Bastante interferencia tiene la Selección en la recta final hacia el Mundial, con las investigaciones judiciales y la exposición mediática de los cargos contra la cúpula de la AFA, como para que se sumen otras autoinfligidas, “errores no forzados” o “tiros en los pies”.
Enzo Fernández es una figura indiscutida de la Scaloneta, viene llegando a la Copa en altísimo nivel. Ahora está en duda que sus próximos dos meses antes del gran torneo vayan a ser tranquilos: su club, el Chelsea, lo suspendió por dos partidos.
La sanción es una enorme desproporción. Lo que hizo fue declarar que le gustaría vivir en Madrid. Su club percibe una manifestación de deseos de irse al Real, rumor que ya circulaba en el ambiente.
Un compañero suyo, Cucurella, también alude a una posible salida al Barcelona, pero el entrenador Liam Rosenior, un joven de antecedentes poco relevantes que llegó al Chelsea hace tres meses, lo evalúa un caso distinto: “Marc está totalmente comprometido. Quiere estar aquí”. Por oposición, es claro que para este tal Rosenior, Enzo no está comprometido ni quiere estar allí.
Tiene lógica que el club se moleste: pagó fortunas, lo nombró capitán y hoy no le ve entusiasmo ni pertenencia (buscó ampliarle el contrato, ¡que ya es hasta 2032! y él no quiso; fue crítico con el despido del DT Maresca; ahora coquetea con el Real). Pero el castigo se ve exagerado, y también el escrache público.
Enzo, por su lado, ya es grandecito y tiene altas responsabilidades y alto salario como para aprender a comunicar mejor, y no tener que andar disculpándose. Por un video ofensivo con los franceses en 2024, o por criticar el piso de la cancha de Boca hace unos días…
Y no suponer que como él se hace el distraído con compinches de streaming, en su club son todos bobos y no se van a dar cuenta de sus alusiones al Madrid.











