El sol se cuela por el amplio ventanal y el contraluz sólo permite ver una figura acodada en una mecedora. La silueta se ayuda en un bastón trípode para pararse y cuando el efecto lumínico desaparece surge el mismo Ricardo González de siempre. El tiempo pasa, es cierto, pero su cuerpo generoso, su mirada, su bonhomía y sobre todo su parsimonia al hablar no han cambiado. Es el Negro, el gran capitán de los campeones mundiales de básquetbol en 1950, el ícono del Club Palermo, el miembro del Salón de la Fama. Un prócer del deporte nacional que este lunes 12 de mayo cumple 100 años. Un libro abierto y lúcido que durante dos horas destilará simpatía, recuerdos, anécdotas, risas por los buenos viejos tiempos y algún lamento perdido porque el capitán es el único de aquella gloriosa Selección que sigue en el barco de la vida.
“A veces me pongo un poco triste porque no me quedó ningún compañero del Mundial. El año pasado tenía al Negro Bustos, con el que hablaba una vez por mes. Fue el último que me acompañó -recuerda a Pedro, riojano radicado a los 21 años en Córdoba y fallecido en julio de 2024-. Pero yo no me puedo quejar de la vida. El básquet para mí es una maravilla. Soy un agradecido a todo lo que me dio deportivamente y por el básquet hasta conocí a mi mujer (Rubí, de quien enviudó en 2019)”.
El tiempo, maldita daga, no pudo lacerar la unión inquebrantable de un grupo de jugadores que se hicieron amigos de la vida y que hasta que pudieron se citaban los miércoles en el legendario Club Palermo de la calle Fitz Roy. “Todos me decían: ‘Organizá vos las reuniones que sos el capitán’. A mí no me molestaba, al contrario. Siempre fuimos unidos y yo me llevaba muy bien con los muchachos. Nunca dejó nadie de hablarme”.
-¿Por qué piensa que sus compañeros confiaban en usted para ser el capitán?
-Uno se siente halagado, ¿no? Si alguno tenía algún problema, le decía a otro: ‘”Mandámelo!” Y a algunos les decía: “No hables lo que no sabés. Callate la boca”. No puede haber 15 tipos que piensen lo mismo. Siempre algunos no quedan tan conformes. Pero si tenían alguna inquietud, me la venían a contar. No puedo decir que era un gran jugador, pero era un buen jugador de básquet. Creo que entré al Salón de la Fama por cómo me comporté.
Cuando en septiembre de 2009 viajó a la ceremonia de inducción en Alcobendas, cerquita de Madrid, el discurso de Ricardo fue el siguiente: “Buenas tardes. Esta designación me pone muy contento y reivindica a todos mis compañeros de 1950. Por eso se lo dedico a ellos, a mi familia, a todos aquellos que amamos el básquet, a mi querido Club Palermo, a mis amigos de los miércoles. FIBA, muchas gracias. Hasta pronto y viva el básquet”.
-Cuando recibe la distinción, lo primero que hace es hablar de sus compañeros, no de usted. ¿Para usted qué fueron sus compañeros?
A medio metro de distancia, los ojos del Negro brillan cada vez que viaja al pasado. Va y viene con saltos temporales que habrá que ordenar, pero así es la memoria emotiva. Las carcajadas aparecen con las anécdotas. Toma del brazo al interlocutor, lo mide, lo acerca para contar secretos. Agradece el tiempo para conversar. Y hay que dejar hablar a alguien con tanto para contar.
Campeón mundial en 1950, en el Luna Park. Dos veces olímpico en Londres 1948 y Helsinki 1952. Responsable de triunfos memorables ante Estados Unidos. Doble medallista de plata en los Juegos Panamericanos de Buenos Aires 1951 y México 1955. Campeón mundial universitario en 1953. Un Globetrotter en la mítica gira de Palermo por Europa en 1951. Y una de las tantas estrellas deportivas argentinas a quienes la dictadura que derrocó a Juan Domingo Perón les cortó la carrera con una absurda suspensión de por vida en 1957.
Del estrellato al escarnio. De La Noche de las Antorchas a la oscuridad suprema hasta no hace demasiado tiempo. ¿Cómo no escuchar entonces a Ricardo Primitivo González entre agua tónica, jugo de naranja, sus icónicas medallas, la pelota de gajos y las fotos enmarcadas de un pasado de gloria?
