Muriel Spark contra las buenas intenciones

Muriel Spark contra las buenas intenciones

Lo primero que supe de Muriel Spark fue que abandonó a su hijo Robin de cuatro años en un convento de monjas y que, tiempo después, siendo ambos adultos, ella explicó públicamente que Robin nunca había hecho nada de valor, “excepto ser un pesado”.

Cuando la escritora falleció en 2006, dejó escrito en su testamento que ninguna de sus propiedades fueran para él. Tampoco fue una sorpresa para nadie: nunca se llevaron bien.

Esta historia de resentimientos acumulados, que comienza como consecuencia del divorcio de un marido cruel y violento, llegó hasta mí gracias a Begoña Gómez Urzaiz y su brillante ensayo Las abandonadoras (Destino).

Intrigada por esta historia, empecé a leer a Muriel Spark. Parece una motivación libresca de la que avergonzarse: conocer a una de las mejores escritoras del siglo XX por cómo fue su experiencia con la maternidad. Pero también sería un error desdeñar el dato.

Como explica Gómez Urzaiz, es poco probable que Spark hubiera podido escribir de manera tan prolífica –más de 20 novelas y otros tantos títulos de poesía, ensayo, memorias y biografías– teniendo que cuidar a una criatura. “Logró hacerse pronto con ese ego del escritor necesario para salir adelante en el sistema editorial. Pero incluso la escritora/madre con el ego mejor equipado tiene que parar de vez en cuando para recoger piezas de Lego del suelo”.

Es, además, la autora que más cerca estuvo de cumplir el sueño de todo escritor macho: tener una esposa que, sin cobrar, haga las veces de cuidadora, secretaria y acompañante en eventos. Penelope Jardine asumió este papel mientras vivió con Spark, a lo largo de los últimos 30 años de su vida, en un pueblo de la Toscana.

Podrían citarse muchos otros episodios enigmáticos o disparatados, según se mire, de su biografía. Por ejemplo, que trabajó difundiendo noticias falsas en una oficina de espionaje, o la seguridad con la que afirmaba que muchos de los acontecimientos que narraba en sus libros eran proféticos, porque acaban sucediéndole a ella misma.

Es difícil calibrar, como ocurre prácticamente siempre en las novelas, cuánto hay de experiencia personal y cuánto de imaginación: no por una especial vocación a lo autoficcional, sino porque el acto de escribir forma parte de cómo habitamos el mundo y nos relacionamos con los demás.

El banquete, la obra más exitosa de las tres que ha reeditado Blackie Books con motivo del 20 aniversario de su muerte este 2026, es una muestra perfecta de esa forma de entretejer escritura y vida, pensamiento y obra.

Se evidencia, por ejemplo, en la pericia de Spark para mostrar que detrás de la formalidad, las apariencias y las buenas intenciones de la gente común se registra la subversión del pensamiento. Se suceden aquí conversaciones agudas, respingos de genialidad, un misterio por resolver y unos personajes ahogados en sí mismos.

En la portada de esta reciente edición podemos leer que Muriel Spark tenía una “habilidad única para la malicia”. Resulta jugoso saborear esa posibilidad de la maldad con ella, no tanto como una intención moral de hacer daño –de nuevo, volvemos a su biografía–, sino como una condición inevitable de nuestras acciones sobre los demás. ¿Quién quiere estropear un banquete perfecto? En realidad, nadie. Pero, sin querer, todo el mundo.

Es fácil relamerse leyéndola, tanto como admirando las excentricidades de su vida: en virtud de las grandes novelistas, Spark siempre deja que la conversación continúe mientras ella pueda estar mirando.

Como escribió en 1963, “pocas personas son más ingenuas, más deliciosas, más conmovedoramente adorables, y, también, más salvajes, que las muchachas de escasos medios”.

© Prensa Ibérica / Abril