-Como una mujer que nunca baja los brazos. Una tozuda.
-En el Metropolitan (miércoles, 19:45) protagonizás la obra Al fin y al cabo es mi vida, donde te ponés en la piel de una escultora que queda cuadripléjica tras un accidente y pide una especie de eutanasia, ¿qué pensás de eso?
-En realidad, lo que ella pide es que le den el alta del hospital, sin esos cuidados extras. Sabe que no va a vivir mucho más tiempo y decide tener una mejor calidad de vida… O muerte, digamos. Porque así como vivió su vida plena, considera que no es digno el deterioro. Ni siquiera se puede levantar para hacer pis. Lo único que pide es el derecho sobre su cuerpo, que le respeten eso. La eutanasia es distinta. Puede ser más rápida, tomando algo…
– ¿Creés que uno tiene derecho a elegir cuándo morir?
-La pintura. ¡Me encanta! También cuidar las plantas y armar rompecabezas. Ahora estoy con uno que tiene mil piezas.
-Creo en un poder superior y en la naturaleza. Cuando vas a algún lugar, sea campo o montaña, vos decís: “Esto es superior”. Y una se siente chiquitita. Es la inmensidad. Soy católica, rezo y doy las gracias.
– La obra tiene la particularidad de que estás todo el tiempo acostada boca arriba. ¿Quedás dolorida al cabo de la función?
– No, quedo súper liviana. Me cuesta un poco levantarme cuando voy a hacer el saludo final porque no estoy muy bien del ciático. Y sí, es un trabajo extra estar acostada.
– ¿Es verdad que fuiste Miss Siete Días?
-No, fui primera princesa en un concurso de Miss Siete Días. Tenía 18 años. Después fui Reina Panamericana. Igual, no entendía nada. Me había metido en ese mundo porque había hecho algunas publicidades. Iba a estudiar biología.
– ¿Por qué querías ser biológa?
-Porque me encanta el mundo de las plantas y los animales. Con mis viejos nos íbamos de vacaciones un mes en carpa. Éramos cuatro indios. A mi viejo le gustaban los lugares solitarios. Íbamos por el lago San Roque, en Córdoba. Mamá siempre encontraba una cueva para armar la cocina. Fueron las vacaciones más felices que tuve.
-¿Qué se siente ser abuela?
-Es muy raro. Porque, de verdad, yo lo miro a Fausti, mi nieto, y es un amor que no se describe. Es como ver la inmensidad. Y lo que me conmueve un montón es ver a mi hijo Santiago en el rol de papá.
– ¿Lo primero que hacés cuando te levantás?
– Trato de agradecer. Abro los ojos y digo: “Está bueno esto”. Miro a Pipo (Luis Luque, su pareja), lo muevo y le digo: “Hey, gordo”. Y después suelo tener la nariz de Fainá, nuestra perra, y el maullido de la gatita.
– ¿Lo que más te costó como mamá?
-Dejar los miedos. Intentar ser una buena madre. Siempre tuve esa cosa de querer ser mejor. Soy muy de los mandatos, porque nuestra generación fue muy del parecer, tanto es así que, por ejemplo, no falté nunca al secundario. ¡Mis viejos no me dejaban! Y eso que tenía casi 9 de promedio.
– ¿Qué te sigue enamorando de Luis?
-El sentido del humor, aunque a veces lo quiero matar también por eso. Viste que las cosas que te enamoran -llevamos treinta y pico de años juntos- con el tiempo pueden hincharte. Pero nos hacemos chistes, pavadas. Nos divertimos. Pasamos de todo juntos. Cosas lindas, feas. Lo adoro. Es mi compañero.
– ¿Personaje más querido?
-La mamita de De carne somos. Y lo agradezco porque fue muy hermoso. El de Vidas robadas me gustó muchísimo. 90-60-90, La casa de Bernarda Alba y los de ahora, en El cuarto de Verónica y Al fin y al cabo es mi vida.
-La paciencia. Porque a veces te toman el pelo. Hoy, dejo pasar una, dos o tres, pero no me busquen (risas). No me enojo casi nunca, pero cuando me enojo soy horrible. Puedo lastimar. De chica era más impulsiva.
– ¿Qué te gustaría cambiar de tu vida?
-Quisiera tener un poquito más de tiempo.
-Las milanesas, el pastel de papa y los guisos.
– El año que viene cumplís 70, ¿pensás en eso? ¿Cómo lo vivís?
-Lo vivo tranqui, no le estoy dando mucha importancia. Sí quiero aprovechar, porque uno tiene conciencia de que está más cerca del final. Es lo natural. Me preocupa que el cuerpo no me acompañe, no lo estético. Ahora me empezó a doler el ciático y eso reduce mucho las posibilidades de hacer cosas. Me gustaría seguir lo más sana posible. Hay días en que te mirás al espejo y decís: “Me pasó un tractor por arriba” (risas). Pero doy vuelta el espejo y sigo para adelante.
– ¿Qué es lo que llevás siempre cuando estás de gira?
-Llevo una estampita de San Cayetano (patrono del trabajo). Los pocos meses que me quedaba sin laburo le hablaba y le decía: ‘Si vos no te portás bien, yo te doy vuelta, te castigo y no te miro mas’. Ahora pienso: ‘Qué locura, perdón santo’. (Risas). Ahora le sigo hablando, pero lo llevo de frente. Se portó bien conmigo.
– Volviendo a la obra, ¿qué harías en el lugar del personaje?
-Mirá lo que pasó con mi vieja. Ella era muy creyente, pero a la vez muy práctica. Decía: “Yo no quiero ser una carga para ustedes. Si me llega alguna cosa mal, no extiendan lo inevitable”. A los 84 años le agarró una leucemia galopante. Los médicos dijeron que como mucho tenía tres meses de vida. Tuvo sólo un mes. Nos ofrecieron dejarla internada o llevarla a una casa. Y me la traje a la mía. Estuvo un mes acá, con un enfermero, con cuidados y morfina. Y yo sigo un poco la línea de mi vieja. No quiero ser una carga para nadie.