El apasionado que se hizo olímpico
“Yo vivía en La Paternal y el club que me enseñó fue el Añasco. Lo curioso es que estaba en la calle Zapaleri (hoy Martín Rodríguez), donde estaba mi casa, y Añasco era la calle de atrás. ¡O sea que el club tenía el nombre de la calle de atrás, je! Pero ahí no pude jugar nunca porque no tenía una cancha reglamentaria -comienza a desgranar con su relato-. Después pasé al Club Sportivo Buenos Aires, que era muy grande, muy importante. Aparte de tener cancha de básquet, tenía una sede social en Gaona (1249). Y por los amigos fui a jugar al Club Gimnasia y Esgrima de Vélez Sarsfield (Joaquín V. González 1511)”.
-Una fiel muestra de la importancia de los clubes de barrio, porque el deporte en Argentina nació en los clubes. ¿Cómo era esa vida?
–Allí los chicos tenían un refugio y a la familia les gustaba porque sabían dónde estaban. Siempre digo que en los clubes uno comienza a conocer el compañerismo, a vivir la vida real, a ceder, a decir que no, a decir que sí. Cuando jugué al básquet no había un partido en el que no hubiera gente de Añasco viniéndome a ver. El club socializa al individuo. Para nosotros, el club fue nuestra segunda casa. Y muchos en el club tuvieron la primera casa, donde los respetaron. Se los educaba y aprendían a ser buenas personas. Es una pena que cada día queden menos clubes donde los pibes vayan a la canchita de fútbol o de básquet.
Como todo niño de aquella época, fines de la década del 30, el fútbol era parte de su vida. Pero tuvo que decidir. “Llegué a jugar en la Cuarta de la mañana de Chacarita. Vivía en La Paternal y las canchas de Chacarita y Atlanta estaban cerca -recuerda-. El kinesiólogo Falcione vivía en el barrio, estaba en Chacarita y un día me dijo: ‘Tenés que elegir: jugás al básquet o jugás al fútbol. Dejá uno de los dos’. Y yo le expliqué: ‘A mí me gusta más el básquet’. Tenía 13 años”.
-¿Y cuándo se da cuenta de que era bueno en serio para el básquet?
-Cuando me nombraron para jugar un Campeonato Argentino con 17 años, porque ya era la camiseta de Capital y significaba algo.
Pasó el tiempo y en 1947 Capital Federal cortó una racha de cuatro títulos para Santa Fe en el Campeonato Argentino de básquetbol. Como la reglamentación de aquella época indicaba que a la Selección iban cinco jugadores del campeón, cuatro del subcampeón y tres del tercero, Ricardo González se puso la celeste y blanca.
“Yo había entrado por un conocido a trabajar en el Citibank y ganamos el Interbancario, que tenía un nivel buenísimo. El problema se presentó cuando me convocan para la Olimpíada (sic) de Londres 1948: pedí permiso porque iba a estar comprometido tres o cuatro meses, entre la concentración, los viajes en barco y la competencia, y el nuevo gerente no me lo dio. Me fui. ¡Mirá si me iba a perder una Olimpíada!”, exclama haciendo “montoncito” con la mano derecha.
Foto Maxi Failla
Tres semanas duró el viaje en el navío “Brasil” hacia una Londres devastada por la Segunda Guerra Mundial. “Había fácilmente casi 200 atletas en el barco, junto a pasajeros comunes. Nos pasábamos la pelota de uno a otro porque no había aro y tirábamos al aire. Llegamos a Génova y tomamos un tren a Calais, donde estaba la Aduana nada más, porque lo demás no existía por los bombardeos -rememora-. Y cuando llegamos a Londres vimos manzanas enteras en las que había con suerte una sola pared de pie. A la gente le regalamos la comida que habíamos llevado en el barco porque tenían hambre. No sé cómo hicieron la Olimpíada ahí. A Londres la hicieron resucitar después de la guerra”.
-Ustedes eran amateurs. ¿Cómo pensaba que iba a ser el torneo?
-Mirá, yo creo que el equipo no era una maravilla, pero estaba bien. El problema es que tuvimos mala suerte en el sorteo, porque nos tocó Estados Unidos. Perdimos por poco, ahí nomás. Nos mandaron a otra zona y no jugamos bien. Fue una pena porque a los dos años salimos campeones del mundo.
