Qué batallas tan olvidables e irrisorias | Premios Oscar | Cine

Qué batallas tan olvidables e irrisorias | Premios Oscar | Cine

No tengo datos de audiencia ni me interesan, pero sospecho que cada vez hay menos público haciendo vigilia en compañía del televisor hasta las cinco de la madrugada para ser testigo de ese ritual de pompa y circunstancias llamado ceremonia de los Oscar. O sea, el reconocimiento de la sagrada Academia de Hollywood a la gente que ha creado el mejor cine del año. Yo la seguí durante muchos años. Siempre con compañías gratas y graciosas y sin que faltara ese complemento tan estimulante llamado alcohol.

Y unas veces ganaban esos premios películas cuyas virtudes eran transparentes (para mis gustos, aclaro) y otras, naderías bendecidas por la taquilla. No acostumbraba a sorprenderte ni lo uno ni lo otro. Pero recuerdo que la risa compartida nunca fallaba en esas noches. Hacíamos una jugosa porra, aunque yo, supuesto conocedor del cine, era el que menos acertaba permanentemente de todo el grupo. La última vez que observé la gala en soledad, flipé con los ridículos premios. Se los concedieron a una cosa tan inenarrable como aburrida e incomprensible titulada Todo a la vez en todas partes. Y ya no he vuelto a pernoctar para observar el desfile de las vanidades y también de gente justificadamente legendaria. Tampoco veo el espectáculo en diferido. Si acaso, un resumen acelerado de la ceremonia. O me entero en un vistazo rápido en los informativos del día siguiente si ha ocurrido algo que haya concentrado la atención.

Y así, percibo que en noche tan trascendente, Javier Bardem, ese extraordinario actor, llevaba una pegatina con su condena de la guerra. Y nadie más. No sé si por convencimiento o por temor a que los tentáculos del rey Trump y de los que inventaron Hollywood y siguen ocupando el poder les creen problemas en sus futuros contratos. En cualquier caso, que el concienciado Bardem o los que no quieren legítimamente dar su opinión sobre el estado de las cosas, hagan, digan o callen lo que les dé la gana. Lo único que se les puede exigir a los profesionales del cine es que nos regalen arte.

Y no percibo arte por ningún lado en la triunfadora Una batalla tras otra. El titulo me parece inexacto. Yo se lo cambiaría por Una tontería tras otra. Nada me parece creíble ni magnético en ella. El guion no tiene gracia ni verosimilitud. Yo al menos no me creo nada ni me procura ninguna sensación memorable esta atropellada historia sobre un grupo revolucionario que tras su destrucción ha sobrevivido en la vida cotidiana como podía. Traicionando al grupo o en permanente estado drogota. Se supone que pasan muchas y aceleradas cosas, pero sin el menor interés, con la sensación de que todo es de mentira.

Incluyo el caricaturesco personaje, interpretado con el peor histrionismo, que encarna un grotesco Sean Penn y que consecuentemente también ha recibido el Oscar. Que grima provoca ese militar enloquecido y salvaje poniendo todo el rato caritas. Al servicio de los empresarios todopoderosos y maquiavélicos. Y Leonardo DiCaprio en plan acelerado e intenso. Todo es un disparate pretendidamente visionario y simbólico.

Los pecadores es curiosa, incluido un principio alentador retratando el blues, un desarrollo con exceso de vampiros, y un desenlace brillante. Solo ha recogido las migajas del festín. Y se han olvidado injustamente (bueno, a Guillermo del Toro le han reconocido el maquillaje, el diseño de producción y el vestuario) de las dos películas más hermosas, estéticas y conmovedoras que yo he visto este año. Se titulan Sueños de trenes y Frankenstein. Que el cine no se los perdone.