigo para la que el presidente no ha pedido permiso al Congreso.
Después, Trump se refirió a la operación del ejército mexicano que el domingo pasado mató al capo Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho. Y lo hizo para atribuirse el mérito, como parte de una defensa de su política antidrogas y de las ejecuciones extrajudiciales de 150 tripulantes de supuestas narcolanchas en el Caribe o el Pacífico.
En su océano de palabras se echaron unas cuantas de menos. “Renee Good”, por ejemplo, la poeta y madre de tres hijos a la que mató la policía migratoria de Trump en Minneapolis. O “Alex Pretti”, el enfermero al que en esas mismas calles le descerrajaron una decena de disparos por la espalda dos agentes de la Patrulla Fronteriza. Tampoco sonó el nombre del millonario pederasta Jeffrey Epstein, que fue amigo de Trump durante 15 años y que tiene en jaque a los círculos del poder de Estados Unidos y del resto del mundo después de que el Congreso aprobara casi por unanimidad la liberación de los archivos de su caso que obran en poder del Departamento de Justicia.

Trump terminó su discurso como lo había empezado, con un viaje al pasado quimérico de 1776, el año de la Independencia. Empleó un lenguaje idealista y conciliador poco habitual en su retórica. “Hasta hoy, cada generación de estadounidenses ha dado un paso al frente para defender la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para la siguiente. Ahora es nuestro turno”, dijo leyendo del telepromter —de repente, sí— con impaciencia.
“La Revolución que comenzó entonces no ha terminado; aún continúa, porque la llama de la libertad y la independencia aún arde en el corazón de cada patriota estadounidense”, remató, antes de dar por concluido el discurso sobre el estado de la Unión más largo que se recuerda. Antes, también, de que republicanos y demócratas se disolvieran al filo de la medianoche para poner rumbo a sus realidades paralelas.