En aquellos Juegos Olímpicos, Argentina comenzó con victorias por 57-38 ante Egipto y 49-23 ante Suiza. El impacto lo produjo la caída por apenas un doble (59-57) frente a Estados Unidos, a la postre campeón. Del lógico triunfo ante Perú por 42-34 se pasó a la derrota ante Checoslovaquia por 45-41. En la reclasificación, la Selección cayó 45-43 con Filipinas y 35-34 con Cuba, y ante el retiro de Hungría finalizó en el 15° lugar.
“Recuerdo que fuimos a ver a Delfo Cabrera en el maratón. Cuando entró tercero al estadio, estaba como nuevo. Entonces pasó a los otros dos y ganó el oro”, sorprende el Negro con esta anécdota. En realidad, el 7 de agosto el argentino entró segundo a Wembley, detrás del belga Etienne Gailly. Lo que sí sucedió es que lo pasó como un poste y ganó el maratón olímpico en 2h34m52.
Campeones mundiales
Ricardo González, con el cuadro de Argentina campeón mundial en 1950.Foto Maxi Failla
La Federación Internacional de Básquetbol resolvió justamente en Londres 1948 realizar en 1950 su primer Mundial. Argentina había sido país fundador de la entidad y Europa estaba en reconstrucción, por lo que el Luna Park sería la sede. Cualquiera que hoy se pare en la esquina de Corrientes y Bouchard no notará nada extraño del templo deportivo. Salvo que levante la vista y vea una placa borrosa con el tiempo, en la que se homenajea a los campeones. No mucho más. Ah, recién se puso en 2010, a 60 años de la consagración del 3 de noviembre.
“Jorge Canavesi armó primero una Preselección enorme hasta que quedamos los 16 elegidos”, recuerda González al profesor que los guió desde Londres 1948 y que integra el Salón de la Fama del básquetbol desde 2016, año de su fallecimiento.
-¿Qué les aportó Canavesi?
-Primero, el compañerismo. Formó tres grupos y en cada uno puso a uno de nosotros para que si alguien tenía que hablar, primero lo hicieran con ese y luego se lo transmitieran. Que no tuvieran miedo. Que las cosas que sintieran tenían que decirlas.
-A que usted era uno de los que representaba a un grupo…
-Yo tenía un grupo. Los otros eran (Rubén) Menini y Pillín (Oscar Furlong). Estábamos todo el día juntos. Vivimos 30 días en River. Los que eran casados se podían ir a la casa algunas noches, pero debían volver a la mañana. Teníamos buenos dormitorios y tres canchas de básquet con piso de madera. Tirábamos 50 “fules” todos los días. El promedio en la primera semana era de 35 sobre 50. ¿Sabés cómo terminamos en la última semana? 47 sobre 50. Yo te digo la verdad: llegué a embocar 50 de 50.
-Trabajos físicos, partidos, charlas tácticas con pizarrón… Una preparación inédita para el país.
-De todo un poco. A la mañana salíamos a correr fuera del estadio de River hasta unos 15 kilómetros. Tirábamos fácilmente 100, 200 lanzamientos. Argentina salió campeón por ese entrenamiento.
-Pero una cosa es tirar y otra es jugar. ¿Por qué les ganaban tan bien a todos?
-Yo creo que el equipo era una maravilla. Como en la previa no teníamos con quién jugar para ver nuestro potencial, jugábamos entre nosotros. Solteros contra casados. Para los casados jugaban Menini, Pérez Varela, Contarbio, Uder… Todos prácticamente titulares. En los solteros estábamos Furlong, yo, Roberto Viau… En una semana jugamos dos partidos por día para ponernos en forma.
De River al Luna Park iban en micro. Y para calmar la ansiedad, Canavesi encontró una buena manera. “Nos hizo cantar, así que en el micro siempre íbamos cantando. Se hizo costumbre para descargar. Cantábamos tangos… Una maravilla. Y la gente fue un espectáculo”, describe el capitán.
La Selección era una máquina. Derrotó 56-40 a Francia en la fase preliminar y entonces llegó la fase final: 40-35 a Brasil, 62-41 a Chile, 66-41 a Francia y 68-33 a Egipto.
Viernes 3 de noviembre de 1950. Argentina-Estados Unidos, ambos invictos. El Luna Park explotaba, con el público a un metro de la cancha. “Estábamos acostumbrados a jugar con gente cerca porque eso pasaba en los gimnasios. Si hoy Palermo todavía tiene los tres tablones al costado de la cancha y jugabas ahí pegado -explica Ricardo-. El Luna Park era una maravilla, espectacular… Pensamos que podíamos ganar, pero era Estados Unidos. Ellos querían jugar con su pelota y nosotros con la de gajos. Tanto insistieron que jugamos un tiempo con cada una… y les ganamos los dos: el primero por diez y el segundo por cuatro. Una fiesta”.
