“Ese conciso ‘bien’ era típico de ella, característico de una aspereza que, a mi parecer, tenía más que ver con la sinceridad que con la crueldad. Me gustaba esa forma adusta de aceptar nuestra relación. Solo con una persona tan sumamente sensata podría yo haber engañado a mi mujer”. La persona en cuestión se llama Georgie, una joven profesora. Es una frase que sintetiza el tono de arranque de Una cabeza cercenada, novela de Iris Murdoch (1919-1999) que reedita el sello Impedimenta –quinta novela de las veinticinco que publicó la prolífica escritora, editada originalmente en 1961–, una comedia feroz y entretenida, íntima, con toque de creciente dramatismo.
Quien presenta a Georgie es el narrador de la novela, un hombre llamado Martin Lynch-Gibbon, empresario hedonista de vinos y de linaje aristocrático, que está tumbado en su habitación a la luz de las velas mientras la fría y cruda tarde londinense llega a su fin.
“Tu problema, Martin, es que siempre estás buscando un maestro, alguien que te amarre”, responde Georgie cuando su amante le explica que en pocos minutos deberá buscar a su mujer, Antonia, después de su sesión de terapia con un excéntrico y atractivo psicoanalista norteamericano, Palmer Anderson, el cual lentamente va ganado protagonismo en la trama.
Así, bajo ese clima de alcoba de gente de la alta burguesía londinense, en los entretelones de una relación completamente privada, entre Martinis, miradas fijas, gestos cómplices y pesados silencios, transcurre esta novela de enredos situada en los primeros años sesenta, a la vez que la sociedad británica se tambalea ante las puertas de la revolución sexual, la moral, las infidelidades y la vida intelectual. Una historia por momentos liviana, por otros en el borde de lo trágico, donde no casualmente, alrededor de la moda del psicoanálisis, aparecen grandes temas como el adulterio, el incesto, el suicidio y el amor.
“Me encantaba comprarle a Georgie cosas extravagantes, ropa y baratijas absurdas que de ninguna manera podría haberle regalado a Antonia, collares bárbaros y pantalones de terciopelo, ropa interior púrpura y medias negras caladas que me volvían loco. Me levanté entonces y deambulé por la habitación observándola con ojos posesivos mientras ella, tensa y pudorosa, consciente de mi mirada, se ajustaba las irresistibles medias”, dice Martin, que se debate entre el fuego de dos amores.
Una idea imposible
Para el empresario, la idea de abandonar a su mujer no tenía cabida. Fantasean con su amante en conocer a familiares y amigos, o con pasar Navidades juntos. “A Georgie no la poseía. Georgie, simplemente, estaba ahí”, comenta, en permanente comparación con lo que siente por Antonia. Mordaz, con un cierto aire animal, Georgie representa un refugio tan cautivante como peligroso, que acrecienta con las horas del ocio de la vida burguesa.
“Este tipo de contemplación silenciosa, que era como alimento para el corazón, no lo había experimentado con ninguna otra mujer. Antonia y yo nunca nos mirábamos así. Antonia no habría sostenido una mirada tan fija tanto tiempo: cálida, posesiva y coqueta, no se habría expuesto de este modo”, agrega.
Se dice que el amor es de grandes dimensiones pero finito. Martin juguetea con invitarla a un viaje a Nueva York pero una mentira de tal tamaño, ante su esposa, no le es posible ejecutarla. “No quiero saber qué haces cuando no estás conmigo. Es mejor no alimentar la imaginación. Prefiero pensar que cuando no estás aquí no existes”, comenta Georgie.
Alrededor de una cálida y susurrante chimenea, la habitación que comparten los amantes parece un lugar subterráneo, remoto, cercado, oculto. “Fue para mí un momento de inmensa paz. No sabía entonces que sería el último, el ultimísimo instante de paz, el fin del antiguo mundo inocente, el momento final antes de verme arrojado a la pesadilla cuya historia relatan las siguientes páginas”, adelanta el narrador, en un vuelco vertiginoso de la trama.
“Un invento maravilloso, la carne”, escribe Murdoch. Sobreviene un castigo que parece encontrar su hora, mientras Martin habla de los comienzos de su matrimonio, de la fortuna de haber conocido a Antonia. Sucede un aborto, en una sociedad que todavía no lo permite.
