México se enfrenta a un delicado equilibrio regional, con un volátil Donald Trump apretando desde el norte y un mosaico desde el sur que va virando cada vez más hacia la derecha. La presidenta, Claudia Sheinbaum, ha hecho cálculos y ha dado un paso al frente: los días de perfil bajo comienzan a llegar a su fin. Tras varios gestos cómplices en el último año con sus homólogos más afines, la mandataria, poco dada a los viajes y menos fuera de lo estrictamente institucional, visitará Barcelona para encontrarse con los presidentes de Brasil, Colombia y España en un foro que busca construir una alternativa progresista al futuro que proyecta la órbita trumpista. México va tomando el lugar que, por tamaño y relevancia, le corresponde en una esfera ávida de referentes fuertes.
La asistencia de Sheinbaum al evento, al que irán más de un centenar de líderes mundiales, supone un punto y aparte en la estrategia seguida hasta ahora por su Gobierno y el de su predecesor, el también izquierdista Andrés Manuel López Obrador. La presidenta mexicana ha enfrentado las presiones del mandatario estadounidense con cabeza fría y mano izquierda, pero con un éxito siempre frágil que no ha ahuyentado del todo la amenaza de los aranceles o el intervencionismo militar. La agresión de Estados Unidos en Irán apuntala una conclusión que, por distintos caminos, aterriza en la postura de la mandataria: México debe ganar autonomía frente a su principal aliado comercial y para ello debe buscar alternativas a la tensa relación que hasta ahora había dominado enteramente las prioridades del país en su política exterior.
“México se va a quedar bastante solo en la región. Creo que no aprovechamos lo suficiente un contexto de bastantes gobiernos de izquierda en América Latina, y ahora hay un giro a la derecha muy importante”, apunta la internacionalista María José Urzúa. “Boric, que ha sido uno de los principales impulsores de este grupo, ya no está”, agrega. La victoria de la ultraderecha de José Antonio Kast en Chile fue un revés importante para la izquierda de la región, menos coordinada en muchos momentos de lo que lo ha estado su contraparte derechista, con Donald Trump marcando el paso a los ejecutivos del sur. Las elecciones de este año en Colombia y Brasil, con pronósticos aún muy inciertos, obligan a meter el acelerón a la alianza progresista antes de que sea demasiado tarde.
“Hay un esfuerzo por profundizar el acuerdo de complementación económica con Brasil que, dada la incertidumbre en otoño, deberían tratar de concretar en estos meses”, apuntala la experta, que cree que ese ha podido ser un factor determinante para Sheinbaum. La presencia de los dos países con más peso en la región es un claro mensaje al continente en un contexto en el que la mandataria mexicana, dice la especialista, ha ido distanciándose cada vez más de Estados Unidos, tanto en lo referente a la crisis en Cuba como en el tratamiento de los migrantes mexicanos por parte de ICE, la agencia migratoria estadounidense. Hace un par de semanas, la cancillería mexicana exigió una investigación por la muerte de un ciudadano mexicano en un centro de procesamiento en California. Al menos en el plano discursivo, Sheinbaum ha ido elevando el tono en las últimas semanas.
El terreno ha ido allanándose también en el frente español. Los dos países viven su mayor acercamiento en siete años tras múltiples desencuentros por la interpretación de la época de la Conquista, que llevaron a un congelamiento insólito de las relaciones en el plano político. Gracias, en gran medida, al papel mediador de la cultura y al último gesto de la Monarquía española, esa incómoda situación tiene visos de estar encarando su fase final. El viaje de Sheinbaum a Barcelona, ocho años después de la última visita de un presidente mexicano a España, confirma el deshielo entre los dos gobiernos en un momento clave para la unión de los progresistas. La firmeza con la que el presidente español, Pedro Sánchez, se ha opuesto al belicismo de Trump lo ha convertido en la cabeza más visible de la oposición europea al trumpismo, clave para la propia oposición latinoamericana.
En un contexto de fuerte alineamiento ideológico, mantener la tensión con un país cuyo Gobierno es afín en lo fundamental se antojaba, ante todo, impráctico. El encuentro de la semana que viene apunta también hacia un abandono de ese escenario. “La presidenta debería aprovechar esta reunión para hacer una pequeña bilateral con Pedro Sánchez. Una plática de pasillo, una foto, que se sonrían”, señala la internacionalista Pía Taracena. “Mandaría el mensaje de que la relación se ha distendido”, apunta. Los dos líderes comparten algo más: gozan de relevancia y autoridad en sus entornos regionales, donde los matices y los cuestionamientos internos quedan opacados por el cargo institucional que ostentan.
Sheinbaum es, con mucho, la líder izquierdista de la región con mayor respaldo popular dentro de su propio país, una legitimidad que añade peso a su voz. Muchos países esperaban que la mandataria mexicana ocupara ese liderazgo en el continente y ese paso al frente también puede dar sus frutos en la coyuntura interna. La presidenta todavía achaca el desgaste de intentar acometer una reforma electoral profunda que casi le cuesta la ruptura de la coalición gobernante. La iniciativa legislativa ha salido adelante, finalmente, descafeinada, pero los ánimos siguen bajos en la órbita morenista. Este nuevo impulso al desempeño mexicano en el área internacional podría convocar a la unión en un momento de gran fragilidad interna, con las elecciones intermedias a la vuelta de la esquina. “La cuestión cubana y el tema del ICE son importantes. Le hablan también al público doméstico”, razona María José Urzúa en ese sentido.
La incursión del Gobierno mexicano a la técnica del fracking para la extracción de gas, tras varios años renegando de ella, añaden su propio ingrediente a la coctelera. Por un lado, el Ejecutivo pretende lograr en el plano energético la misma autonomía que busca fortaleciendo sus vínculos con los países progresistas. Por otro, es una medida que genera controversia dentro de la propia izquierda mexicana, que se debate entre la defensa del medioambiente y la necesidad de soberanía energética. Nuevamente, darle a esa izquierda motivos para la unión juega a favor dentro de casa.
La incógnita, claro está, es el precio que tendrá que pagar con su vecino del norte, con quien comparte una frontera de 3.000 kilómetros y un intercambio comercial de casi 900.000 millones de dólares. México y Estados Unidos están a las puertas de la revisión del TMEC, el tratado de libre comercio que regula las relaciones económicas de Norteamérica. La animadversión de Donald Trump por Pedro Sánchez, dice Taracena, es pública y conocida por todos. Su volatilidad impide anticipar la potencial reacción del líder republicano al foro que tendrá lugar en España la semana que viene, pero una cosa es clara: México es el país que más se juega en su relación con Estados Unidos. La presidenta mexicana tendrá que hacer equilibrismo para evitar que un movimiento en un lado repercuta en el otro. Sin embargo, y a diferencia de su homólogo del norte, Sheinbaum no es impulsiva sino más bien todo lo contrario. Ha hecho sus cálculos y ha decidido mover ficha.