-¿Qué recuerda de aquella noche gloriosa?
-La gente se puso a cantar el himno apenas salimos campeones. Y luego no sé a quién se le habrá ocurrido prender un diario, pero hubo cien que lo imitaron y la gente subió caminando por Corrientes hasta la 9 de Julio. Fue “La Noche de las Antorchas”. Nosotros nos fuimos a River porque teníamos la ropa de cancha, nos bañamos y nos fuimos a cenar a “El Tropezón”, en la avenida Callao.
-Como si fuera común salir campeón mundial…
-De ahí en más nos cambió la vida, je. Es lógico, ¿no?
Pedro Bustos, Hugo Del Vecchio, Leopoldo Contarbio, Raúl Pérez Varela, Vito Liva, Oscar Furlong, Roberto Viau, Rubén Menini, Ricardo González, Juan Carlos Uder, Omar Monza y Alberto López integraron la lista de doce, con Ignacio Poletti, Jorge Nuré, Alberto Lozano y Osvaldo Venturi como reservas. Nombres inmortales del deporte argentino.
Ricardo González recibe el saludo de Juan Domingo Perón. Foto Gentileza familia González.Una generación estelar
Si Perón era el presidente de la Nación y la Selección había sido campeona en casa, era lógico que recibiera a los mejores. “Nos recibió después, sí, porque no nos fue a ver ni un día: ni en la previa ni durante el torneo”, cuenta Ricardo González.
Cuatro meses después del título mundial, el equipo volvería al Luna Park, esta vez a disputar el torneo de básquetbol de los primeros Juegos Panamericanos. “Entonces sí entró la política -lanza el Negro al hueso-. No encontrábamos lugar para entrenarnos. No teníamos una concentración. Estamos viviendo en Ezeiza, donde habían hecho Ciudad Evita. Había una canchita de básquet. Un día estábamos tirando al aro y aparece Perón. Se baja, lo saludamos y pregunta: ‘¿Ustedes se entrenan acá? ¡Cómo puede ser!’. Canavesi le contó que había hecho mil trámites para ver dónde podíamos ir. Y Perón le pregunta: ‘¿Usted sabe de algún lugar donde usted pueda ir ahora mismo?’. Y nos fuimos a concentrar en San Fernando al Instituto de Educación Física, porque no habían empezado las clases. En un día Canavesi consiguió la gente para cuidarnos, cocineros, todo…”.
Y eso que habían sido campeones mundiales…
“Cuando íbamos con el micro al Luna Park, cada uno podía invitar a uno o dos amigos. Nos esperaban en una esquina y subían. Cuando llegábamos, al micro tenían que subirlo a la vereda y poner la puerta al lado de la entrada porque la gente que había era impresionante”, dice González con la sonrisa a flor de piel. Pasaron México, Brasil, Cuba, Panamá y Chile. Pero esta vez Estados Unidos se tomó la revancha por 57-51 y Argentina ganó la medalla de plata.
El próximo objetivo era enorme: los Juegos Olímpicos de 1952. “A Helsinki fuimos en avión hasta Frankfurt y de ahí en tren hasta Finlandia. La mayor parte de los deportistas argentinos fue en barco. Llegamos quince días antes y nos entrenamos bastante bien”, introduce el Negro para lo que fue una desilusión.
Argentina gana el Grupo C con victorias ante Filipinas por 85-59, ante Canadá por 82-81 y ante Brasil por 72-56. En la segunda ronda va al Grupo E, derrota 100-56 a Bulgaria y 61-52 a Francia, pero pierde 66-65 en el suplementario contra Uruguay y queda segundo. Le toca Estados Unidos en la semifinal y el 76-85 lo lleva al partido por la medalla de bronce. Una auténtica batalla hasta con trompadas.
“Te acercabas a menos de un metro y los referís cobraban falta. En el segundo tiempo quedamos cinco argentinos y cuatro uruguayos. Después fue cuatro contra cuatro. Faltando tres o cuatro minutos, llevábamos cinco puntos de diferencia. Nosotros terminamos con tres y Uruguay, con cuatro”, recuerda sobre la dura caída por 68-59. El básquetbol argentino recién volvería a ser olímpico 44 años después, en Atlanta 1996.