El dolor que crece inexorablemente después de eso: se termina la edad de la inocencia del amor. Martin se convierte en alguien taciturno, ermitaño; reconstruye el casamiento con Antonia a sus treinta años; de cómo durante mucho tiempo fueron muy felices, sin hijos, la pareja más bella e ingeniosa, los preferidos de todos; la manera en que, con una “brutalidad jovial”, conoció a Georgie, mucho más joven que él y de otra clase social.
“Adoraba también a Georgie por su frialdad, su dureza, su independencia, por no recurrir a intensos arrebatos emocionales, por su intelecto y, en su conjunto, por ser tal contraste, tal complemento, de los atractivos más suaves y mullidos, del brillo refrescante, de mi encantadora esposa. Las necesitaba a las dos y, teniéndolas a ambas, era dueño del mundo”, A Georgie no le preocupaban los papeles ni la posición social “y yo a veces, no sin cierta euforia, la veía como una paria absoluta”, dice Martin.
El autoengaño, la farsa social del matrimonio y los mandatos estamentales, el desconcierto y el reverso de la trama, con la engañada que confiesa, ante la sorpresa de su marido, estar perdidamente enamorada de su psicoanalista y le pide el divorcio. Todo lo que parece perfecto a los ojos propios y ajenos se desmorona como un castillo de naipes, con la fuerza centrípeta de una ficción. “El matrimonio es una aventura en marcha. Y la nuestra está estancada”, se sincera Antonia. Tanto como con el aborto, con el divorcio había trabas legales.
Entre descripciones sutiles de exteriores, diálogos e intercambios físicos de los personajes, entre cartas y monólogos interiores, Murdoch diseña una arquitectura emocional donde la psique es cosa extraña y tiene sus propios métodos misteriosos para reestablecer el equilibrio. La ironía como salvación, y algunos que piden tiempo para pensar, tiempo para sentir. La separación, un dolor oscuro y confuso, “como el que induce alguna privación de la infancia”.
El alcohol como consuelo. “La pérdida de Antonia se me antojaba la pérdida insufrible y definitiva de toda la calidez y la seguridad”, confiesa Martin, y la crisis alcanza la relación con su amante. La hebra de la intimidad que todavía no está rota, y el golpe final que tarda en caer. Los personajes que se empecinan en tenerlo todo, entre viajes y estaciones de ferrocarril, y la violencia, velada de tristeza, que se agita interiormente en un mundo moderno donde todo parece tener prisa, donde todo el mundo parecía enfermo. Georgie que pende de un hilo, acabándose el juego a dos bandas.
“La violencia es siempre patética, ridícula y espantosa”, se lee hacia el final, en la pluma ingeniosa y cáustica de la autora de El mar, el mar, El príncipe negro y Henry y Cato, entre otras de sus obras. Bajo una lluvia incesante la atmósfera se torna extraña, hay dolores de cabezas infernales, conversaciones incómodas, encuentros en formato de trío o cuarteto, sueños pesados, y la distancia que se ensancha inevitablemente entre los amados.
Iris Murdoch. Foto: AP / Peter J Jordan.Frases extraordinarias
Hay frases extraordinarias como estas: “Perder a alguien es perder no solo a la persona, sino todas esas maneras y manifestaciones en las que esa persona se ha vertido al exterior, de modo que al perder a un ser querido uno puede descubrir que muchísimas cosas, cuadros, poemas, melodías y lugares, se han perdido también: Dante, Aviñón, una canción de Shakespeare, el mar de Cornualles”.
De situaciones amables, humorísticas y hasta absurdas se pasa a diálogos inquietantes y breves momentos de disculpas tardías tras conductas exaltadas, y en el medio ocurre la división de bienes matrimonial.
Lo canallesco y la rabia, se desatan criaturas egoístas y crueles mezcladas con el arrepentimiento, la culpa y la redención. Acontecen nuevos amores y otros que salen de las sombras, la irrupción de un persone clave como la antropóloga Honor Klein, reconciliaciones aparentes, envejecimiento de los cuerpos en el medio del despliegue de sentimientos y confidencias, y una sensación de amargura que circula como la niebla espesa de Inglaterra.
En Una cabeza cercenada, las buenas maneras se hacen trizas y la supuesta bonhomía, aquella que todo buen burgués busca aparentar, se disipa en contradicciones difíciles de resolver. “La comprensión era del todo imposible”, sugiere Iris Murdoch. Porque, en definitiva, no se escapa tan fácilmente de los lazos del amor.
Una cabeza cercenada, de Iris Murdoch (Impedimenta).








