Todo muy lindo con el Mundial de Clubes pero el campeón será europeo

Todo muy lindo con el Mundial de Clubes pero el campeón será europeo

Se acaba la fiesta y los que siguen bailando en la pista del Mundial de Clubes son los que llegaron en el auto último modelo, perfumados y con la billetera llena de dólares. El torneo que inventó la FIFA llega a su fin y se confirmará lo inevitable: los equipos de Europa dominan, someten y terminarán superando a los de Sudamérica.

Fueron cuatro semanas llenas de partidos, fútbol y color en Estados Unidos. Los estadios imponentes, la música a cargo de los DJs, con clásicos noventosos y una plataforma gratuita que nos mostró cada detalle en HD, hasta una cámara encima de los árbitros. Todo muy lindo pero el campeón será europeo.

Por más que los hinchas de Boca fueron noticia por el carnaval que llevaron a Miami. A pesar de que los fanáticos de River casi llegan a Canadá para seguir a los de Gallardo. Incluso con ese veranito de cuatro brasileños que se cortó en Nueva Jersey. Allí estuvo el Inter Miami de Messi, el Monterrey de Sergio Ramos, el Al Hilal de un crisol de razas. No hay “happy ending”: el Viejo Continente manda.

“Mientras más se multiplica la riqueza ajena, más crece nuestra miseria”, escribió Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina hace más de medio siglo. Los lamentos del poeta uruguayo tienen una vigencia absoluta y son un diagnóstico que se traslada también al fútbol. Porque siguen ganando ellos y cada vez nos sacan más distancia, pero siempre gracias a nosotros.

La mejor demostración de ese despojo al talento del Tercer Mundo se dio este martes en el MetLife Stadium, frente a Manhattan, la meca del capitalismo occidental. Chelsea, un club inglés adquirido por un empresario estadounidense que desembolsó 5.200 millones de dólares en 2022, se clasificó a la final tras ganarle sin atenuantes, aunque con cierta polémica, a Fluminense, el útimo sobreviviente de la Conmebol en la competición pergeñada por Gianni Infantino. Brilló el argentino Enzo Fernández, corazón y cerebro, dejando todo al lado del ecuatoriano Mosiés Caicedo. Pero la figura fue João Pedro Junqueira de Jesus, un chico de 23 años nacido cerquita de San Pablo, que metió dos golazos con la frialdad de un asesino porque no los gritó.

No los gritó porque salió del Flu, donde jugó un puñado de partidos hasta que en 2020, a sus 18 años, entró en el vértigo del mercado de transferencias: primero lo compró el Watford, después pasó al Brighton y ahora llegó a Chelsea, que la semana pasada le cortó las vacaciones y lo contrató a cambio de 80 millones de dólares. Llegó y se metió en el equipo. Tuvo minutos contra Palmeiras y debutó como titular frente a su ex equipo. No hay peor cuña que la del propio palo.

El otro finalista saldrá del Real Madrid, que se mueve al ritmo de Federico Valverde, uruguayo como Galeano, y del Paris Saint-Germain, ese megaemprendimiento qatarí que hoy parece apostar a la fórmula francesa pero que se hizo protagonista nutriéndose, explotando y descartando piernas forjadas en los potreros del sur del sur, desde Messi a Neymar.

Ganan y sacan distancia como nunca en la historia mientras aquellas viejas Copas Intercontinentales de gloria y orgullo nuestro sólo vuelven en forma de efeméride. Este año, el europeo que se corone campeón de la primera edición del Mundial de Clubes cobrará unos 150 millones de dólares en premios. Es el nuevo orden fútbol mundial y no es ninguna novedad. “Es la economía, estúpido”, como dicen en la llamada tierra de la libertad.