La ríspida relación diplomática de Perón con Uruguay y Brasil dejaron a la Selección fuera del Sudamericano de 1953 del otro lado del charco (en agosto ganarían el Mundial Universitario, en Dortmund) y fuera del Mundial de 1954 en tierra brasileña, sacudida aún por el suicidio en agosto del presidente Getulio Vargas.
“Y en los Panamericanos de 1955 le ganamos a Estados Unidos en México. Por eso Argentina estuvo durante mucho tiempo en el candelero”, machaca el Negro sobre aquel 54-53 contra los norteamericanos en el torneo donde la Selección volvió a ser de plata porque la derrota ante Brasil por 61-57 les dio el oro a los estadounidenses. Lo que no se imaginaba aquella generación brillante es que sería su último torneo.
La pelota y el capitán. El Negro González repasó su carrera y sus 100 años de vida.Foto Maxi Failla
Los campeones proscriptos
En Argentina todo es tan efímero, todo se olvida y todo pasa tan rápido que hasta da pena narrarlo. No bastaron los 355 muertos ni los mil heridos causados por los bombardeos militares a la Plaza de Mayo y a la Casa Rosada, donde impactaron 29 bombas y estaba Rubén Menini, campeón mundial en 1950, que pasó unos años yendo a un psicólogo y a un psiquiatra por el trauma que le quedó de confundir motores de colectivos con los aviones que había visto el 16 de junio de 1955.
Así lo narró en “Tiempo muerto”, el imprescindible documental dirigido por los hermanos Baltazar e Iván Tokman, que se ocupa de una de las mayores atrocidades cometidas en el deporte nacional: la suspensión de por vida de los mismos jugadores que habían hecho vibrar a un país entero.
El derrocamiento de Perón, el 16 de septiembre de 1955, trajo consigo la persecución de sus adeptos y un “macartismo” a la argentina. Osvaldo Ricardo Orcasitas, prócer del periodismo deportivo y alma mater de la Liga Nacional de Básquetbol junto a León Najnudel, resumió el efecto dominó en una nota publicada en la revista “Básquet Plus” en 2007.
La Confederación Argentina de Básquetbol fue intervenida el 6 de octubre, al tiempo que entraba en funciones la Comisión Investigadora de Irregularidades Deportivas Nº 49. Y el 23 de enero de 1956, los campeones mundiales en 1950 y los campeones universitarios en 1953 fueron citados por telegrama a Carlos Pellegrini 1362, sede de la Confederación Argentina de Deportes y del Comité Olímpico Argentino. Con soldados bien cerca, los interrogaron para sacarlos de quicio.
-¿Qué les preguntaron, Ricardo?
-Boludeces. Si le habíamos dedicado el triunfo a Perón… Imaginate que a mí me habían criticado porque Luis Elías Sojit, que era un tipo simpático, me había preguntado a quién le dedicaba el triunfo en el Mundial y yo le respondí: “Al pueblo argentino, que vivió y nos hizo vivir momentos muy gratos”. Esas estupideces le hicieron mal al deporte.
En agosto de ese año, el COA determinó que el básquetbol argentino no iría a los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956. La CABB no había hecho nada por sus jugadores. “Si hay una cosa que lamentamos todos en una Selección que estaba en renovación, fue no ir a Australia. Nos entrenamos una maravilla y cuando estábamos para salir pasó eso. Queríamos ir a ganarles a los (norte)americanos porque les habíamos ganado en los Panamericanos de 1955”, explica Ricardo González.
Lo peor llegaría el 27 de marzo de 1957: inhabilitación de por vida por acusaciones de “profesionalismo” que infringían el Código del Aficionado que blandía el carácter amateur en el básquetbol. ¿Qué había pasado? Tras el Mundial 1950 les habían regalado un permiso de importación de un auto a cada uno, pero al vehículo lo debían comprar. La mayoría vendió el permiso y algunos hasta se compraron una casa con el dinero. Para la dictadura reinante era lo mismo que ser profesionales.
Orcasitas lo contó mejor que nadie: “Todos siguieron en sus ocupaciones particulares, trabajando para poder vivir, y nadie vio resueltos sus problemas económicos: Ricardo González en la inmobiliaria de Juan Boracchia (h), Oscar Furlong en su empresa de transportes, Roberto Viau en la casa de cambios Exprinter, Juan Carlos Uder enseñando básquetbol en la Municipalidad de Lanús, Raúl Pérez Varela como corredor en anilinas Colibrí, Rubén Menini en la compañía de seguros Sudamérica, Alberto López en la gerencia del Club Atlético River Plate, Leopoldo Contarbio en la oficinas centrales de YPF, Omar Monza en Laboratorios Bayer, Pedro Bustos como intendente del club Unión Eléctrica de Córdoba, Alberto Lozano como profesor de Educación Física en Rosario…”.
