Umberto Bossi, uno de los personajes centrales de la política italiana durante décadas precisamente por su excentricidad, ha fallecido este jueves en su tierra natal, Varese, a los 84 años, tras ser ingresado el miércoles en un hospital. Carismático, artista de la brocha gorda pero con gran olfato político, fue el fundador y líder histórico de la Liga Norte en los años ochenta y convulsionó el tablero electoral italiano en los noventa. Lo hizo con un movimiento antisistema que, con las vueltas que da la vida, ya es hoy el partido más antiguo de Italia, aunque su trayectoria política quedó tocada por un ictus en 2004. Volvió poco a poco a la escena, fue dos veces ministro, pero acabó dimitiendo en 2012, salpicado por un grave caso de corrupción. Luego siempre estuvo en la sombra de su formación, hasta quedar definitivamente relegado, e incluso enfrentado a su actual líder, Matteo Salvini.
Bossi empezó siendo comunista, pero su gran idea fue inventarse el nacionalismo padano, explotando el filón de malestar social y descontento con la clase política en aquellos años desde la identidad de las regiones del norte. También con un fuerte componente racista y xenófobo, tanto hacia los propios italianos del sur (terroni), como a los inmigrantes. Fundó la Liga Autonomista Lombarda, que luego se convirtió en la Liga Lombarda y en 1989 culminó su proyecto en la Liga Norte, en la que fue secretario general durante 20 años y donde confluyeron siglas similares (Liga Lombarda, Liga Veneta, Piemònt Autonomista, Union Ligure, Liga Emiliano-Romagnola y Alianza Toscana). Así se levantó el potente viento del norte que agitó la política italiana. Bossi ya fue senador en 1987, de ahí su mote histórico, Senatùr.
Fue en cierto modo un precursor de tendencias que luego cobrarían mucha fuerza. Aquello era un populismo tradicionalista y conservador con su punto revolucionario, que atrajo a desilusionados de toda ideología bajo la proclama del orgullo identitario, adobado con mitología vikinga, lo mejor que se les ocurrió como si fuera un Astérix contra los romanos. “La Liga lo tiene duro” fue uno de sus lemas más comentados. “Con la bandera italiana me limpio el culo”, también fue muy sonado, tanto que le acarreó una condena por vilipendio a la bandera (luego tuvo otra por vilipendio al jefe del Estado). Bossi, que aparecía en camiseta de tirantes ante la prensa en la puerta de casa, era prolífico en lemas simples y directos como este, y otro de los más famosos era “Roma ladrona”, esa idea que tanta fortuna ha cosechado de que la capital nos roba. Tenía parte de razón, leyó muy bien el hartazgo de los pequeños empresarios de la zona más rica y productiva de Italia, el hastío hacia los impuestos en un país que no funcionaba.
Cayó en el momento perfecto, el derrumbe de los grandes partidos italianos al inicio de los noventa con Manos Limpias, la gran investigación contra la corrupción. En un río muy revuelto, que en su caso era el Po, símbolo de la Padania, país de fantasía en la llanura al pie de los Alpes, Bossi supo pescar muy bien y subió como la espuma. Era un animal político, faltón, bárbaro, irreverente, con un vozarrón ronco, lo que el elector indignado quería en ese momento. Durante un tiempo se batió por la independencia, que adornó con parafernalia céltica, fiestas nibelungas, ritos de druidas. Todo muy folclórico, pero efectivo, aunque no está claro cuánto se lo llegaron a creer realmente, porque luego fueron derivando hacia una práctica aspiración a un sistema de autonomías.
La fortuna quiso que se cruzara con Silvio Berlusconi, el otro gigante político surgido en ese momento. Se entendieron bien, pues en el fondo los dos tenían algo de tunantes simpáticos y buscavidas, con sentido del espectáculo (ambos fueron cantantes en su juventud, Bossi tenía Donato como nombre artístico, y también fue poeta). Aunque claramente a Berlusconi le fue mejor en la vida, pues era el hombre más rico de Italia. Bossi nunca tuvo oficio definido, aunque empezó Medicina y nunca la terminó, si bien su mujer no lo sabía y durante un tiempo salía por las mañanas de casa con un maletín diciendo que se iba a trabajar y se iba al bar. La política fue finalmente la vocación en la que encontró su destino.
A Bossi y Berlusconi se unió Alianza Nacional (AN), el partido posfascista de Gianfranco Fini, y juntos formaron un nuevo bloque de derecha que ganó las elecciones en 1994 y, en esencia, se ha mantenido hasta hoy. Con periódicos cambios de peso entre sus fuerzas: el líder primero fue Berlusconi; luego pareció que era Salvini, sucesor de Bossi al frente de la Liga; y ahora es Giorgia Meloni, crecida en AN. En realidad Salvini mutó el partido hacia una fuerza populista de ultraderecha: quitó “Norte” al nombre y lo dejó en La Liga, con el plan de llegar a toda Italia, incluido el sur. Quién lo hubiera dicho cuando insultaban a los italianos de Roma para abajo. Pero eso es otra historia.
Además del ictus, a Bossi se lo acabó de llevar por delante un feo caso de corrupción en el partido, con todos los ribetes de vodevil clásicos de la política italiana. En ese sentido, el partido antisistema se integró perfectamente en el sistema. Tras un fraude en el reembolso electoral(49 millones que, entre otras cosas, fueron para comprar diamantes en Tanzania) el partido debe devolver lo robado al Estado italiano, en cuotas anuales, durante 80 años. Fue la dolorosa paradoja final y definitiva del partido que llegó para romper con el Estado y luchar contra los impuestos: ahora le estará pagando toda la vida. Aquello marcó el declive final del Senatùr.
Pero en el fondo, por su carácter indómito y cercanía en el trato personal, hasta sus adversarios le tenían aprecio. Uno de ellos, Pierluigi Bersani, que fue líder del Partido Democrático (PD), ha dicho al conocer la noticia: “Era el adversario más digno que he tenido en mi vida, y al final, al que más he querido”.