-¿Cómo hicieron para sobrellevar que ustedes, glorias del deporte, iban a estar suspendidos de por vida?
-Los que veníamos del Mundial teníamos cerca de 30 años. Yo me sentía un privilegiado. Creo que era la mejor etapa de mi vida como jugador. Pero arruinaron al deporte y la carrera de muchos atletas jóvenes. Y cuando nos inhabilitaron, desaparecieron todos los dirigentes. Fue una barbaridad.
-¿Y cómo aguantó para no ponerse triste, si pocos años antes habían sido los reyes de la Argentina?
-No podíamos hacer nada porque no te daban bola. No tenías ni la posibilidad de protestar porque no sabías lo que te podía pasar.
Omar Monza, Oscar Furlong, Ignacio Poletti y Ricardo González, en una producción especial de Clarín en el Luna Park, a 60 años del título mundial de 1950.El desagravio
Sesenta años después de la consagración mundialista, la Asociación Amigos de la Avenida Corrientes y el Club Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque les dedicó a los campeones la placa de bronce que necesitaría un urgente retoque. Al menos nadie se la afanó. Era lo único que faltaba. Era el tiempo del desagravio.
En el documental “Tiempo muerto”, los directores inmortalizaron una charla de Emanuel Ginóbili con González, Monza, Canavesi y Poletti. Estos dos últimos y Menini fueron homenajados en un amistoso de 2008 de la Selección, en el Luna Park. En 2010, este periodista reunió en el Luna Park y en un almuerzo inolvidable al Negro, Furlong, Monza y Poletti. Todos los nombrados, más Uder, fueron ovacionados en el Juego de las Estrellas 2015 de la Liga Nacional, en el mítico templo. Y en noviembre pasado, el Negro la pasó bárbaro en el reencuentro de la Generación Dorada, a 20 años del oro olímpico en Atenas 2004, con aplausos y una foto colectiva con Manu, Scola, Nocioni, Oberto y compañía.
-Ha sido una charla extensa, Ricardo, y no se siente que haya vivido con rencor por la suspensión sufrida.
-Noooooo. Pero me dolió mucho porque una cosa injusta.
-¿Cómo recibió los homenajes que tardaron en llegar?
-Muy bien, muy cómodo. Soy un agradecido a la vida, porque fui un privilegiado.
-¿Qué vive un deportista argentino cuando juega con la camiseta de la Selección, canta el himno y lo alienta todo un estadio?
-Representar a la Argentina es lo que te hace sentir más orgulloso.
-¿Siente que el legado de aquella Selección campeona ahora se conoce más y se le da el lugar que merece?
-Creo que sí. Lo ves por la gente, que en la calle te saluda. A veces iba con Rubí y me decía: “Saludalo”. “Pero no lo conozco”, le explicaba. “Pero él te conoce a vos”, me decía. Me enseñó a que yo era importante para esa gente. “Ese tipo ahora llega a su casa y dice: ‘Me encontré en la calle con Ricardo González, me saludó y charlamos’”, me explicaba. Y eso es importante para el ser humano.
El Negro se para y camina con cuidado hacia la puerta. Detrás van su hija Eva y su yerno Valerio, quien cada tanto lo lleva al Club Palermo para no extrañar, porque uno siempre vuelve adonde fue feliz. Donde fue gigante. Donde construyó un templo con sus compañeros de andanzas triunfales. Hasta que solamente quedó él.
-El lunes cumplo 100 años. Y puedo llegar…
-Tiene que llegar por lo menos para ver y leer esta nota (risas).
-¡Ah, claro, tenés razón! A veces me pongo a pensar que estoy solo. Ojalá que la muerte me venga tranquila.
-Mire que el capitán es el último que abandona el barco…
-Jaaaaa (lanza una carcajada). ¡Esa no la tenía!. La voy a usar, la voy a usar.
-Gracias por el tiempo, Ricardo.
-¿¡Qué tiempo!? ¿¡Qué gracias!?
Qué hermoso abrazo de despedida. Qué ejemplo.








